MUFASA, o cómo renacer genuinamente el niño interior 

Desde hace unos meses, una idea me da vueltas en la cabeza: me puse a pensar en el ciclo de la vida. Probablemente sea algo que nos sucede a todas las personas treintañeras, ya que nos encontramos casi en la mitad de nuestras vidas. Miramos un poco para atrás, tratando de fijar en la memoria la mayor cantidad de buenos recuerdos, y también intentamos visualizar un porvenir idealizado que quepa con nuestros deseos y metas. Se podría decir que es un punto en el tiempo en el que tiramos de la cuerda entre no quedarnos estancados en el pasado y tampoco planificar demasiado el futuro.

En los últimos meses dos parejas amigas tuvieron su primer hijo, y fue en ese momento en el que vi por primera vez a los ojos de ese ser humano que no parecía entender absolutamente nada de lo que pasaba alrededor, que entendí que lo mismo que le estaba pasando a él ya me había pasado a mí, y a mi amigo, y a su pareja, y a casi todos. No estamos exentos de vivir una vida repetida, lo que hace la diferencia son ciertas experiencias en el medio, y así viví la experiencia de haber visto ‘Mufasa’ hoy, una suerte de precuela en donde Rafiki, el viejo y sabio mandril que todos conocemos, les narra la historia del ascenso de Mufasa en el reinado a Kiara, Timon y Pumbaa mientras se desata una tormenta fuera de la icónica cueva.

Volví a ser un niño por dos horas. Mi cerebro se desconectó por completo, mis sentidos estuvieron absortos por ciento veinte minutos al servicio de una historia épica y emocionante, y dejé de lado todo tecnicismo posible, estaba dentro de la sabana africana, saltando, jugando, corriendo. Me sentí como aquel pequeño Jerónimo que solía entrar a una sala de cine junto a sus padres, emocionado por saber que iba a ver una película, pero sin noción alguna de cuál iba a ser. ¿Dónde quedó esa inocencia, ese anhelo por lo desconocido, ese hambre de querer devorarse el mundo?

Me hablo a mí mismo y no consigo respuestas. Quizás es la vida, que se me deshace como arena entre las manos, mientras intento descifrar a qué vine a este mundo. Esas no-respuestas son también algunas de las que se replantea nuestro protagonista, el icónico Mufasa al que le supe llorar mares cuando Scar lo lanzaba por los aires entre medio de una manada de ñus. Entre el ruido de la tormenta y la calma de su impacto Rafiki cuenta la historia a los inocentes personajes secundarios, como si fuese un abuelo nuestro, pero nos la cuenta a nosotros en realidad, como para no olvidarnos del poder que tiene la narrativa.

El director Barry Jenkins (uno al cual no entendía cómo pudo haberse involucrado en el proyecto pero después finalmente lo entendí) se deshace de cualquier “copia y pega” que nos había traído Jon Favreau con el documental de National Geographic estrenado en el 2019 que contenía una historia dramática dentro titulada casualmente El Rey León, uno de los tantos intentos de Disney por generar nostalgia barata (y súper rentable dicho sea de paso), y despliega un arsenal de recursos estilísticos como planos con cámara POV*, algunos en slow motion con propósito de que así lo sean y otros primeros planos bien característicos del director, y los conjuga en una historia sólida, que no depende únicamente de generar guiños y homenajes al pasado. Hasta se da el lujo de introducir un metalenguaje para interactuar con la audiencia mediante algunos diálogos entre Timon y Pumbaa, entendiendo que también es sano reírse de uno mismo.

¿Cómo llegó Mufasa a ser Mufasa, y porqué Scar era de esa manera? La duda nunca me inquietó en todos estos años, pero cierto reflejo de conciencia me impulsaba a querer indagar. Claro, todo dependía de cuán preparada estaba la audiencia para recibir nuevamente con los brazos abiertos parte de aquella historia que Disney nos trajo hace treinta años, pero que en realidad se viene contando desde los tiempos de Shakespeare, y si me pongo un poco más presumido, desde la era vikinga. Pero no pude hacer a un costado a aquel sonrojado niño que lloraba desconsoladamente por todo, que reía sin parar cuando se pronunciaba el Hakuna Matata, o que quizás algo había aprendido de aquello que tanto le había fascinado.

Esta precuela nos mete de lleno en la historia de Mufasa y su viaje por entender a qué vino a este mundo, algo con lo que todos nos podemos identificar. ¿Cómo reconectamos con la realidad tras la pérdida? En los primeros minutos de la película existe un momento que es pura inocencia infantil, y tragedia también. ¿Quién recuerda haber pasado por ese momento en donde te sentías perdido cuando eras chico, que tu mamá o tu papá no estaban al lado tuyo y que todo era caos? Luego los veías a unos metros tuyo y sentías nuevamente el calor de la familia. Justamente este significado de “familia” se encuentra reflejado magistralmente por un director que sabe retratar la conexión humana como pocos.

No soy aquella persona que guste de spoilear libremente, así que prefiero resumirlo con un “es la historia de Mufasa, pasando por su trágica infancia hasta su adultez, con varios obstáculos en el camino, una familia ajena que lo ve como un forastero, un amor, y una venganza”. Dar detalles de la trama siempre me pareció algo burdo y poco útil para quien quiera leer. ¿Para qué contar todo con lujo de detalles cuando pueda dejar deslizando sutilmente mis impresiones sobre lo que vi?

Se que ‘Mufasa’ será un éxito de taquilla y realmente no me interesa eso. Más allá de toda campaña publicitaria y/o intereses económicos, muchas veces creo en la simple idea de que hay que dejarse llevar por lo que uno siente cuando está frente a una pantalla grande. En este caso me comprometo ciegamente con lo que mi niño interior me pide a gritos, y no puedo decirle que no. Pero la película de Jenkins no pretende utilizar parte de tu memoria para darte un placebo espiritual o una palmada en el hombro, como diciéndote por lo bajo “qué bueno que estés acá, gracias por apoyarme”. No, el director prefiere apelar a estos sentimientos impresos en la audiencia por medio de una restauración genuina. Un halo de luz fresco, un soplo de aire renovador, una experiencia inmersiva que sencillamente (e inesperadamente) se cuela en mi top del año.

Existen historias que se nos pegan, que se cuelan en nuestro ADN y comienzan a formar parte de él, entrelazándose con los demás códigos genéticos. Existen momentos, puntos en nuestra diminuta existencia que le dan grandeza y valor. Pero lo más importante, vivimos en una era en donde con tanta crítica a la nostalgia ‘Mufasa’ nos da lecciones que creíamos haber aprendido. Larga vida a las grandes historias.

*POV significa point of view (punto de vista), una técnica en donde la cámara es utilizada para darnos la sensación de que estamos en los “zapatos” del protagonista.



POR JERÓNIMO CASCO

Publicado el 18 de DICIEMBRE del 2024, 00.07 AM | UTC-GMT -3

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