Esperanza Argentina 

No sé si habrá algo mas confortable que lo de uno, lo amado, lo que te identifica al cien por ciento.

Y ese confort que da lo propio, quizás sea mas sentido cuando se tranforma en nuestro, cuando nos une a otros.

Sin embargo, hay algo que se agrega a la genialidad de los actores de esta película y del guionista del debate que constituye su escena central.

Hay algo que se agrega, digo, para hacerla más confortable, al punto de llevar este sentir a las palabras.

Ese algo es como una moneda. De un lado tiene la cara de la indignación que significa presenciar como ciudadana argentina, la mediocridad e hipocresía del debate político nacional. Que discute culpas y temas secundarios ante una sociedad que vive en las migajas de lo que puede llegar a ser.

Del otro lado tiene la cara de la esperanza. La del corazón argentino, puesta en el sueño de que una vez por todas despertemos, aceptemos y luchemos por lo que sabemos que podemos ser.

Ese debate, que muchos ya adivinarán, delata la mediocridad de quien necesita agredir para disentir, tanto como la del que recurre más a prejuicios o sloganes que a argumentos. Muestra como dos personas tan distintas en sus estilos y preferencias, que pueden incluso llegar a detestarse entre ellas, pueden también luchar por imponer sus ideas, sin dejar de respetarse.

Muestra que una decisión democrática no es garantía de éxito ni de verdad. Tanto como la importancia de que todas las voces posibles sean permitidas, escuchadas, en las decisiones colectivas.

Y como frutilla reflexiva destaco el planteo de que “ser feliz” es más que tener éxito o sentirse una estrella. Lo cual, al referirse al sueño de una niña, no podía ser mejor como muestra de lo que una sociedad es.

Esa calidad humana al expresar y definir diferencias, tan genialmente mostradas, es lo que somos los argentinos, aunque no hayamos logrado aún imponerla en la realidad.

Esa identidad de talento y pasión, de frustración, lucha y sueños, que somos, está dormida solamente. Una vez logremos despertarla, podremos ver la intrascendencia de ganar o perder la votación si se gana el debate, como ocurre en la película.

Cuando Ricardo Darín dice por segunda vez “tiene razón”, en ese momento preciso, inicia el fragmento de la alocución con la que le ganó el debate al tambien genial Daniel Fanego, aunque la votación no siempre siga esa lógica. Paradoja del poder del lenguaje unido a la emoción. Material de capacitación ineludible para el dirigente argentino promedio, que pavonea su mediocridad insultando, rebajando, negando toda razón al rival, como método de una engañosa fortaleza propia, que nos nivela a todos para abajo mientras nos impide crecer.

Si, la película de confort para mi corazón argentino es Luna de Avellaneda. Pelicula de un loco confort inconformista, de un confort de esperanza en medio de la frustración.

Gracias por mostrar la Argentina mejor: la que aún somos (y que puede pronto dejar de ser si no la despertamos de su coma inducido); y la que sabemos que podemos ser.

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