Häxan: la brujería a través de los siglos, el cine a través de la piel
Häxan es más que una película. Es un conjuro, una danza de sombras y miedo que atraviesa la pantalla y se hunde como espinas en la carne. Una película muda de 1922 que no necesitaba voces porque sus imágenes gritaban, sus demonios susurraban y su oscuridad penetraba, capa tras capa, en el inconsciente colectivo. Como Edgar Allan Poe, Benjamin Christensen, el director, comprendía que el verdadero terror no está en lo que se muestra, sino en lo que se sugiere, en los vacíos, en las bocas que nunca se abren y en las manos que tiemblan en lo oculto. Desde los primeros minutos, Häxan establece un lenguaje que no es el de la literatura ni el de las primeras películas, sino un lenguaje de pesadillas colectivas, de murmuraciones ancestrales que nacen en las cámaras oscuras y en la febril imaginación del director.
Este film, estructurado como un documental, no lo es. No busca informarnos, no intenta convencernos de los horrores que promete documentar, sino más bien invocarlos. La película se alza como un grimorio, un texto esotérico que solo revela sus secretos a aquellos dispuestos a mirar más allá del claroscuro y de la grotesca danza de máscaras que ofrece. Aquí, las brujas no son mujeres simplemente, son nuestras ancianas, nuestras amigas de la infancia, los rostros de aquellos que siempre nos causaron miedo y placer en igual medida. Y es en este proceso que Christensen, de forma audaz y con el descaro de un artista sin miedo, configura un lenguaje cinematográfico que susurra, que rompe las reglas y que crea otras. En este aspecto, se adelanta a las vanguardias, convirtiéndose en un adelantado, en un hijo bastardo del surrealismo.
Como Raymond Carver en sus cuentos cortos, Christensen explora una realidad densa y tangencial. En Häxan, los detalles no son lujos, son pequeños dientes de engranaje que sostienen la estructura de la historia, del horror. La escenografía, por ejemplo, se convierte en un personaje en sí misma. Cada rincón parece retorcido y húmedo, cada fogata encendida en las escenas de tortura o las ceremonias sabáticas emite un brillo rojo como la carne expuesta, y en ese rojo uno siente el dolor de los gritos reprimidos. Es un mundo donde lo físico y lo psicológico se tocan, y al hacerlo, se infectan mutuamente. Como Poe en su obsesión por la locura y lo grotesco, Häxan se sumerge en la neurosis colectiva, en las visiones que florecen en la oscuridad de una época en que la histeria y el miedo moldeaban el rostro de la realidad.
El cine aquí no es un mero vehículo, sino un catalizador del terror en su forma más visceral. Christensen desata una violencia que no se ve, que apenas se toca, pero que persiste mucho después de que la pantalla se oscurezca. Al exponer al espectador a los métodos de tortura, a las confesiones obtenidas bajo la mirada y el peso del poder, Häxan golpea los tabúes sociales y saca a relucir los límites morales que tan cuidadosamente evitamos cruzar. La cámara se convierte en una especie de testigo impasible, en un juez que observa desde un rincón, sin pronunciarse, pero sin apartar la mirada.
Y, sin embargo, lo más revolucionario de Häxan no está en sus imágenes grotescas ni en su valentía de romper con las estructuras narrativas de su tiempo. Es en la ambigüedad con la que Christensen aborda la temática de la brujería donde yace su verdadero poder subversivo. El director no busca redimir a las brujas ni condenarlas; no pretende enseñarnos una lección. En cambio, presenta la brutalidad, la ignorancia, y las creencias arcaicas de la humanidad como un espejo de lo que aún somos, de nuestras propias supersticiones y miedos modernos. Este film nos deja la misma pregunta que Carver nos plantearía: ¿Qué somos, al final? ¿Las víctimas o los victimarios? ¿Los locos o los cuerdos?
En la opacidad de Häxan, uno se pierde, como en una niebla densa, una neblina que llena los espacios vacíos, los rincones de cada fotograma, y que se siente en los huesos. Este lenguaje innovador, esta narrativa brutal y sincera, nos trae el horror de la brujería como una alegoría, como un recordatorio de nuestra capacidad para infligir dolor en nombre de nuestras ideas, de nuestras certezas, de nuestro miedo.
Häxan es cine en su forma más pura y visceral, una invitación a sumergirse en las partes más oscuras del alma humana. Y al igual que Poe nos dejaba con un escalofrío persistente, y Carver con una incomodidad sutil, Christensen nos deja una marca indeleble, un murmullo que persiste en la cabeza mucho después de que la proyección termina, como un mal presagio o una sombra en la esquina de la mirada.


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