
El mundo que conocí estaba desmoronándose. Cada día era una lucha por mantener la esperanza en un sistema que parecía destinado al fracaso. Venezuela, mi tierra, mi hogar, se había convertido en un lugar donde los sueños se desvanecían tan rápido como los rayos del sol al caer la tarde. Mi nombre es Rodolfo S., ingeniero civil venezolano, y esta es la historia del viaje que cambiaría mi vida.
Decidí que debía buscar una salida, un nuevo comienzo en tierras lejanas. Alemania se perfilaba como la mejor opción: una nación de progreso, de estabilidad, de oportunidades. El precio por perseguir esta promesa era alto; debía dejar atrás mi familia, mis amigos, mi vida. Sin embargo, estaba dispuesto a pagar ese precio.
Llegué una fría mañana de abril. El aire en Frankfurt tenía un olor diferente, un peso que prometía ser más ligero que el de mi tierra natal. Los primeros días fueron una mezcla de burocracia y exploración. Con el tiempo, escuché hablar de un lugar llamado Winden, un pequeño pueblo casi olvidado que ofrecía empleo en una escuela local como profesor de matemáticas y física. La paga era decente, la tranquilidad del pueblo prometía estabilidad. Parecía perfecto, hasta que empecé a notar los detalles.
Mis primeros pasos en Winden fueron silenciosos, como si el pueblo mismo me observara. Los árboles, altísimos y oscuros, parecían formar barreras entre el mundo y este rincón escondido. Las casas tenían un aire melancólico, como si guardaran secretos que nadie se atrevía a contar. La gente no hablaba mucho, pero en sus miradas podía leer advertencias, quizás sobre algo más profundo de lo que aparentaba.
En la escuela, me esforzaba por adaptarme. Los estudiantes eran aplicados, pero había algo peculiar en su comportamiento. Uno de ellos, un joven llamado Jonas, se acercó tímidamente después de una clase y me susurró:
—Si alguna vez escuchas las voces en el bosque, no las sigas. No todos regresan.
Por supuesto, asumí que era alguna leyenda local para asustar a los nuevos. Pero mientras caminaba hacia mi apartamento esa noche, no podía dejar de pensar en sus palabras. El bosque parecía tener vida propia, sus ramas crujían incluso sin viento, y su oscuridad era más profunda de lo que una simple ausencia de luz podría justificar.
Los días pasaron, y mi curiosidad creció. Escuché a otros hablar sobre la Central Nuclear de Winden, un lugar envuelto en rumores y misterio. Era la principal fuente de empleo en el pueblo, pero también el corazón de su atmósfera inquietante. Se decía que los relojes se detenían cerca de la planta, que algunos trabajadores habían desaparecido sin explicación.
Comencé a notar pequeños detalles. Mi reloj se retrasaba sin razón aparente. Las luces de mi departamento titilaban en momentos de silencio absoluto. Una tarde, mientras caminaba por el bosque, creí escuchar una voz que me llamaba, suave y persistente. No era el viento, ni un animal. Era algo más.
En ese momento, entendí que Winden no era simplemente un pueblo tranquilo. Era un enigma, una pieza de un rompecabezas mucho más grande. Algo dentro de mí me decía que mi llegada aquí no había sido una coincidencia.

Mi primer día en la escuela fue un susurro de normalidad en medio de la extrañeza que envolvía a Winden. La directora, una mujer de rostro inexpresivo, me presentó como el nuevo profesor de matemáticas y física. Al hacerlo, su mirada se detuvo un segundo más del necesario en mis ojos, como si estuviera evaluando algo más allá de mi currículum.
El aula era fría, no sólo en temperatura, sino en atmósfera. Los alumnos estaban sentados en silencio, con los ojos fijos en mí como si esperaran algo más que una lección. Me aclaré la garganta y comencé.
—Buenos días. Hoy hablaremos sobre las paradojas temporales...
Mientras hablaba sobre los efectos de los viajes en el tiempo según la teoría de la relatividad, noté que algunos estudiantes intercambiaban miradas nerviosas. Era un comportamiento extraño, pero no le di mayor importancia en ese momento. Al concluir la clase, un estudiante se acercó.
—Profesor Rodolfo... ¿cree que el tiempo puede repetirse? —preguntó, su voz apenas un murmullo.
—¿Qué quieres decir? —respondí, sorprendido por la seriedad en sus ojos.
—Dicen que aquí en Winden... nada es realmente nuevo. Todo ya ha sucedido antes.
Intenté sonreír para aliviar la tensión, pero sus palabras se quedaron conmigo. La tarde pasó rápido y, al terminar mi jornada, decidí quedarme un poco más para organizar algunos documentos en la sala de profesores. Fue entonces cuando escuché pasos en el pasillo. Al levantar la mirada, vi una figura. Era Jonas, el mismo joven que me había advertido sobre las voces en el bosque. Se detuvo en la puerta.
—Necesito hablar con usted. —dijo con urgencia.
—Claro, Jonas. ¿Qué sucede?
Entró y cerró la puerta detrás de él. Por un momento, la habitación pareció volverse más fría.
—Lo que enseñó hoy... lo de las paradojas temporales... —Jonas vaciló, como si las palabras que estaba por decir cargaran un peso que ni él mismo entendía.
—¿Qué pasa, Jonas?
—Es real. Aquí, en Winden, el tiempo no se mueve como usted cree.
No sabía si reírme o preocuparme. Lo miré, esperando que continuara.
—Hay algo en el bosque. Algo que conecta todo. Y la planta nuclear... —Jonas bajó la voz aún más— es el centro de todo.
—Eso suena como una leyenda urbana. ¿Estás seguro de que no estás imaginando cosas? —intenté sonar comprensivo, pero había algo en su tono que me inquietaba.
—No lo está imaginando. —la voz de una mujer me interrumpió desde el pasillo. Giré sorprendido y la vi. Era Hannah, una madre de uno de los estudiantes. Tenía una expresión dura, como si las palabras que iba a decir fueran una confesión.
—La cueva que conecta al pasado, al presente y al futuro... —continuó Hannah— no es un mito. Y usted ha llegado aquí por una razón.
El aire de la sala se volvió pesado, como si algo invisible se hubiese colado entre nosotros. Jonas me miró fijamente.
—Profesor, tiene que escuchar a las voces en el bosque. Ellas saben más de lo que cualquier persona puede explicarle.
Traté de racionalizar lo que acababa de escuchar, pero algo en mi interior sabía que no estaba frente a un simple cuento de pueblo. La noche llegó, y mientras caminaba hacia mi departamento, los pasos resonaban como ecos en la oscuridad, acompañados por el murmullo de los árboles que parecían observarme.
Desde la ventana de mi habitación, la planta nuclear se erguía como un gigante dormido, pero no olvidé las palabras de Jonas y Hannah. Había algo que estaba esperando ser descubierto, algo que me había traído aquí. Winden me estaba llamando, y no sabía si debía responder.

Los días siguientes a mi encuentro con Jonas y Hannah estuvieron llenos de una tensión subyacente. Aunque intentaba concentrarme en mis clases y mi rutina diaria, las palabras de ambos resonaban en mi mente como un eco persistente: "la planta nuclear es el centro de todo", "el tiempo no se mueve como usted cree". Era como si Winden no quisiera dejarme escapar de su influencia.
Una tarde, impulsado por una mezcla de curiosidad y desasosiego, decidí visitar la Central Nuclear de Winden. Había escuchado suficiente sobre ella para saber que era más que un simple lugar de trabajo para los habitantes del pueblo; era el núcleo de sus leyendas y temores.
El camino hacia la planta era inquietante. Los árboles del bosque parecían doblarse bajo el peso de un secreto invisible. Cuando llegué a las puertas de la planta, la estructura se alzaba imponente frente a mí, sus torres como centinelas que vigilaban el pueblo. Al acercarme, un guardia de seguridad me detuvo.
—¿Puedo ayudarlo? —preguntó, mirándome con una mezcla de desconfianza y cansancio.
—Soy nuevo en el pueblo, profesor en la escuela. He escuchado mucho sobre este lugar y me gustaría aprender más sobre cómo funciona. —Intenté sonar casual, pero mi curiosidad era evidente.
El guardia dudó por un momento, pero finalmente me dejó pasar después de tomar nota de mi identificación. Dentro, el lugar era un laberinto de pasillos fríos y luces parpadeantes. Todo parecía limpio y ordenado, pero había algo en el aire, una sensación de que el tiempo aquí no se comportaba de manera normal.
Un hombre se acercó, vestido con un uniforme que indicaba que era un supervisor.
—Soy Klaus Albers, jefe de operaciones. No recibimos visitantes con frecuencia. ¿Qué lo trae por aquí?
—He oído tantas cosas sobre esta planta... pensé que sería interesante verla de cerca, aprender un poco. —Intenté mantener la calma, pero su mirada parecía atravesarme, como si supiera que mi interés iba más allá de una simple curiosidad profesional.
Klaus me guió a través de las instalaciones, mostrándome las máquinas que zumbaban con un ritmo casi hipnótico. Sin embargo, evitaba ciertas áreas. En un momento, me detuve frente a una sala con una puerta de acero cerrada con múltiples candados.
—¿Qué hay ahí? —pregunté.
Klaus frunció el ceño.
—Eso no es de su incumbencia, profesor. —Su tono era frío, casi amenazante.
La tensión en el aire aumentó, y decidí no insistir, pero algo dentro de mí sabía que esa sala era clave para entender los secretos de la planta. Mientras Klaus seguía explicando detalles técnicos, una palabra se deslizó casualmente en su explicación: "partículas de Dios". Fue breve, casi como si no quisiera que la escuchara, pero lo suficiente para quedarse grabada en mi memoria.
Esa noche, al regresar a mi apartamento, algo cambió. Sobre la mesa, entre mis papeles, encontré un sobre que no recordaba haber dejado allí. Lo abrí con cuidado. Dentro había una nota escrita con una caligrafía temblorosa:
"Todo en Winden está conectado. La planta es solo el principio. Sigue las luces en el bosque."
El sobre no tenía remitente. Mi respiración se aceleró mientras releía las palabras. Miré por la ventana hacia la planta nuclear, sus luces titilaban en la distancia, desafiándome a desentrañar el enigma que era Winden.

Esa noche, el bosque parecía más oscuro que nunca. La nota que había encontrado en mi apartamento seguía en mi bolsillo, como un susurro que no quería abandonar mi mente. "Sigue las luces en el bosque." Eran palabras simples, pero cargadas de un significado que no podía ignorar. Tomé una linterna y salí, decidido a desentrañar lo que fuera que Winden estaba escondiendo.
Los árboles, altos y robustos, se alzaban como guardianes de secretos que no deseaban ser descubiertos. A medida que avanzaba, el crujido de las hojas bajo mis pies se mezclaba con el sonido del viento que parecía murmurar palabras incomprensibles. Fue entonces cuando las vi. Luces. Pequeñas, titilantes, danzando en la distancia como si formaran un camino.
—Esto tiene que ser una locura —susurré para mí mismo, pero mis pasos no se detuvieron.
Con cada metro que avanzaba, las luces se movían más rápido, guiándome hacia algo que no podía ver pero que comenzaba a sentir. El aire se volvió más frío, y la tierra bajo mis pies parecía temblar ligeramente. Llegué hasta la entrada de una cueva, oscura y profunda. Las luces desaparecieron justo en ese momento, como si me invitaran a entrar.
—Esto no puede ser real —dije en voz alta, mi voz resonando en las paredes de la cueva.
Di un paso al frente, y de inmediato sentí como si el mundo hubiera cambiado. La linterna apenas podía iluminar el interior, pero el aire era denso, cargado de una electricidad que erizaba mi piel. Avancé más, con la respiración acelerada y los latidos de mi corazón retumbando en mis oídos. La cueva parecía interminable, un laberinto de oscuridad y misterio.
Fue entonces cuando escuché una voz, baja y distante, pero inconfundible.
—Rodolfo...
Me congelé. ¿Era mi imaginación? ¿La cueva me estaba jugando una mala pasada? Volví a escuchar la voz, más clara esta vez.
—Rodolfo... ven.
—¿Quién está ahí? —pregunté, intentando que mi voz no temblara. El eco de mis palabras respondió, pero nadie más lo hizo.
De pronto, vi algo en el suelo. Eran planos, cubiertos de polvo y marcados con coordenadas que no reconocía. Tomé uno de ellos, y en la esquina inferior derecha estaba escrito un nombre: "Central Nuclear de Winden". Mi mente se aceleró. ¿Cómo habían llegado esos planos aquí? ¿Por qué estaban conectados con la planta? Pero antes de que pudiera responder mis propias preguntas, un sonido detrás de mí me hizo girar.
Era Jonas, el joven que me había advertido sobre el bosque. Su rostro estaba pálido, y sus ojos reflejaban tanto miedo como determinación.
—No debería estar aquí —dijo en voz baja.
—¿Qué es este lugar? ¿Qué está pasando en Winden? —pregunté, desesperado por respuestas.
Jonas me miró fijamente, su expresión llenándose de algo que no podía entender completamente. Después de un momento, dijo:
—Este lugar es el principio... y el final. Es donde todo comienza. Donde el tiempo se rompe.
Mi mente luchaba por comprender sus palabras. Antes de que pudiera responder, Jonas me agarró del brazo y me sacó de la cueva con una urgencia que dejaba claro que quedarnos allí no era una opción.
—Usted todavía no entiende, pero lo hará. Todo está conectado, profesor —dijo mientras corríamos hacia el borde del bosque.
Las luces habían desaparecido, pero su eco seguía presente en mi mente. Esa noche, al regresar a mi apartamento, miré los planos una y otra vez, buscando algún sentido. Pero lo único que encontré fue una verdad que comenzaba a emerger: Winden no era un lugar común. Era un umbral, una ventana hacia algo que desafiaba las leyes del tiempo y el espacio.

Esa noche, mientras repasaba los planos encontrados en la cueva, mi mente se llenó de preguntas sin respuesta. Las coordenadas marcadas no parecían corresponder a ningún lugar conocido, pero algo me decía que no eran simplemente números al azar. Cada línea y símbolo parecía formar un patrón, como un lenguaje que estaba esperando ser descifrado.
El sonido del reloj en la pared de mi apartamento comenzó a hacerse más fuerte, como si el paso del tiempo quisiera recordarme su presencia. Pero cuando miré, el reloj estaba detenido. Las agujas se habían congelado en las once en punto, y la linterna que había traído al bosque comenzó a parpadear sin razón. Era como si el tiempo, el espacio, o lo que sea que regía este pueblo estuviera jugando conmigo.
Una llamada me sacó de mis pensamientos. Era Jonas. Su voz sonaba tensa, casi desesperada.
—Profesor, tiene que venir a la cueva. Ahora.
—¿Qué sucede, Jonas? —pregunté, con un nudo formándose en mi garganta.
—Encontré algo… algo que lo cambiará todo.
Sin pensarlo dos veces, tomé los planos y me dirigí hacia el bosque. La oscuridad parecía más densa esa noche, y los árboles se inclinaban como si trataran de impedir mi paso. Jonas me esperaba cerca de la entrada de la cueva, su rostro iluminado por una pequeña lámpara de aceite que sostenía con fuerza.
—¿Qué has encontrado? —pregunté, mostrando los planos.
—Esto... esto está conectado con lo que vi dentro —respondió Jonas, señalando hacia las profundidades de la cueva.
Entramos juntos, y mientras avanzábamos, la sensación de desorientación se intensificaba. La cueva no parecía seguir las leyes normales de la física. Las paredes se curvaban de formas imposibles, y la atmósfera estaba impregnada de un zumbido bajo, constante, como si algo estuviera vivo dentro de la piedra.
Al llegar al centro de la cueva, Jonas se detuvo frente a un mecanismo extraño. Parecía una mezcla de tecnología y algo que no podía comprender completamente. Era como un portal, una ventana que mostraba fragmentos de lugares y épocas que no podía identificar. Mi respiración se aceleró.
—Esto… no debería existir —susurré, sin saber si estaba hablándole a Jonas o a mí mismo.
Jonas me miró fijamente.
—Este lugar conecta todo. El pasado, el presente, el futuro. No hay manera de escapar.
Intenté procesar sus palabras, pero la realidad de lo que estaba frente a mí era demasiado abrumadora. De repente, la luz del portal se intensificó, y pude ver imágenes. Eran fragmentos de Winden, pero no como lo conocía ahora. Personas que no había visto antes, edificios que ya no existían y eventos que parecían haber ocurrido hace décadas.
—¿Qué es esto? —pregunté, incapaz de apartar la mirada.
—Es el ciclo —respondió Jonas—. Todo en Winden está atrapado en un ciclo eterno, y nosotros somos parte de él.
El portal parecía responder a nuestras palabras, mostrando nuevos fragmentos cada vez que hablábamos. Vi mi propio rostro, pero era diferente, más joven. Era imposible. ¿Estaba viendo mi pasado? ¿Mi futuro? Jonas puso una mano en mi hombro, sacándome de mi trance.
—Profesor, si quiere entender lo que está pasando, tiene que ayudarme a resolver esto. Todo está conectado. Usted llegó aquí por una razón.
Sus palabras eran tanto un desafío como una advertencia. Sabía que si seguía adelante, estaría entrando en un territorio que no podía comprender completamente. Pero también sabía que Winden no me dejaría ir tan fácilmente.

No regresé a la escuela al día siguiente. Sabía que las respuestas que buscaba no estaban en las ecuaciones que había enseñado ni en los libros que había leído. El misterio de Winden me había atrapado, y la cueva—ese portal—se había convertido en el centro de mi pensamiento. Las palabras de Jonas resonaban en mi mente: "Todo está conectado. Usted llegó aquí por una razón."
Pasé horas estudiando los planos encontrados en la cueva. Las coordenadas formaban patrones que comenzaban a tener sentido. Eran puntos específicos en Winden, lugares donde las líneas del tiempo parecían cruzarse. Uno de ellos era la planta nuclear; otro, la escuela; y el tercero, el bosque. Lo que me inquietaba era una cuarta ubicación, que parecía estar en un área donde no había absolutamente nada, según los mapas oficiales. Pero algo me decía que esa era la clave.
Esa noche, decidí visitar la planta una vez más. Klaus Albers, el jefe de operaciones, parecía saber más de lo que decía. Cuando llegué, la atmósfera era más pesada que antes. Las máquinas zumbaban, pero el sonido parecía distorsionado, como si no solo vibraran en este tiempo, sino en otros. Klaus me vio y se acercó, su expresión severa.
—¿Qué hace aquí nuevamente, profesor? —preguntó.
—Hay algo en esta planta que no me está diciendo —respondí, mostrando los planos.
Klaus frunció el ceño al verlos.
—¿Dónde encontró esto? —su voz se endureció, pero detrás de su expresión había una mezcla de miedo y sorpresa.
—En la cueva. Jonas me llevó allí. ¿Qué significa todo esto?
Por un momento, Klaus pareció debatirse internamente. Finalmente, dijo:
—Este pueblo... esta planta... están atrapados en algo que no se puede explicar con palabras simples. Tiempo, espacio... están rotos aquí. Y usted es parte de eso ahora.
—¿Parte de qué? —insistí.
—Del ciclo —respondió—. Cada persona aquí juega un papel en un patrón que se repite una y otra vez.
Sus palabras me dejaron paralizado. ¿Qué quería decir con "un patrón que se repite"? Antes de que pudiera seguir preguntando, Klaus me llevó a una sala que había evitado en mi primera visita. Abrió la puerta, revelando una máquina gigantesca, con cables y luces que pulsaban como si tuvieran vida propia.
—Esto es el núcleo —dijo Klaus—. Todo en Winden comienza aquí... y aquí termina.
Me acerqué, sintiendo un escalofrío recorrer mi espalda. La máquina parecía emitir energía que no podía explicar ni con mi conocimiento en física ni con cualquier lógica. Era un rompecabezas, uno que estaba diseñado para ser irresoluble.
De repente, la puerta se abrió, y Jonas apareció, su rostro lleno de preocupación.
—Profesor, no puede quedarse aquí. Esta máquina... está rota. Está rompiendo el tiempo y conectando cosas que no deberían conectarse.
—¿Qué significa eso? ¿Qué está tratando de decirme? —pregunté.
—Significa que hay fragmentos de tiempo... futuros que no deberían existir, pasados que deberían estar muertos... y usted está atrapado en medio de todo esto.
La sala comenzó a vibrar, la máquina emitiendo pulsos más fuertes. Klaus intentó detenerla, pero era inútil. Miré a Jonas, y su expresión me hizo entender lo que estaba en juego.
—Si no encontramos la forma de reparar esto, el ciclo continuará. Todo se repetirá.
En ese momento, entendí la verdad. La planta, el pueblo, la cueva... eran parte de algo más grande, algo que desafiaba la comprensión humana. Mi llegada aquí no había sido una coincidencia; había sido parte del ciclo desde el principio. Ahora debía decidir: seguir adelante y enfrentar lo que estaba por venir, o intentar escapar, sabiendo que Winden nunca me dejaría ir.

Todo lo que había aprendido, cada fragmento de información, cada advertencia, me llevó a este momento. La máquina en la planta nuclear parecía latir como un corazón roto, pulsando con un poder que ni siquiera Klaus podía controlar. Jonas estaba a mi lado, su expresión cargada de una mezcla de determinación y desesperación. Sabía que había algo que debía hacerse, algo que solo yo podía realizar.
—Profesor —dijo Jonas, rompiendo el pesado silencio—, si no detenemos esto ahora, todo comenzará de nuevo. Cada uno de nosotros... repetiremos el mismo camino, una y otra vez.
Miré a la máquina y recordé las palabras en la cueva: "Todo está conectado". La planta, el pueblo, el bosque, incluso mi llegada a Winden, eran piezas de un rompecabezas que ahora estaba claro. Yo no había llegado aquí por casualidad; el ciclo me había llamado, me había elegido para ser parte de algo que estaba más allá de mi comprensión.
—¿Qué tengo que hacer? —pregunté, mi voz firme pese al miedo que sentía.
Jonas extendió una llave que parecía haber sido creada para encajar en la máquina.
—Esta llave controla el núcleo. Si la usa, puede romper el ciclo. Pero romperlo significa destruir todo lo que conocemos. El tiempo mismo se desmoronará.
Su advertencia resonó como una campana dentro de mí. Si usaba la llave, no había vuelta atrás. Winden, su gente, su historia, incluso mi propia existencia dentro de este lugar, podrían desaparecer para siempre. Pero si no lo hacía, el ciclo continuaría, y todos en este pueblo quedarían atrapados en una espiral interminable.
Klaus, quien había estado observando en silencio, finalmente habló.
—Rodolfo, esta decisión no es solo suya. La planta, el pueblo, la cueva... todo está conectado porque todos hemos jugado nuestro papel. Pero si decide detener el ciclo, quizás podamos ser libres.
La sala vibró más intensamente. La máquina emitió un destello de luz que iluminó nuestras caras como si estuviera escuchando, como si supiera que el momento decisivo estaba cerca. Miré a Jonas, a Klaus, y luego a la máquina. La llave pesaba como si llevara el peso de toda la existencia en mi mano.
—Si hacemos esto —dije—, ¿qué queda?
Jonas me miró directamente a los ojos.
—Nada... o todo. Es la única manera de saberlo.
Respiré profundamente, sintiendo el aire cargado de tensión. Me acerqué lentamente a la máquina, cada paso parecía resonar en el suelo como una cuenta regresiva. Puse la llave en su lugar y la giré.
El ruido que siguió fue ensordecedor. La sala tembló, los objetos se deslizaron y la luz del núcleo se intensificó hasta que todo desapareció. En ese instante, sentí como si el tiempo mismo se hubiera detenido. Era un vacío, una pausa en la realidad, donde no había ni sonido ni movimiento.
Luego, vino la oscuridad.
Cuando abrí los ojos, estaba en el bosque. Los árboles eran los mismos, imponentes y oscuros, pero había algo sutilmente distinto. El aire parecía más ligero, como si la melancolía eterna que rodeaba a Winden hubiera desaparecido. Con pasos cautelosos, regresé al pueblo. Las calles seguían igual, pero las personas parecían diferentes. Me miraban con una indiferencia que dolía más que el miedo que alguna vez había sentido en sus miradas. Caminé entre ellos, pero nadie me reconocía. Era como si nunca hubiera existido en su mundo.
Por un instante, pensé que lo había logrado. Creí que el ciclo había sido roto, que todo había seguido adelante y que el tiempo por fin era libre. Por primera vez, sentí una chispa de paz. Había cumplido mi propósito. Todo apuntaba a que mi viaje a Alemania no había sido una casualidad, sino una pieza en el intrincado rompecabezas de Winden. Sin embargo, esa paz fue efímera.
Esa noche, mientras descansaba, sentí algo extraño. No era cansancio, sino un vacío que se apoderaba de mi mente. Cerré los ojos por un momento, pero al abrirlos, el suelo bajo mis pies no era el de mi habitación. Volvía a estar en el bosque. El frío mordía mi piel, y el sonido de las ramas al crujir me rodeaba. El ciclo no había terminado. Lo que parecía un final era, en realidad, otro inicio.
Intenté huir. Caminé lejos, siempre más allá del bosque. Pero cada vez que lo hacía, despertaba nuevamente entre esos árboles interminables, atrapado en el corazón del tiempo que se resistía a soltarme. Winden seguía llamándome de vuelta, como si aún no hubiera cumplido con todo lo que esperaba de mí.
Era un juego cruel, un eco infinito. Pero entendí que no podía seguir recorriendo el mismo camino. El ciclo no se rompería si hacía lo mismo una y otra vez. Decidí que tomaría otro rumbo, uno distinto, uno que quizás me llevara a respuestas nuevas. Lo que no sabía aún era si esta decisión me alejaría del destino o me acercaría más a la verdad que Winden intentaba ocultar.
Con cada nuevo amanecer, la pregunta me atormenta: ¿Podré algún día salir de este lugar? Aún no lo sé. Lo que sí sé es que, cuantas veces se repita este círculo, escribiré. Escribiré para no olvidar, para no perderme en el espiral que amenaza con consumirlo todo. Porque mientras pueda escribir, aún existe la posibilidad de hallar la salida. Mis palabras son mi resistencia, mi faro en esta oscuridad eterna.
Y si alguna vez estas palabras llegan a alguien más, quizás ellas también formen parte de un ciclo que aún no entiendo. Por ahora, lo único que puedo hacer es narrar, y seguir narrando, hasta que el tiempo decida liberarme.




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