Los malevos andan por los arrabales. Los de Buenos Aires pero también los del siglo veinte. Viven a mitad de camino entre al campo y la ciudad, entre la civilización y la barbarie, entre el bien y el mal, y se la bancan. Son malvivientes (porque se vive mal en los arrabales) y forajidos (porque viven fuera del ejido, o sea de los límites, de la ciudad). Esta situación limítrofe los condena y a la vez les da sustento, y sustenta a la vez la imaginación de muchas de las mejores plumas del país, empezando por Borges, que se fascinaron con su figura. Sus aventuras y desventuras alimentaron por supuesto una gran cantidad de tangos. Y esos libros, y esos tangos se vieron a su vez reflejados en el cine.
Ya en la primera película sonora de la historia argentina que se conserva, ¡Tango! (1933) hay un malevo y un correspondiente duelo a cuchillo con el protagonista, Alberto Gómez (buen cantante y mal actor). Ambos se disputan el amor (la tenencia en realidad), de una muy joven Tita Merello. La película está llena de futuras estrellas (salvo Gómez) como Luis Sandrini, Pepe Arias y Libertad Lamarque. La acción es apenas una excusa, una sucesión de viñetas que son una excusa para dar paso a números musicales. Fue dirigida por Luis Moglia Barth. Primera película de la productora que pronto pasaría a llamarse Argentina Sono Film.

Malevo también tiene sinónimos como guapo, compadrito y taita, entro otros. Casi todos ellos con alguna connotación positiva vinculada a ser el más renombrado, experimentado o hábil de determinado lugar. Sólo el término malevo conserva su lado oscuro en el mismo nombre.
Y ya que hablamos de guapos, la emblemática obra de Samuel Eichelbaum Un guapo del 900 no tuvo una sino tres adaptaciones al cine. La primera de ellas terminó mal, fue dirigida por Lucas Demare en 1952, con Guillermo Battaglia en el protagónico, pero debió ser interrumpida por la quiebra del estudio Lumiton. La segunda es la versión más conocida, rodada en 1960 por Leopoldo Torre Nilsson, con Alfredo Alcón como el guapo del título, papel que repetiría Jorge Salcedo en la tercera versión, de 1971, dirigida por Lautaro Murúa, quien también se reservó para sí un papel importante.
El título da cuenta de ese umbral entre siglos mencionado al principio y la obra ilustra otra de las posibles salidas laborales del guapo o malevo como fuerza de choque, un matón al servicio de políticos y caudillos.

Los taitas (1968) es el título elegido por Hugo Santiago para su primer trabajo, un cortometraje que parodia ciertos comportamientos malevos. Los taitas del título son dos amigos que quedaron anclados en otro tiempo y buscan una forma particular y alternativa de hacer dinero. Un ejercicio de estilo para Santiago, que ya empezaba a bucear en la argentinidad desde el principio de su carrera. Muy pronto llegaría su debut en el largometraje, considerado entre los títulos más importantes de la historia del cine argentino, Invasión (1969). Para ello, el joven Santiago convenció a un consagrado Jorge Luis Borges de que se encargara del guion.
Borges a su vez se había ocupado bastante del tema de los malevos en su propia obra, sobre todo en sus primeros cuentos y poemas. Quizás el más célebre sea El sur, en el que le confiere al duelo con cuchillos un valor de autenticidad que contrapone a la cómoda vida burguesa. Una auténtica fascinación por la barbarie como exponente de un mundo perdido.
Los cuentos de Borges han sido adaptados al cine en innumerables ocasiones, en la mayoría de los casos con resultados decepcionantes. La gran excepción podría ser Hombre de la esquina rosada (1962) de René Mugica. Al respecto el propio Borges señaló que la película era buena, aunque su cuento era malo, por lo que el film no hace otra cosa que mejorarlo. Típico comentario irónico borgeano, que hay que tomar con pinzas, pero que habla de una valoración positiva por parte de un escritor que no ha tenido reparos a la hora de criticar otros films.
Mugica compartía con Borges un genuino fervor por la brevedad. Solía decir que si tenía que agregar una escena para explicar otra prefería sacar las dos. Hombre de la esquina rosada es un trabajo conciso que solo se detiene saludablemente para retratar algunas costumbres de ese período histórico, dejando de lado la imprecisión voluntaria del cuento para situar el relato en el marco de los festejos por el centenario de 1910. Por lo demás es una historia típicamente borgeana sobre un hombre que debe cumplir el destino de otro. El tema del forastero que llega al pago chico a cobrar venganza es también muy típico del western, y curiosamente Hombre de la esquina rosada tiene algún punto de contacto con uno de los mejores exponentes de ese género, nada menos que Un tiro en la noche, de John Ford. Ambos entienden que la idea de nación es una construcción que se hace a costa de dejar atrás ciertos valores del pasado. Lo de curiosamente tiene que ver con que las dos son del mismo año.

Mugica es responsable además de otro gran film sobre malevos, El reñidero (1965) basado en la obra teatral del mismo nombre de Sergio De Cecco (también guionista). Obra que es a su vez una adaptación del clásico Electra, de Sófocles, ambientada en el viejo Palermo de matones y riñas de gallos. Una trasposición que funciona perfecto en el material de origen y que Mugica acompaña con una estructura moderna con saltos temporales y formas expresionistas que la alejan del realismo de su otro título mencionado.
La lista de títulos posibles es muy amplia, muchos de ellos han sido injustamente condenados al olvido. Habría que mencionar, por ejemplo, casi toda la filmografía de José Agustín Ferreyra. Al referirme a ¡Tango! mencioné que era la primera de las que se conservan. Ferreyra ya había experimentado con el sonoro desde unos años antes, de un forma técnicamente limitada, pero llegó a completar Muñequitas porteñas en 1931, dos años antes de la obra mucho más conocida de Moglia Barth. Esta película se encuentra parcialmente perdida, ya que sólo se conserva una parte de sus imágenes, pero no el sonido. Más allá de este carácter de pionero del sonido, su cine reflejó con poesía los arrabales de Buenos Aires, Puente Alsina (1935), podría ser un buen ejemplo. Ferreyra fue también compositor de tangos con los que musicalizó algunos de sus films sonoros.
Esa dualidad de director de cine y compositor también le corresponde a Manuel Romero, autor de 150 tangos y director de películas como Los muchachos de antes no usaban gomina (1937). Este prolífico director trabajó con todas las estrellas de su tiempo y al igual que Ferreyra supo reflejar tópicos locales.
Hay malevos también en el cine de otro de los grandes directores argentinos, Hugo del Carril, destacado además por su carrera de cantante. Solo mencionaré uno, La calesita, de 1963, a pesar de ser uno de sus films menos recordados, porque allí imperan los códigos del arrabal.
Esos rígidos códigos de honor se contraponen con una vida al margen de la ley y soluciones laterales para quienes nacieron en “un barrio donde el hambre suele hacer gambetas”, al decir de Homero Expósito en ”Te llaman malevo". Una manera de ser constitutiva que el cine argentino se ha ocupado de reflejar.




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