Lo único bueno de haber sufrido toda la vida es que te hace particularmente consciente de los buenos momentos, al ser tan extraordinarios.
Eso es lo que piensa Elphaba sobre su vida.
Está sobrevolando las periferias de la Ciudad Esmeralda, lejos de lo que ha conocido siempre, de Shiz, de su padre, de su hermana. Y también de Galinda y de la promesa de una existencia que nunca iba a ser suya.
Pero hay algo en la mezcla de colores que se arremolinan en el atardecer. Rosas, naranjas y carmesís, contrastando preciosamente con el esmeralda brillante de la ciudad, la ciudad que prometía ser el bálsamo de todas sus heridas. Rosa contra verde. Luminoso contra oscuro. Suave contra duro. Hermoso contra espantoso. El mundo está hecho de contrastes, de injusticias. El mundo siempre ha sido particularmente cruel al demostrarle lo diferente que es ella.
Elphaba se permite soñar, mientras vuela entre las nubes quemadas.
Nadie viene detrás de ella. Es imposible. Ella es más poderosa que todos los magos de la universidad, que incluso el gran mago de Oz. Y sin embargo, su corazón añora y añora. ¿Qué magia podrá evitar que un corazón se rompa?

En un mundo perfecto, Elphaba y Galinda terminan la educación mágica en Shiz.
Siguen siendo amigas, a pesar de las diferencias. Siguen compartiendo las tardes, siguen yendo al lago al anochecer y siguen sentándose juntas el día de la graduación. Galinda es la mejor alumna de la universidad, por supuesto y se pone de pie, ataviada en un precioso vestido rosado y da un discurso que conmueve a sus admiradores, pero sobre todo a Elphaba.
No se imagina las palabras, pero sabe que está llena de referencias a su amistad, a ese humor tan tonto que tiene su amiga y, además, es un promesa de que seguirán estando juntas en el futuro. Nadie nunca le ha prometido amistad y por eso sus ojos se llenan de lágrimas, porque Galinda le ha ofrecido eso que siempre ha carecido: una certeza. Si ella es amiga de alguien como Galinda, entonces significa que ella es una buena persona, que vale la pena luchar por ella, que vale la pena hacerse escuchar.
Quizá se irán a la Ciudad Esmeralda, o quizá se quedarán en Shiz, como maestras. Las posibilidades son infinitas. Quizá Galinda invite a Elphaba a su casa, donde le contara todas sus historias de niña, de cómo se encaprichaba y lloraba hasta que sus padres cedían a sus deseos. Quizá Elphaba y ella recorran el país de los Munchkin, quizá decidan ir hasta la orilla del mundo y descubrir paisajes que nadie nunca más ha visto.
Es muy fácil imaginarse a su amiga feliz. Su rostro está hecho para albergar sonrisas. Su mirada es más cautivadora cuando sabe que se está saliendo con la suya y ella le permitiría salirse con la suya, con la única condición de que siempre estuvieran juntas.
—Elphie —diría Galinda, con su vocecita de princesa mimada, con sus ojos brillantes. —Estoy muy feliz de ser tu amiga. No hay diploma ni premio que sea más increíble que ese. No hay accesorio más precioso que el de tenerte a mi lado.
Y ella sonreiría, contenta, satisfecha, capaz de crear la magia más pura de la punta de sus dedos.
Ah, pero es un sueño, ¿no?
Elphaba sigue volando hacia el oeste, hacia donde se pone el sol, hacia donde todavía no queda oscuridad. El mundo es una colección de injusticias. El profesor Dillamon y los demás animales siguen atrapados bajo las redes de intolerancia que el mismo mago de Oz ha permitido. La maestra Morrible ha demostrado ser falsa. Fiyero le ha prometido ayudarla, pero ¿no fue él quien escogió a Galinda desde un principio? Su propia familia la ha rechazado. Nessa y su padre y, oh, su difunta madre, seguramente niegan con la cabeza, decepcionados y furiosos con ella.
Todo lo que componía su vida se ha fracturado. Incluso ella, su mejor amiga, Galinda, ha dejado de serlo. “Llámenme Glinda, a partir de ahora”, les ha pedido. Y ahora a Elphaba le parece un mal chiste. ¿Qué nombre tendrá que ponerse ella, entonces? ¿Elphie? ¿La rara de verde? ¿La bruja malvada que viaja hacia el Oeste?
Elphaba siente que los ojos se le llenan de lágrimas y decide que no puede derrotarse tan fácil. No, tiene qué luchar por el futuro que se imagina. Tiene qué hacer todo lo posible porque se haga realidad.
Ella tiene el grimorio, ella tiene la escoba, ella tiene la convicción y el poder. Ella puede lograr ese sueño a hacerse realidad.
Así que mientras la noche cae, Elphaba vuelve a soñar con ese futuro.

Galinda ha decidido que hoy quiere sentarse a comer entre las amapolas del país de los Munchkin.
Hay una mesa y una cocina perfectamente aceptables dentro de la casa de uno de los locales pero cuando Galinda decide algo, por muy intransigente que sea, no hay nadie que la pueda hacer cambiar de opinión. Así que Elphaba sonríe y la sigue, hacia una pradera enorme, salpicada por las motas rojas de las flores.
—No lo sabías, pero mi habilidad secreta es la de cocinar las mejores galletas de arándanos del mundo —dice su amiga, con una sonrisa orgullosa.
—¿De todo el mundo? ¿Cómo sabes eso? —pregunta ella, divertida. La cara de fingida ofensa de Galida la hace reír.
—Porque yo lo digo y porque tú lo vas a decir también cuando las pruebes, Elphie.
—¿Y por qué esta galleta está quemada?
—¡Elphie! Dame eso. Ay, qué pesada eres.
Galinda extiende una manta y coloca su canasta de postres en el medio. Elphaba se sienta y su amiga toma un lugar a su lado. Las dos comienzan a hablar de cosas poco importantes. De lo que vieron en su viaje por Oz, de los recuerdos de la escuela, de sus deseos para el futuro. Todo está teñido del color dorado del sol, como una cobija irreal sobre esa imagen tan realista, que entibia el corazón de ambas Elphabas, la de la ensoñación y la que sueña.
—Me alegra estar aquí —dice ella, movida por el sentimiento.
Y la Galinda de sus sueños la toma de la mano y se acurruca a su lado, tan tibia como un rayo de atardecer.
—Yo también, Elphie. Yo también.


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