Era una mañana calurosa, el aire era pesado y húmedo, algo normal en una selva sudamericana donde los árboles eran tan inmensos que parecían rascacielos y el color verde de las plantas inundaba más allá de lo que los ojos podían ver. Un río de aguas incoloras, casi transparentes, recorría el paisaje en una ondulada corriente, esparciéndose en un delta como si dibujara las raíces de un árbol. Los sonidos de los pájaros inundaban el ambiente con cánticos tan dulces que parecía entonar la misma canción.
Justo en un claro de tan espesa selva, una imponente nave aterrizaba suavemente. Un zepelín más que grande, de color blanco como las nubes, se posaba suavemente sobre el suelo. Al abrirse la puerta, un hombre de estatura mediana bajó de la nave. Era de contextura gruesa, su rostro mostraba una constante sonrisa y su mirada dulce era la de una persona que no había dejado de soñar. Era la segunda vez que viajaba a este lugar; la primera había sido hace más de una década, de una forma tan fantástica e increíble que a él le resultaba difícil de explicar. Pese a eso, tenía tantos recuerdos que eran invaluables y que marcaron su vida de forma tan profunda. La relación con su padre, que fue tan lejana durante tanto tiempo, se subsanó con el pasar del tiempo y su madrastra, a la cual ahora apreciaba como a una madre. Pero sobre todo, ganó un abuelo que se comportó como un amigo, una guía y un abuelo, parecía que fue hace toda una vida.

Russell había recién terminado la universidad, graduándose con honores en biología y quería ser explorador, visitar todos los lugares que fuesen posibles porque, a pesar de todo, consideraba que el mundo era vasto y extenso. Por eso, cuando cumplió 16 años, en vez de solicitar un auto, tomó clases para la licencia de piloto de zepelín, algo absurdo pensaría cualquier ser humano. Sin embargo, el señor Fredricksen, riendo cuando escuchó su deseo, aceptó de buena gana, por lo que él decidió costearlo siempre y cuando prometiese que esto no afectaría sus clases. Las clases fueron arduas y después de dos años, justo para su cumpleaños 18, obtuvo la licencia de piloto.
Russell revisó su mochila asegurándose de que no faltara nada. Llamó a Tony, su pastor alemán, el cual era el líder de su grupo de 10 perros. Quiso llevar a Dug, pero él ya estaba viejo y necesitaba dormir; sus mejores años ya habían pasado y el descanso le venía bien. Pese a todo, seguía siendo un perro leal. Emprendió camino y después de algunas horas llegó a su destino, las cataratas del Paraíso, un lugar familiar. Nada había cambiado y seguía siendo el lugar más hermoso de la tierra. Russell caminó unos metros más hasta que observó su destino, era la casa del señor Fredricksen. La encontró de casualidad revisando un mapa satelital y, pese a las dudas, después de cotejar la información en diversos sitios, constató que era cierto, la casa estaba en ese lugar. Era tan fantástico que no le costó creer. Trató una vez de mencionárselo, sin embargo, él le explicó que su hogar estaba donde estaban sus seres queridos y el lugar donde podía visitar a su esposa, aparte que estaba ya muy viejo y que buscaba tener una vejez tranquila y feliz como la que estaba viviendo.

Russell entró a la casa y la recorrió cuarto a cuarto. Pese al deterioro propio de una casa sin ser habitada y la inclemencia del tiempo, se notaba que seguía siendo una casa hermosa y estaba llena de maravillosos recuerdos. Se dirigió a la chimenea y observó las fotos que estaban posadas. Estas estaban un poco deterioradas, sin embargo, en ellas se podía observar el amor que Ellie y el señor Fredricksen se tenían, algo que a Russell le parecía aún más fantástico que cualquier aventura que podría pensar. Fue en ese momento en que una lágrima salió de sus ojos, el Señor Fredricksen había muerto hace un año y, pese al tiempo transcurrido, todavía lo extrañaba.
Russell revisó sus bolsillos y sacó la insignia que recibió por ayudar cuando era niño. Era la de Ellie, fue un obsequio por cumplir su último objetivo: ayudar a un viejo a recuperar su felicidad y su sonrisa. Tomó la medalla y la dejó en la chimenea, porque gran parte del hombre que era y en el que se había convertido se lo debía a su viejo amigo y solo la insignia de Ellie era un digno homenaje





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