En sus inicios, Kubrick nos deleitó con un par de películas noir inolvidables. Primero dirigió El Beso del Asesino en 1955 (les dejo enlace de mi reseña) y un año más tarde volvió a profundizar en el género con The Killing, también conocida en nuestros pagos latinoamericanos como Casta de Malditos. Esto ocurrió en 1956, dos antes de la última gran película del período clásico del cine negro estadounidense Sed de Mal de Orson Welles.
Casta de Malditos parodia el cine de atraco. En este estilo de películas el robo sale mal, ya sea por error o resentimiento de alguno de los integrantes de la banda que perpetra el golpe o - como mayormente sucede en esta historia elegida - por cuestiones del azar que se van acumulando hasta terminar en lo peor.

La trama gira en torno a la organización de un robo que podría significar un nuevo comienzo para sus integrantes. El "last dance" de Johnny, un ex convicto que una vez en libertad se quiere casar, sentar cabeza y abandonar la vida criminal. Reúne a un grupo de hombres que desempeñan diferentes tareas y ponen el plan en marcha. ¿Dónde se va a llevar adelante el atraco? En el hipódromo, la cosa sana. La idea es robar dos millones de dólares de la recaudación de apuestas.

Nos presentan brevemente las historias de los demás miembros de la banda pero vamos a detenernos en el que seguro nos va a traer problemas: el pollerudo. Sí, George - el cajero de las apuestas del lugar que será asaltado - está casado con una mujer que lo desprecia, Sherry. Ella lo manipula hasta que el tarado le revela el plan sin saber que tiene un amante. Y, por supuesto, Sherry le cuenta el chisme a su amante para que le robe el botín a Johnny y sus secuaces.

Los otros miembros de la banda son un policía corrupto y el barman del hipódromo. Es interesante porque no se trata de clásicos ladrones, sino de hombres con trabajos precarizados que están hartos de su situación y se quieren ganar el loto, como cualquier hijo de vecino.
A su vez, participan otros dos hombres pero a sueldo, sin reclamar parte del botín: uno generará una trifulca en el bar para distraer a los policías y alejarlos del cuarto donde guardan la recaudación, y otro le disparará al caballo estrella.

El plan se ejecuta y sale casi bien. No del todo bien porque quien dispara al caballo termina muerto, pero siempre hay una víctima sacrificada en las películas de Kubrick y esta vez le tocó a él, pobre. El problema viene después, durante la repartija de la plata y - más tarde - en el intento de huida. Todo sale mal un poco por las acciones de Sherry y su amante y otro poco porque Johnny será muy meticuloso para planificar un robo, pero no tuvo ni un poco de criterio en usar una valija prácticamente de cartón - que no sé si se la vendieron por Marketplace - para guardar los 2 palos verde. También hay un caniche odioso al que podemos culpar en parte. Qué bronca cuando el azar mete la pata.

Como buen eslabón entre el viejo y el nuevo Hollywood, Kubrick agarraba los viejos géneros y los resignificaba. Se los apropiaba con atrevimiento pero sin denostarlos. En Casta de Malditos utiliza al narrador externo parodiando un poco la solemnidad de las narraciones en off del noir que se enfocaban en dar información y conducir las emociones del espectador. Acá resignifica la herramienta y convierte al narrador externo en un cómplice del espectador que ironiza y comenta. Esto colabora en el distanciamiento que propone no involucrar emocionalmente al público, sino permitirle ser un mero observador y disfrutar de la vuelta de tuerca que le hace a la tragedia del viejo género al convertirla un poco en farsa. Como la vida misma. Y un poco se agradece, porque quienes nos encariñamos con este tipo de personajes - los grandes perdedores - sufrimos bastante cuando las cosas no salen como esperamos.





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