Sensual y eterna maldición 

-"¿El mal viene de nuestro interior

o viene de más allá?"

Entre 1456 y 1462, el príncipe de Valaquia (Rumania) selló la historia para siempre. Más allá del impacto que nunca sabría que habría de tener en la cultura universal, se volvió un ícono de la historia rumana y un héroe nacional. Se estima que bajo su mando se ejecutó a más de 100.000 personas, y que la gran mayoría fue a través de la técnica de empalamiento. El príncipe era un aficionado a la tortura, al castigo lento y duradero, y se rumoreaba que incluso bebía la sangre de sus víctimas para acompañar la cena. Su nombre era Vlad III y fue conocido por dos nombres. Uno era “Vlad El Empalador”. El otro surge de su propia firma y es de alguna manera el sobrenombre que habría él elegido. Su padre, el príncipe Vlad II, en 1428 ingresa a la Orden del Dragón. Así pasa a llamarse Vlad El Dragón, que en rumano, sería Vlad Dracul. Por consecuencia, su ya mencionado hijo será Vlad Draculea (hijo del Dragón), y elegirá el sobrenombre de Dracul. La figura mitológica del “dragón” en Rumania no existía, y el término dracul simbolizaba “el diablo”. Vlad III, era entonces llamado, El Hijo del Diablo”.

El acontecimiento fundante de esta nota 128 años después, fue en 1897. Se publica una novela que se rumorea tuvo dos fuertes fuentes de inspiración. Una fue un relato escrito de Karl von Wachsmann llamado El extraño misterioso publicado en 1844. La otra fuente fueron las conversaciones que mantuvo el autor de la novela publicada en 1897 con el húngaro Ármin Vámbéry. En ellas el autor conoció la figura histórica de Vlad Draculae . Junto a otras influencias, inspiraron al autor irlandés llamado Bram Stoker a escribir y publicar una de las novelas más populares e influyentes de la historia: Drácula.

Vlad III

¿Por qué hablamos de Drácula?

Soltaré a Drácula lo antes posible porque esta nota pretende llegar a otro puerto. Drácula fue sustancial para una película muda de terror gótico que se estrena en 1922. Dicha película es una directa adaptación no autorizada de Drácula. La viuda de Bram Stoker denuncia a la producción, y tres años después gana el caso. Consigue una indemnización y la destrucción de todas las copias del largometraje dirigido por Friedrich Murnau. Sin embargo, la bendita maldición no pudo ser combatida y la enfermedad se propaga hasta el día de hoy. Nosferatu: Una sinfonía del horror, termina de forjar a través de la ejecución audiovisual la popularidad del vampirismo. A lo largo de la historia del cine, Nosferatu tuvo variadas readaptaciones. Entre ellas, en 1979 tuvo una adaptación llamada Nosferatu, el vampiro, de Werner Herzog; en el 2000 La sombra del vampiro protagonizada por Willem Dafoe (una película que ficciona la filmación de la película de 1922); y en el año 2024 se estrena la película de la que esta nota, finalmente, desea hablar: Nosferatu.

Nosferatu

Alemania, 1838. Thomas Hutter y Ellen están felizmente casados. Thomas es enviado por el jefe de la inmobiliaria para la que trabaja a Transilvania (Rumania). Un tal conde Orlok está interesado en una propiedad del pueblo de Thomas, y demanda que la firma de la propiedad se haga en persona. Una vez que Thomas inicie su viaje, nunca nada volverá a ser igual. Ellen volverá a tener unas extrañas y vívidas pesadillas que no la atormentaban desde su infancia. Thomas se hospedará en Rumania en un castillo del que no le será fácil irse. El presunto contrato inmobiliario que Orlok desea hacer firmar a Thomas, en verdad plantea una terrible promesa irreversible.

Nosferatu es la cuarta película de un director neoyorkino llamado Robert Eggers. Eggers es un director formado laboral y académicamente en la realización, el diseño y la producción teatral. Este aparente insulso detalle, sin dudas sella el estilo que el joven director está dejando en sus películas y es lo que concibe a su peculiar cine de autor. The Witch, El Faro, Northman y Nosferatu. Si bien las dos primeras no tienen la inversión y por ende la infraestructura audiovisual que tienen las últimas dos, las cuatro películas llevan un particular estilo en el código actoral. Lejos del realismo moderno, las interpretaciones están conducidas hacia la expansiva gestualidad teatral. Los cuatro relatos también rondan la tragedia, lo siniestro y el terror, y la actuación está al servicio de la más profunda animalidad y monstruosidad. Northman y Nosferatu, cada una con su identidad, son fábulas trágicas. La última, específicamente, llevan la orquesta de lo escalofriante al máximo esplendor (al menos hasta ahora) de su realizador.

Esta escena es la apoteosis de la teatralidad en todo sus sentidos.

Lily-Rose Depp, quien interpreta a Ellen, es la actriz perfecta para este largometraje. ¿Podría haberlo hecho otra intérprete? ¿Lo habría hecho bien Anya Taylor Joy, quien protagonizó la ópera prima de Eggers y a quien se le propuso originalmente el personaje de Ellen en Nosferatu? Probablemente la respuesta a ambas preguntas es sí. Lo que es seguro, es que Depp lo hizo perfecto. Por momentos oscura, incontrolable, temible. En otros frágil y ausente. En otros momentos potente y heroína. Al servicio de una dirección de actores que sin dudas es la responsable de los incontables e insondables logros de la película, Lily-Rose se expone y se entrega al deporte que supone actuar (y debería suponer siempre, lejos de la hipercorrección prolija y sin sangre del snobismo de turno). Nosferatu no es tan solo una película de terror. Por lectura y elección de su realizador, es una película romántica. Lejos del estereotipo del subgénero, reflexiona acerca la fuerza animal y devoradora que puede haber en el amor. Deshoja la uniformidad del concepto, lo enchastra, lo deforma, y se sirve de una de las versiones más dañadas que puede tener el amor para contar esta antiquísima fábula. Ellen le teme al conde Orlok, lo odia, y lo desea. Todo ese abanico confuso y mutante de las emociones, se vuelve posible gracias a la actriz. Ella es una de las que permite que como espectadores también sintamos la insólita confusión de desearla tan lejos como cerca de Orlok. La sensualidad y el terror se confunden entre sí, sin pecar la película de vacíos preciosismos estéticos o forzados intentos artísticos. Y el otro culpable de este profundo fenómeno, es Bill Skarsgård, el actor que interpreta al conde Orlok (a quien la mitología llama como Nosferatu). Skarsgård compone algo que está lejos de los adjetivos. Mas allá de lo físico y el enorme trabajo de maquillaje, el efecto sonoro de la voz que el actor preparó, ejerce sobre la percepción de nosotros espectadores algo similar a lo que puede sentir Ellen. Queremos que el personaje esté en pantalla, que se le acerque a ella y a todas sus víctimas, pero que no queremos los lastime; queremos que pague por su perversión, pero deseamos que cumpla con su palabra y su obsesión. Skarsgård consigue que una especie de cadáver viviente al que le podemos sentir y del que podemos oler su piel putrefacta, sea sensual.

Si bien a la película le sobran algunos minutos que pierden la energía y el ritmo predominante del relato, dejándonos entonces un tanto cansados para el dramático y grandioso final, la mayor parte de los 132 minutos están a la altura de la sobrecogedora secuencia inicial. En ella radica el germen de la autoría de Eggers, y el alma de todo el relato. Personalmente, aún sin enamorarme nunca del todo, he valorado siempre el coraje autoral de Eggers. La primer mitad de Northman me pareció verdaderamente apasionante, pero la segunda mitad y específicamente al tercer acto lo sentí insoportable. Es un autor que defiende tanto sus decisiones y pareciera gozar tanto de hacer lo que hace, que puede terminar mordiéndose su propia cola.

En Nosferatu hay escenas que verdaderamente roban el aliento. Un código tan definido y una marca tan clara como la de Eggers en su versión de Nosferatu, traerá tanto fieles servidores como perseverantes enemigos. Algunos amaremos ese código actoral que tantos otros sienten insoportable e inverosímil; a otros la tensa y constante narrativa podrá resultarles lenta e insufrible. Pero sin dudas y por fortuna, Nosferatu no podrá jamás pasar desapercibida. Ese valor es lo que necesita el cine para volver a las salas y para desafiar al peligroso poder económico de las plataformas.

Chesi

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