Desde hace tiempo, he estado reflexionando sobre algunas de las llamadas "obras maestras" del cine que han logrado un estatus casi intocable en la cultura popular. No quiero que esta opinión se tome como una verdad absoluta; al contrario, es solo una perspectiva personal, un ejercicio de pensamiento que busca abrir el diálogo. Entre esos clásicos que considero sobrevalorados, la saga de SAW ocupa un lugar prominente.
No puedo negar que SAW es una franquicia que ha marcado un antes y un después en el género del terror, pero ¿eso realmente la convierte en un clásico digno de alabanzas? Desde mi punto de vista, su éxito radica menos en su narrativa o complejidad emocional y más en su capacidad de apelar al morbo humano. Un morbo que, curiosamente, encuentra su mayor público en aquellos que viven en una burbuja social de falsa protección, creyéndose exentos de las realidades que estas películas caricaturizan.
La premisa de la saga, centrada en los macabros "juegos" de Jigsaw, parece más una excusa para mostrar muertes grotescas que un intento real de explorar los dilemas morales que plantea. Las trampas y torturas, aunque creativas en su diseño, dejan de ser impactantes cuando te das cuenta de que la narrativa está subordinada al espectáculo de la violencia. Es como si el cine dejara de ser un arte que invita a la reflexión para convertirse en una feria de horrores.
Sin embargo, lo que más me inquieta no es solo el énfasis en la sangre, sino la razón por la que estas películas se consumen. Muchas personas parecen fascinadas con la idea de enfrentarse a un "terror seguro" desde la comodidad de sus sofás, alejadas de cualquier posibilidad real de peligro. Es como si el espectador necesitara sentir que domina lo macabro porque lo observa desde una distancia segura, sin darse cuenta de que estas atrocidades, en distintas formas, se han repetido a lo largo de la historia humana.
Lo más triste es que este tipo de cine parece desplazar a aquellas historias que verdaderamente exploran el alma humana. Grandes narrativas, thrillers bien construidos y personajes complejos muchas veces quedan relegados en favor de películas que priorizan el impacto visual sobre el desarrollo de una trama significativa.
Un ejemplo claro de la combinación perfecta entre oscuridad y narrativa es Seven, dirigida por David Fincher y protagonizada por Brad Pitt, Morgan Freeman y Kevin Spacey. Esta película utiliza la violencia de forma funcional dentro de la historia. Cada asesinato, ligado a los pecados capitales, no solo es impactante por su brutalidad, sino también porque refuerza los temas filosóficos y morales que explora. Además, los personajes están magistralmente construidos: Freeman encarna el cinismo de un detective que ha visto demasiado, mientras que Pitt aporta el idealismo y la impaciencia de una mente joven. Por su parte, Kevin Spacey entrega una actuación escalofriante como un villano cuya frialdad y lógica retuercen la moralidad del espectador.
El final de Seven es un ejemplo perfecto de cómo una película puede ser profundamente perturbadora sin recurrir al morbo gratuito. Te deja pensando sobre los límites del bien y el mal, el sacrificio personal y las consecuencias de la ira y la venganza.
Me pregunto: ¿cuándo dejamos de valorar las historias bien contadas por el simple morbo de la sangre? ¿En qué momento decidimos que era más importante acumular muertes creativas que construir personajes o situaciones que nos hagan cuestionar nuestra propia moralidad?
No estoy diciendo que el género del terror deba abandonar la violencia o el horror por completo. Es un género poderoso que, cuando se usa con cuidado, puede exponer las partes más oscuras de la condición humana. Pero, ¿no deberíamos exigir algo más que puro shock value? ¿No deberíamos buscar historias que nos reten, que nos dejen pensando mucho después de que la pantalla se oscurezca?
Y así llego a mi reflexión final: ¿Por qué hemos abandonado las grandes historias en favor de muertes morbosas, personajes psicópatas y oscuridad sin sentido? Yo, por mi parte, no cambiaría un buen thriller por un desfile de sangre sin narrativa. Pero esa es mi opinión, y ahora la pregunta queda en tus manos: ¿Tú qué prefieres?




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