El naufragio de una ambición desmedida
Francis Ford Coppola es, sin duda, uno de los directores más influyentes y visionarios del cine. Sus obras como El Padrino, Apocalypse Now y La Conversación han dejado una huella indeleble en la historia del séptimo arte. Por ello, resulta aún más desconcertante y profundamente decepcionante enfrentarse a Megalópolis, un proyecto que, lejos de consolidar su legado, parece una oda al egocentrismo y una falta de respeto al espectador.
Desde su concepción, Megalópolis fue anunciada como la culminación de décadas de ambición artística. Coppola prometió una obra monumental, una reflexión sobre la utopía y el destino de las ciudades. Sin embargo, lo que finalmente llegó a la pantalla es un espectáculo vacío, una acumulación de imágenes hermosas pero carentes de propósito, y una narrativa tan desarticulada que resulta insultante para quien intenta seguirla.
El principal problema de Megalópolis radica en su ausencia de historia. La película no tiene un núcleo narrativo claro; se siente como un conjunto de ideas inconexas que nunca logran formar un relato coherente. Durante sus interminables minutos, somos testigos de escenas que parecen improvisadas o destinadas únicamente a deslumbrar visualmente, pero que no aportan nada significativo. Coppola parece más interesado en mostrarnos que todavía puede experimentar con tecnología y diseño que en contarnos algo con significado.
La falta de personajes es otro de los grandes desaciertos de la película. Ninguno de los protagonistas está desarrollado más allá de los clichés superficiales. No se nos da una razón para empatizar con ellos, para comprender sus motivaciones o para preocuparnos por sus destinos. Los actores, muchos de ellos con un talento probado, parecen abandonados a su suerte, recitando diálogos pretenciosos que no tienen ni alma ni dirección. Es como si Coppola hubiera olvidado que, al final del día, el cine sigue siendo sobre personas, emociones y conflictos humanos, no sobre grandilocuencias vacías.
En términos visuales, no se puede negar que la película tiene momentos impactantes. Coppola demuestra que aún posee un ojo excepcional para la composición y el uso del color. Pero esas imágenes bellas terminan siendo un artificio hueco cuando carecen de sustancia. El diseño de producción, por muy impresionante que sea, no puede sostener una obra que está desprovista de narrativa y emoción. Es como admirar un cuadro técnicamente perfecto pero completamente carente de alma.
Quizás lo más irritante de Megalópolis sea su tono profundamente egocéntrico. La película da la impresión de que Coppola no estaba interesado en conectar con su público, sino en darse el gusto de hacer “su obra maestra” sin importar las consecuencias. Hay una desconexión palpable entre el director y la audiencia, como si Coppola estuviera más preocupado por demostrar su genio que por ofrecer una experiencia cinematográfica significativa. Esto se siente no solo como un error artístico, sino como una falta de respeto hacia quienes hemos admirado su trabajo durante décadas.
Es inevitable preguntarse cómo llegó Coppola a este punto. ¿Fue la presión de superar su propio legado? ¿O simplemente una desconexión con los fundamentos que hicieron grande su cine? Sea cual sea la respuesta, el resultado es profundamente triste. En lugar de una obra que consolide su estatus como uno de los grandes directores de todos los tiempos, Megalópolis se siente como un ejercicio de vanidad que deja un sabor amargo.
El cineasta que alguna vez nos conmovió con historias profundamente humanas parece haberse perdido en un laberinto de sus propias ambiciones. Es una lástima que, en lugar de despedirse del cine con una obra memorable, Coppola haya elegido entregar un proyecto que traiciona todo aquello que lo convirtió en un maestro: personajes inolvidables, historias que resonaban en el alma y un respeto inquebrantable por el arte del cine.
Con Megalópolis, Francis Ford Coppola no solo ha perdido la oportunidad de coronar su carrera con una obra a la altura de su talento, sino que ha entregado un proyecto que se siente vacío, pretencioso y, en última instancia, irrelevante. Una verdadera tragedia para quienes alguna vez lo consideramos uno de los grandes narradores de nuestra era.
Pete de Cinema Celuloide
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