
En los últimos años, y por primera vez en su carrera, Russell Crowe se animó a navegar mar adentro en las vastas aguas del cine de terror y demostró, para sorpresa de muchos, que era un marinero más que nato. Primero lo hizo con el subvalorado slasher urbano Unhinged (2020), en el que encarnó a un asesino serial de antología, cuya arma fálica no era un objeto cortante convencional, como un cuchillo, un hacha o una motosierra, sino una camioneta todoterreno (más al respecto aquí). Luego, continuó con El exorcista del Papa (2023), película en la que se dio el gusto de parlare in italiano, de manejar una Vespa con la sotana al viento y de acatar las órdenes de Su Santidad, Franco Nero, nada menos. Y como no hay dos sin tres, este año, el neozelandés estrenó The Exorcism (2024), película que, curiosamente, se había filmado antes que la de Julius Avery, pero que, debido a la pandemia y a ciertos reshoots pendientes, recién llegó a los cines argentinos en junio de este año. Lamentablemente, toda buena racha llega a su fin y, pese a haberle rendido su merecido respeto al océano del terror, ni el bueno de Crowe es capaz de mantener a flote esta embarcación.

Estrenado localmente como Exorcismo (parece que el artículo se perdió en el camino de la traducción), durante buena parte de su desarrollo el film llevó el título de The Georgetown Project, el cual parece un título más adecuado para una película de ciencia ficción que para una de terror, pero que narrativamente era más que pertinente, puesto que la trama de Exorcismo gira en torno a un actor en decadencia que es contratado para protagonizar una remake de El exorcista (1973), película ambientada, justamente, en el barrio de Georgetown. En cualquier caso, Crowe interpreta al actor en cuestión, quien está muy lejos de ser una versión ficcionalizada de sí mismo; es decir, un intérprete versátil, carismático y en actividad. Por el contrario, “Anthony Miller” vive bajo la sombra de su pasado: él es un ex héroe de acción que, debido a sus adicciones, primero al alcohol y luego a las drogas (justificadas por él mismo como consecuencia del cáncer que se llevó a su esposa), se distanció de las cámaras, y de su hija, y recién ahora está intentando reinsertarse en el mercado. Todo ese peso, esa culpa, esa mochila emocional, no sólo nos anticipa que el personaje será un gran “vessel” para la inminente posesión (cómo le gusta ese término al subgénero, ¿no?), sino que también lo vuelve a “Tony” un protagonista más que interesante para acompañar. Una lástima, dado que, conforme pasan los minutos, la película procede a restarle peso dramático hasta volverlo una figura sonámbula y unidimensional, apenas una amenaza que preocupa y asusta a su hija, quien asume el protagonismo del relato. Interpretada por Ryan Simpkins, “Lee” es una adolescente solitaria, recientemente expulsada de su colegio por vandalizar el auto del rector. A priori, no resulta un personaje tan atractivo como el de su poseído progenitor, pero dado que el segundo acto gira en torno a ella y adopta su punto de vista, Lee eventualmente cobra un mayor interés, aunque tampoco el suficiente como para adueñarse del clímax. No, para ese entonces Crowe es resucitado de su letargo, obligado a enfrentar sus demonios y a matar a un cura. Sí, aunque suene absurdo, Exorcismo no concluye con el exorcismo efectivo del demonio que acecha a los protagonistas (ni con el sacrificio de uno de ellos, como en El exorcista), sino con un asesinato: es como si los propios personajes se hubieran cansado de lidiar con la entidad maligna y dijeran “masí, crucifijo a la yugular; con esto no lo matamos, pero hagamos de cuenta como que sí”.
En una de las primeras escenas, el pedante director de la película dentro de la película (encarnado magistralmente por Adam Goldberg) sostiene que su film es “un drama psicológico envuelto en la piel de una película de terror”, una frase desafortunada que más de un cineasta avergonzado del género ha pronunciado (no por nada existe el concepto de elevated horror) y que bien podría usarse para analizar al presente film. Con esto no quiero decir que Exorcismo no sea una película de terror, pero, por momentos, la ineptitud de su ejecución, su solemnidad y la arbitrariedad de su guión (nada de lo que ocurre parece tener consecuencias para el rodaje o para los personajes: ¿la estrella aparece toda cortada y nadie hace nada? ¿Su columna se dobla en dos en pleno set y lo único que tiene para decir el director es “Él no está bien”? Luego, el protagonista se tira por una ventana y… ¿cortamos a negro?) invitan a pensar que, tal vez, Joshua John Miller estaba más deseoso de filmar un drama psicológico de tinte autobiográfico que “una de exorcismos” hecha y derecha. ¿Por qué autobiográfico? Porque Joshua es el hijo de Jason Miller, el Padre Karras de El exorcista. Lejos de tratarse de un mero dato de color explotado durante la promoción de la película, tal vínculo sanguíneo nos dice mucho sobre ella, tanto sobre su asociación tácita pero constante con la obra maestra de Friedkin, como sobre su énfasis en los efectos que un papel puede tener psicológicamente en un actor y en sus seres queridos. Efectivamente, Exorcismo parece muy poco preocupada porque “su disfraz” del género sea bueno: a pesar de la originalidad de su abordaje metatextual, como película de exorcismos no trae nada nuevo a la mesa. De hecho, ni siquiera intenta procurar escenas con un mínimo de suspenso; en este sentido, sus únicas jugadas preparadas parecen ser: el uso narrativo de los silencios para generar tensión, que el demonio de turno sea todo un showman obsesionado con prender y apagar las luces, y que Crowe aparezca y desaparezca repentinamente, como un Nightcrawler de 120 kilos. Y hablando de apariciones súbitas y reiterativas, en lugar de insistir tanto con los flashbacks traumáticos (en torno al abuso que el protagonista sufrió de niño) y forzar su presencia en el relato, se podría haber explotado mucho más la adicción del protagonista, perfectamente establecida en el primer acto, y apelar a la posesión demoníaca como analogía para aquella. En su confesión, Exorcismo deberá decir que pecó de apelar al terror como excusa, en lugar de como medio para tratar sus temas.

Lo más peculiar de todo es que el dúo detrás del guión (el propio Miller junto a M.A. Fortin) es el mismo responsable del de The Final Girls (2015), uno de los mejores slashers autoconscientes que nos ha regalado la última década, y sin dudas el más emotivo. Habiendo demostrado semejante conocimiento y pasión por aquel subgénero, ¿cómo acabaron tratando a este otro con tanto desinterés? En el mejor de los casos, la nula pregnancia de Exorcismo le jugará a su favor: cuando ya nos hayamos olvidado de ella, pero no así de Unhinged y de El exorcista del Papa, tal vez recordaremos a la divertida trilogía del terror de Russell Crowe con cariño por todas sus partes… aunque sólo dos de ellas hayan abrazado al género sin vergüenza y con el orgullo vehemente que éste merece.



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