El origen del silencio 

Éxtasis. Eso es lo que se siente cuando uno experimenta un hecho que lo marcará para siempre. Inclusive, y en parte, aquellos que dejarán su marcas más temibles que intentaremos olvidar. La adrenalina, mirar hacia el vacío, un enorme salto, se acerca a una sensación indescifrable que pareciera estar muy lejos del placer. Y sin embargo, volvemos una y otra vez a mirarlo y temer el goce del vértigo. Es verdad que pareciera que la sensación del éxtasis sí está más cerca de la felicidad plena, y desde ya que no quiero hacer deporte de contradecir o cuestionar tal obviedad. Pero compartiendo una sensación individual y un análisis poco científico, existe un goce infinito también frente a experiencias que mientras son vividas están lejos de ser disfrutables. Y es en la ficción donde creo que esto está más claro. Si no, ¿Cómo explicamos el éxito del género de terror?

Como espectadores, y en relación a esta nota, la palabra éxtasis tendrá que ver con dos cosas. La primera con el potencial de la genialidad del género del terror. La segunda, con las ficciones que marcan a fuego la memoria, el saber popular, volviéndose así parte de la gran historia.

Lo siniestro es el rincón a la vez más privado de las emociones y las imágenes, como también uno de los lugares más universales que existe. Todos tememos a algo, y a la vez todos tememos a un algo distinto que a su vez lleva su respectiva forma. Y a la hora de describir el miedo, si bien es una sensación profunda y desgarradora que pareciera ser absolutamente personal, todos comprendemos de que estamos hablando. Quizás es ese uno de los motivos por los cuales el género del terror en la ficción es tan pero tan popular. El sufrimiento perfecto, pero seguro. El espectador se irá perturbado a su casa o a la cama, pero su cuerpo está intacto.

Por el riesgo que implica, y por la profundidad de las emociones evocadas, pienso que el hecho de que una película de terror ingrese al prestigio de instalarse en la memoria colectiva, es un logro aún mayor. E independientemente del género al que pertenezca el relato, y habiendo atravesado quien sabe cuántas fibras emocionales diferentes (un abanico indescriptible de emociones varias resultado de la experiencia artística), quizás al fin y al cabo toda película o serie que queda en la historia generó en su espectador algún tipo de éxtasis.

La primera vez que vi A quiet place, tercer largometraje del realizador y actor John Krasinski, sentí una vibración incontrolable. Sentí haber visto algo similar a una experiencia perfecta, y supe que se habría de albergar en mis recuerdos para siempre. Esa sensación casi de Pixar en la que un bloque cae en algún lugar del cerebro donde tenía que caer, impulsado por quien sabe qué, es de las sensaciones más únicas y personales que existe. El enamoramiento es de uno hacia otro, o hacia algo, y su tránsito y existencia es de una descripción de lo más íntima posible. Uno se enamora de una película por un millar de motivos, y por ese mismo motivo cada cuál tendrá un ranking muy personal de películas preferidas, que a su vez probablemente mute a lo largo de los años. Sin embargo, por motivos contextuales, de popularidad, de boca en boca, de marketing, y también del inevitable alcance que siempre tendrá todo aquello que sea genial, habrán siempre coincidencias entre las películas que seleccionamos. Hay algo que vuelve a la obra de arte trascendental. ¿Qué es? No lo sé.

Ahora, ¿cómo no va a ser una obra de absoluta genialidad un relato acerca de una mujer que tiene que parir en un momento donde si emitís cualquier sonido vas a ser asesinado por monstruos extraterrestres que tomaron el planeta?

El origen

Hoy día, A quiet place ya es una saga de tres películas que habrá incluso de continuar. La absoluta y rotunda genialidad de la primera bendijo a las que siguieron y a las que seguirán. Me atrevo a sincerarme y decir que tengo pocos recuerdos de la segunda, y que apenas recuerdo haber disfrutado la adrenalina de la terrible aventura. Recuerdo sentir que estaba claramente viendo el segundo acto de un gran relato. Una transición.

A quiet place: Day One es la tercer entrega de la película, y traslada el relato, tal cual lo anuncia su título, al día en donde todo comenzó. Abandona a la familia protagónica encabezada por la actriz Emily Blunt, y se centra en un nuevo personaje. Samira, interpretada por Lupita Nyong´o, tiene cancer terminal. Ella, quien no se despega jamás de su gato, hace tiempo está viviendo en un sanatorio junto a otros enfermos, y son llevados por un enfermero al centro de New York para ver un espectáculo de títeres. Cuando están por volver al hospital, sucede la invasión y todo lo demás, será la más terrible aventura. Ella, su gato, y un joven inglés (interpretador por Joseph Quinn, un exquisito actor que ha sido popularmente descubierto en Stranger Things) que estaba de intercambio en la ciudad, harán lo posible para sobrevivir en un universo que ahora lleva nuevas y desconocidas reglas.

La calidad del disparador es similar a la de la primera entrega. Una mujer está en la última etapa de una enfermedad corrosiva y dolorosa, y deberá pasar desapercibida frente a unos invasores que, al primer sonido que escuchan, te devoran. No ven, pero lo oyen absolutamente todo. Es muy interesante el planteo de encarar un relato de supervivencia con una protagonista presa más de su sufrimiento y maldición, que de sus propias fortalezas. Comúnmente, las historias alrededor de la épica de la supervivencia, se basan en personajes que tienen claras habilidades para sobrevivir. Necesitan esas historias claridad en la descripción de las virtudes que los harán buenos en determinado aspecto del nuevo orden apocalíptico que deban enfrentar. Algunos son buenos con las hachas, otros con las armas, otros tienen fuerza, otros son rápidos. Sin embargo, en A quiet place, son apenas sobrevivientes y, para colmo, en el caso de ambas protagonistas (en la primera y en la tercer entrega), están por vivir un momento que inevitablemente será peligroso frente al antagonista que tienen delante. El grito de parto en la primera, y el grito de dolor en esta última. A su vez, es eso mismo lo que las vuelve fuertes y sin nada que perder. ¿Qué es más determinado y a prueba de balas que una madre que debe cuidar a su familia y a su hijo por nacer? ¿Y quién tiene menos que perder y más umbral de tolerancia al sufrimiento, que una joven que está lidiando hace años con la peor enfermedad posible?

En pocas palabras, A quiet place: Day one, está mucho más cerca de la genialidad que del fracaso. Está actuada (y por ende así también la dirección actoral) a la perfección. El guion es potenciado por la premisa espléndida de que poco se puede decir. Tan solo lo justo y lo necesario. Hablar no será un recurso explicativo ni malgastado. Cuando hablen, será para decirse lo justo y lo necesario. Las frases no están cargadas tampoco de peso dramático, que sí es algo que podría haber sucedido si se tomaba el silencio simplemente como un gesto estético cool. Hay escenas bellísimas cargadas de la lógica emoción desgarrada de los personajes, que a su vez no necesitan realizativamente de nada más que de los intérpretes y la justa fotografía.

Las fracturas irán crujiendo y haciéndose sentir en la verosimilitud de ciertos elementos. Espacios que dejan de ilustrarse, objetos claves que deberían quedar arruinados por el agua pero sobreviven intactos, un gato que se siente más una traba que un gesto romántico. ¿Cómo puede ser que sobreviva a todo, que no emita ruido alguno, que vuelva donde tiene que volver en el momento justo? Quizás en este detalle admito mi propia obsesión, pero no pude nunca dejar de sentir que había en el animal algo más distractivo que disfrutable.

Mientras la película aterriza en su tercer acto, lamentablemente la realización se engolosina un poco con ciertos lugares melodramáticos que supieron condensar y distribuir con delicadeza y precisión a lo largo de todo el relato. La banda sonora irrumpe para empujar emociones que ya estaban ofrecidas por el viaje hecho junto a los personajes, el vínculo entre ellos, por el guion y por la calidad interpretativa. Al aparecer en una película cuyo valor es el silencio, realmente atenta contra el éxito del acto final.

Aún pese a que la primer película es del año 2018, el gran relato se proyecta desde entonces hacia nuestro futuro. Considerando la fuerza que generó la primer película en sí misma y sobre toda la saga, el poder entonces de este relato al que afortunadamente todavía le faltan partes, la saga de A quiet place merece fidelidad, merece ser vista, merece incluso ser discutida, pero sin dudas recordada de aquí en adelante como uno de los gestos más icónicos del género de terror de los últimos años.

Chesi

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