Gene Hackman de oficio actor  

Se fue un actor único, difícil de etiquetar y de comparar a pesar de aparecer en películas muy amables para aquellos que van clasificando las películas en géneros. Desde finales de la década de 1960 hasta unos pocos años entrado en el Siglo XXI, Gene Hackman sobresalió sin buscarlo, casi sin esfuerzo aparente interpretó todos los roles que quiso y hasta se desmarcó de esa necesidad de los actores que es el desafío. Probablemente se haya planteado la búsqueda de papeles alternativos a una repetición, aún así en pantalla nunca se lo vio sucumbido en el desborde provocado por la sobreactuación, derivada en una impunidad para hacer lo que nunca había hecho. A lo largo de las décadas interpretó roles de héroe, villano y antihéroe con la displicencia y seriedad orgánica de los grandes, no pretendió trascender más allá de la actuación en esa búsqueda de aspecto lineal que es pasar a la dirección o a la producción de sus propias películas. Quizá por eso siempre fue una especie de enigma, y lo fue todavía más cuando decidió retirarse en 2004 tras una comedia en la que acompaño a Ray Romano, una estrella de la televisión. A continuación, van 3 películas para (re) descubrir a este actor de flama eterna. No son las mejores, ni las “obligatorias”, es solo un extracto tomado de una vasta filmografía.

Contacto en Francia (The French Connection, 1971)

Tras la gran impresión dejada en su rol de Buck Barrow para Bonnie y Clyde (Bonnie and Clyde, 1967), Hackman recibió ese papel por el cual un actor cruza hacia el umbral de la unicidad, para dejar una impresión grabada en la memoria. Popeye Doyle, un policía rudo y ensamblado solo para hacer su trabajo, nada por fuera de su tarea de detective lo desliza a un costado. Su perfil es el del típico sabueso, motorizado por la intuición y la experiencia de la calle. Ante una serie de movimientos sospechosos de ciertos personajes del bajo mundo del tráfico de heroína, él y su compañero Buddy Russo (el gran Roy Scheider) se sumergen en una aventura urbana para descubrir el trasfondo de una operación inédita, con un nuevo personaje poderoso llegado de Marsella, capaz de abrir un imperio de la droga en Nueva York. Mucho se dijo sobre el uso de la cámara de Owen Roitzman, el DF, bajo las ordenes de William Friedkin sobre como filmar las escenas de persecución. Lo justo sería decir que el éxito de ello se debió a la pericia y antecedentes de Roitzman para retratar en la improvisación ante la urgencia, también hubo una ebullición de la creatividad ante el presupuesto reunido y las jornadas de rodaje acotadas. Lo mejor de Hackman en su interpretación de Popeye Doyle estuvo en la fina línea que define la ambigüedad de su personaje, entre ser el héroe necesario de una ciudad en quiebra y una persona desagradable para socializar. En el mismo año se estrenaron Harry el sucio (Dirty Harry, 1971) y Shaft (1971), otras dos películas de detectives pensados como llaneros solitarios en una cruzada, cada una emplazada en un horizonte particular de preocupaciones. Las tres películas convivieron sanamente en la cartelera.

Secreto oculto en el mar (Night Moves, 1975)

Hackman no fue el actor fetiche de ningún director, podría uno elaborar una teoría acerca de la libertad pretendida por él, lo cierto es que sí repitió colaboración con algunos. Un ejemplo de ello es Arthur Penn, después de Bonnie y Clyde, se reunieron con Secreto oculto en el mar (Night Moves, 1975) para un nuevo noir, algo que ya estaba florecido dentro del espectro manejado por el New Hollywood. Dentro de las características de ese fenómeno estuvo la pensar la historia del cine, en términos reflexivos y lúdicos, siguiendo la línea de la Nouvelle Vague, a partir de esta manera de ubicar un prisma es que surgieron modelos novedosos construidos sobre la base de un género, el noir solo fue posible por ser el fruto de un contexto y en ese meollo es que se trazó el corpus de películas de los 70 con detectives solitarios, marcados por sus propios ambientes: políticos, sociales, económicos y hasta existenciales. Harry Moseby (por supuesto, Hackman) es un detective privado, y ex jugador de fútbol americano, contratado para ubicar a una joven fugada de Florida a Los Ángeles, ciudad donde él reside. En la simpleza de la tarea se enmascara un espiral de problemas, que se ramificarán a lo largo de la investigación. Como lo marca el género, la vida del detective tiene el mismo grosor de importancia que el caso presentado, es así que la vida personal de Harry se cruza con su trabajo de detective, al descubrir que su mujer lo engaña. La película conecta ambos mundos de forma inteligente porque el hombre ante la infidelidad actúa como si fuera uno de sus trabajos, se pone el traje de detective, ya que lo que más le molesta es no haber aplicado sus dotes de investigador para develar él mismo esto que le era oculto, y no tanto la traición de su esposa con otro hombre. Tal reacción es lo que desgasta a la pareja, tras una reconciliación y un intento de superar el hecho porque su esposa se sintió como un objeto de investigación. Este deslizamiento en la trama es casi invisible sin alterar la progresión de la búsqueda de la joven, sin embargo, si Penn hubiera quitado esta arista personal de su protagonista la película se hubiera hundido en la monotonía. Un claro ejemplo ilustrativo de que no todo aquello que está dentro de una estructura narrativa está obligado a tener un impacto dramático. Hackman ofrece un detective corrido de sus personajes más duros y agresivos físicamente, para moldear a un personaje con más capas sin dejar de lado la sutileza, a modo de marca estilística propia.

Ganadores (Hoosiers, 1986)

Gene Hackman también podía reírse y participar de proyectos más mecánicos en la ternura que en los procedimientos genéricos. En Ganadores (Hoosiers, 1986) todo es a paso firme, desde el principio con la llegada de un entrenador nuevo a una escuela secundaria de un pequeño de Indiana, a principios de la década de 1950. Muchas desventajas y pocos puntos favorables se le ubican en dos columnas a Norman Dale, el “coach” de básquet en una institución donde hay pocos alumnos y menos todavía un equipo posible ideal. A la arrastra, más allá del presente turbulento, lleva consigo un pasado que lo nubla por un hecho sucedido con un jugador universitario. Después de 10 años en la Marina, un viejo amigo suyo confía en que pueda reflotar al equipo de la secundaria que él dirige. En simultáneo, el jugador más importante decidió no seguir en el plantel por su cercanía con el entrenador predecesor, quien falleció. “Pueblo chico, chisme grande”, otro de los focos de atención para el nuevo entrenador ya que todos siguen al equipo en los entrenamientos y cada uno es, además, un sabelotodo del deporte. Entre estas interferencias, como parte de un panorama poco alentador para formar un nuevo grupo, el “coach” necesita ganar la confianza de estos jóvenes y acompañarlos en su porvenir. Clásica historia de redención y de crecimiento, en la piel de Hackman hay un compendio de cualidades, pero la que sobresale es la simpatía.

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