La influencia de la época más gloriosa de MTV –aquélla que va desde mediados de la década de 1990 hasta principios de este milenio– en la comedia en general y en la Nueva Comedia Americana en particular es un tema digno de un libro. O, de mínima, de varias notas. Por lo pronto, el reciente estreno en la plataforma Prime Video de This is the Tom Green Documentary es una buena excusa para meternos con uno de los personajes más extremos, volátiles y salvajes del que supo ser el canal líder de lo que hoy llamamos cultura pop. Hablamos del canadiense Tom Green, al que sólo le bastaron dos temporadas de su show nocturno para regar un camino que floreció a partir de la irrupción de la viralidad de internet y el pos humor.
Seamos honestos: el documental no es gran cosa y desprende un olorcito a biografía oficial que anula toda posibilidad de complejizar el pasado, quizás el efecto más interesante del paso del tiempo. Hecho principalmente con materiales de archivo y entrevistas del propio Green a sus viejos amigos, colaboradores y sus padres, frecuentes víctimas de los sketches de su hijo, lo que hay es un auto homenaje con la forma de un recorrido cronológico por las etapas de su vida, desde su nacimiento en Ottawa hasta una actualidad que lo encuentra pelilargo, canoso, con barba, alejado del ruido de Los Ángeles e instalado en una finca en Canadá.

El destino elegido explica en parte por qué hace largos años que no sabemos nada de él, pero no debe obviarse que su carrera en los grandes medios fue tan meteórica como lo sería de empinada su caída. Nada nuevo: es sabido que Hollywood no perdona un tropezón comercial (ya hablaremos de eso) y que la fama puede escurrirse como arena entre los dedos. Lo suyo podría ser definido como un cóctel de malas decisiones artísticas, un cáncer testicular durante su efímero apogeo, los cambios en los criterios de programación de MTV y el intento innegociable de nunca dejar de ser siempre quien fue, de hacer lo que se le cantara de la manera que quisiera.
El humor gonzo
Lo más jugoso del documental dirigido por el propio Green pasa por el repaso de los pormenores de su carrera, lo que también funciona como un retrato de la época dorada de MTV, cuando aparecer allí equivalía a un salto hacia la masividad. Su camino no fue fácil, pero tampoco del todo complejo. A diferencia de buena parte de los comediantes, que utilizan el humor como escudo para combatir los pesares de la infancia o la adolescencia, Green vivió tranquilo y sin grandes apremios. Siempre le gustó ser el foco de atención y hacer reír a toda la familia en las reuniones. Esa beta exhibicionista e irreverente lo llevó hasta el club de comedia Yuk-Yuk’s, el mismo por donde había pasado el actor cómico del momento, un tal Jim Carrey.
Allí comenzó a depurar un estilo que alguien en el documental define como “punk comedy”, es decir, uno que se nutría con partes iguales de la inventiva –caótica, venenosa, revulsiva, surrealista, caprichosa, provocadora, absurda, originalísima– de su responsable y de las reacciones de los involuntarios participantes de sus números, ya sea algún vendedor o un simple transeúnte al que paraba con un micrófono y la cabeza envuelta en papel celofán. Tanto mejor si generaba problemas.

La gracia de su humor radicaba en la imposibilidad de predecirlo, en ver cómo cualquier elemento podía convertirse en herramienta cómica. Y encima Green tenía un notable manejo del público en vivo, una virtud que desarrolló conduciendo un programa en el horario nocturno de la radio de la Universidad de Ottawa. La radio le abrió las puertas para que una televisora local le diera luz verde para filmar cuatro episodios de prueba de lo que sería su show. El primer sketch se llamó “Meathead” y consistía en él con un micrófono y la cabeza cubierta de carne preguntándole cosas a quienes pasaban en la calle. Un comediante gonzo.
Green para el mundo
El show de Tom Green recaló luego en la televisión pública de Ottawa, preludio para su llegada, en 1999, a MTV, donde las cosas siguieron igual que siempre, salvo porque ahora lo veían millones de personas a lo largo y ancho del mundo. Green era capaz de emborracharse y vomitar ante la cámara, de mofarse del prurito de comprar condones contándole a los farmacéuticos las barrabasadas que hacía con su novia, de armar un sándwich de atún (dos rodajas de pan y, en el medio, ¡el pescado entero!) en un crucero e ir a ofrecérselo al capitán a las tres de la mañana, de despertar a sus padres tocando rock en medio de la noche. Al público le encantaba. Todo era color de rosas. Y encima se enamoró.

La relación con Drew Barrymore empezó cuando ella, en su rol de productora, lo llamó para sumarse al elenco de Los Ángeles de Charlie. El comediante más zarpado del momento y la actriz que intentaba dejar atrás los tumultos del pasado: festín para los fotógrafos y el periodismo de espectáculos, el mismo que replicó, primero, los pormenores del romance y, después, la noticia de que Green, como menos de treinta años, tenía cáncer testicular. Lejos de refugiarse en la intimidad, y ahora sí utilizando el humor como medicina digestiva, hizo de sus huevos un tema público y hasta cerró su paso por MTV con un especial sobre su tratamiento de cáncer para el que compuso una canción titulada “Sientan sus pelotas”: “Hey, chicos, sientan sus pelotas así no les agarra cáncer; siéntalas, apriétenlas, agítenlas, jueguen con ellas, así nos les agarra cáncer”, cantaba.
Hoy escuchamos todo el tiempo a los comediantes escupiendo sus miserias desde un escenario, incluyendo chistes sobre cánceres propios o ajenos, pero acá estamos en mayo de 2000 y todavía faltaban años para que la autorreferencia se convirtiera en norma. Green fue, entonces, un precursor del pos humor, el encargado de asfaltarles la ruta a tipos como Amy Poehler, Louis C.K., Hannah Gadsby, Ricky Gervais y tanto otros.
Los grandes estudios de cine le proponían roles en comedias, pero ninguna estaba ni cerca de sintonizar con su frecuencia. “Entonces pensé: ¿por qué no mandamos nuestro guion y les decimos “esta es la película que queremos hacer"? .Estábamos en una posición privilegiada”, recordó en una entrevista al portal Vice. Green protagonizó, escribió y dirigió Freddy Got Fingered (2001), una muestra fiel de su humor negro y chabacano volcado a la incomodidad antes que a la gracia, al desajuste y no al remate. Y a la provocación, con las escenas de la masturbación a un caballo y del revoleo de un bebé recién nacido –con ingesta de cordón umbilical incluida– como las más recordadas.

Igual que con nueve de cada diez comedias que rompen los esquemas tradicionales, la crítica despachurró a Green tratándolo de pueril, ofensivo y asqueroso. “La gente habló muy mal, lo que todavía me sorprende: me hubiera gustado que al menos concedieran el reconocimiento de que había hecho una película diferente”, recordó Green en esa nota. En el documental ensaya una suerte de “mea culpa” dudando sobre si primera película como director, filmada en la cima de su carrera y con el público rendido a sus pies a raíz de la curación de su cáncer, debía ir tan a fondo o si hubiera sido mejor suavizar los flejes entregándose a un producto más familiar que no espantara a nadie. Sin embargo, la misión que confesó Green a Vice estuvo cumplida: “Al final ha tenido más éxito de lo que esperaba porque enojó a mucha más gente de lo que creía. Me encantaba ir a las proyecciones y ver cómo las señoras mayores se levantaban de sus butacas y se iban con la escena del bebé”.




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