Cuenta final: Un robo personal 

Corría el año 2001, todavía existían las columnas de “presupuesto medio” en las hojas de calculo que hacían los estudios, así aparecían en cartelera propuestas como Cuenta final (The Score, 2001). Como sucede habitualmente en la industria de Hollywood muchos guiones quedan cajoneados hasta que se convierten en películas, de tal manera es que en el proceso se producen cambios; desde una pulida de fisuras no detectadas en las primeras lecturas hasta cambios verdaderamente sustanciales, los cuales pueden afectar el tono y hasta cambiar de género. La primera versión de Cuenta final fue de Kario Salem, cuyos antecedentes no eran de los prometedores porque en su faceta de guionista tenía pocos créditos y el más destacado de ellos era Don King: Only in América (1997)un telefilm sobre la vida del famoso y extravagante promotor de boxeo. Finalmente, Lem Dobbs se hizo cargo del final draft, un hombre que venía de escribir cosas como Vengar la sangre (The Limey, 1999), esa joya de Steven Soderbergh (¿su mejor película quizá?) y en ese mismo también Ciudad en tinieblas (Dark City, 1999) de Alex Proyas. Cierto es que la carrera de Dobbs tampoco despegó demasiado después de Cuenta final, se comenta que su ausencia en los créditos de muchas películas es porque su especialidad es la de script doctor, alguien que se dedica a detectar problemas en los guiones y/o también proponer ideas nuevas, pero siempre sobre lo ya escrito.

Una vez acomodado el guión, lo que los productores buscaron fue contratar a una estrella madura para el papel de Nick, la primera opción fue Robert de Niro, a quien le apetecía interpretar a otro tipo de delincuente sofisticado, diferente al Neil McCauley de Fuego contra fuego (Heat, 1995), mucho más alejado de un nivel terrenal y de la tragedia a la que sucumbe tras encontrar un amor genuino porque es demasiado tarde. Para la contrafigura el nombre que surgió fue el de Edward Norton, por aquel entonces el actor tenía un contrato con el estudio Paramount por dos películas después del éxito de La verdad desnuda (Primal Fear, 1996), de la cual logró un reconocimiento como promesa, sin que tardara demasiado en lloverle ofertas de trabajo. El estudio fue tolerante en esperar a que Norton eligiera los proyectos para cumplir su parte del contrato, el detonante se dio cuando en 1998 aceptó el papel principal de El club de la pelea (Fight Club, 1999), una película consagratoria que lo habilitó a recibir propuestas más direccionadas a los objetivos personales de intercalar prestigio y presencia en la industria, trabajar con directores célebres y afrontar desafíos. Comenzado el nuevo siglo Paramount amenazó con demandarlo si no cumplía con las dos películas restantes en su acuerdo, Norton vio con buenos ojos el papel de Jack/Brian porque le ofrecía la chance de trabajar con dos de sus héroes. Además de De Niro, el que había puesto el gancho para hacer de Max (el mercader de arte turbio) era nada menos que Marlon Brando. Norton confesó tiempo de pues que su aceptó estar en la película porque su nombre aparecería al lado del de esas dos leyendas.

El director fue la gran apuesta ya que se llamo a Frank Oz, un hombre ligado a las comedias, cuya película inmediatamente anterior había sido Bowfinger: El director chiflado (Bowfinger, 1999), una obra maestra de la sátira acerca de la industria del cine. Apenas un par de años después Oz afrontó su mayor desafío al aceptar dirigir “una de robos” clásica, con las fronteras bien marcadas del género y una necesidad de incorporarle, a un guión sin barnizar, los matices propios de un director al detectar el tono, más allá del argumento con las situaciones y acontecimientos narrativos. La premisa es muy sencilla, parte de un escenario conocido: un ladrón experimentado materializa la idea de retirarse después de un robo a una caja fuerte que casi sale mal, al mismo tiempo aparece una posibilidad única que le permitiría dejar la “profesión” para siempre y con una espalda económica capaz de sostener su fachada, pero que es su verdadera pasión: ser el dueño de un club de jazz. La desventaja de este posible trabajo final es que tendría lugar en Montreal, donde él reside, lo que sería violar una regla fundamental: “no robar en la ciudad donde vivís”. La duda se profundiza cuando su pareja, una azafata con la que planea llevar su relación sentimental a otro nivel, quiere que Nick cumpla ese deseo manifiesto de dejar los robos para dedicarse únicamente a la vida como dueño de un club a tiempo completo. El premio del asunto inclina la balanza hacia el riesgo, algo que experimentó al principio de la historia, esta variable se potencia cuando aparece en escena Jack (Norton) que trae la propuesta de hacer el robo en la aduana de la ciudad, donde se aloja un cetro muy preciado de carácter invaluable.

La relación comienza de la peor manera cuando Jack aborda repentinamente a Nick con uno de sus personajes: Brian, una caracterización de un joven con un pequeño retraso que le permite tener el trabajo en la aduana, es de ahí que él recoge planos, datos e información variada para armar el plan. El que conecta a ambos es Max, un amigo de antaño de Nick con muchas conexiones para ubicar los botines robados. Mientras la relación con Jack se estabiliza con el objetivo de hacer el trabajo, la amistad con Max se enfría al notar una serie de actitudes y acciones levemente deslizadas hacia lo extraño, fuera de lo habitual en comparación a otros robos. Nick toma las riendas del plan sin notar un crecimiento en la frustración de Jack al cuestionarle muchas de las decisiones, algunas que bordean la improvisación ante momentos inesperados, el caso de la escena en el parque donde se reúnen con un hacker para obtener unos códigos de seguridad. Este fuego que se aviva llega a un punto cúlmine cuando el robo alcanza la última instancia, Jack traiciona a Nick y se lleva -aparentemente- el cetro tan preciado.

Cuenta final es una película destacada por el tono desplegado y esto es gran parte gracias a la banda de sonido compuesta por el maestro Howard Shore, un músico autor de la música de El silencio de los inocentes (The Silence of the Lambs, 1991) y de gran parte de la filmografía de David Cronenberg, entre muchas otras piezas para películas. Que el protagonista tenga una vida como dueño de un club de jazz tiene un peso narrativo sustancial en sus movimientos, decisiones y, principalmente, en la progresión, todo como si tratara de un ritmo jazzero. El leitmotiv de Shore se impone en los momentos de quiebre, en los fragmentos de incertidumbre, por ejemplo, en la escena que Nick debe encontrar una salida alternativa cuando fue a reconocer el lugar, la banda de sonido presenta unas piezas más cercanas a la improvisación. En la música Oz halla el tono, deliberadamente es una decisión del realizador porque le manifestó al músico la intención de vincular las dos vidas del protagonista en un acompañamiento musical incisivo, que oficia de puente entre la profesión de ladrón y la vida a la luz del día. Casi un cuarto de siglo después esta película de robos se mantiene impoluta como un disco de Blue Note; calidad eterna atemporal.

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