Cornelia frente al espejo: La escritura de Silvina Ocampo como huella en el cine argentino Spoilers

Cornelia frente al espejo fue el último libro de cuentos publicado por Silvina Ocampo (1903-1993), un libro de la vejez, de cuño testimonial. También fue un libro que usaba la primera persona como filtro de un mundo interior plagado de otras voces, de recuerdos y fabulaciones, condensados en un tiempo de despedida y evocación. El estilo de la literatura de Silvina Ocampo fue algo secreto durante su vida y descubierto después de su muerte casi como un hallazgo, como la certeza de que era una de las grandes escritoras de la literatura argentina, con un universo muy difícil de imitar y sin ningún arraigo visible.

Silvina Ocampo.

Desde sus primeros libros de cuentos como Viaje olvidado (1937) o Autobiografía de Irene (1948), la introspección de sus personajes, los límites de sus mundos interiores en tensión con el fantástico, y ese aspecto surrealista de sus argumentos se fue combinando con una poética cada vez más deudora del verso, de las rimas y del humor absurdo, ardua para cualquier trasposición al terreno cinematográfico. En el cuento Cornelia frente al espejo (1988) una mujer joven regresa a la casa de su infancia para suicidarse, lleva consigo el veneno y los recuerdos. Desde su llegada al lugar, el espacio y el tiempo se distorsionan, uno a uno la visitan los fantasmas de su pasado, algunos traídos desde la evocación, otros modelados sobre el sueño y la fabulación. Primero una mujer salida del espejo, confesora de algunos secretos de Cornelia y voz de algunos de sus deseos, luego una niña que habla de Esmeralda y habilita confusiones, que busca una muñeca de piedra alojada en la casa; y, por último, dos hombres: un ladrón enmascarado y obsesionado con la llave de un cofre, y un hombre misterioso, un amante que dice haberla besado y le pide que le cuente su historia.

Cornelia frente al espejo (2012), la película de Daniel Rosenfeld, escrita junto a su pareja, la actriz Eugenia Capizzano -también intérprete de Cornelia-, toma al pie de la letra los diálogos internos de Cornelia y sus fantasmas como matriz narrativa, alimentada por el espacio de la casona, personaje clave de la historia, y por una poética tan fantasmal como la escritura de Ocampo. Llevar a los intercambios verbales entre actores esos párrafos escritos en clave poética era todo un desafío, porque el extrañamiento que producen en el espectador puede ser insalvable para la imagen fílmica. Pero la película tiene mucho de experimento y homenaje, no solo al mundo de Ocampo concentrado en el cuento Cornelia frente al espejo, sino a una forma de hacer cine ya entrada en desuso, heredera de la poesía y la literatura, suspendida en tiempos muertos y contemplaciones.

Cornelia frente al espejo (2012).

"Las fotografías son espejos de los que fuimos, pero no de lo que somos o seremos" dice Cornelia en el cuento, y Rosenfled elige las fotografías como puesta en movimiento de los recuerdos en una de las secuencias más logradas de la película, acompañada por la extraordinaria música de Jorge Arriagada (compositor de melodías para Raoul Ruiz, Olivier Assayas y Barbet Schroeder) que establece el ánimo de la historia, pendiente entre el sueño y la melancolía. Las fotos también funcionan como un guiño a la vida de la propia Ocampo, que nunca se dejaba fotografiar y que dejó apenas fotos dispersas de su vida, como las piezas esquivas de un rompecabezas.

Eugenia Capizzano encontró a Silvina Ocampo hace algunos años, cuando viajaba en tren para ir a visitar a una tía muy querida, que estaba enferma en un geriátrico. Un amigo le había prestado Autobiografía de Irene porque había algo en ese personaje, en su sensibilidad, en sus premoniciones, en su físico, que le hacía acordar a Eugenia. “Recuerdo el deleite de descubrir a Silvina Ocampo, pero por algún motivo no terminé el libro. Lo cerré y ahí quedó. No termino de entender qué fue lo que pasó ahí; no me explico algo que me pareció tan atractivo, pero no lo quise más. Quizá porque pasaba un momento difícil y algo en el libro me perturbaba. No sé si es por eso o si me asusté. Pero debo haberle contado a Daniel lo que pasé porque él compró los Cuentos Completos y los trajo a la biblioteca.”

Silvina Ocampo.

Para muchos Cornelia frente al espejo es la obra maestra de Ocampo, como señala Mariana Enriquez en su biografía sobre la escritora, La hermana menor. Y para Rosenfeld, autor de documentales como La quimera de los héroes, la extraña Al centro de la tierra y la posterior Piazzola, los años del tiburón, la oportunidad de internarse en una ficción extravagante, creada para la pantalla a partir del trabajo conjunto con Capizzano, de la investigación de la vida de la autora, de la fidelidad a su espíritu.

“Una adaptación de un texto al cine implica llevar a cabo una cantidad de pasos, de fórmulas, de eslabones para que sea convertido en acción visual dramática y reducir la palabra para convertirla en imagen. Pero con este cuento la esencia de la maravilla del texto reside en cómo está escrito. Queríamos preservar eso y la única forma de hacerlo era lanzarse a la aventura de encontrar entre líneas las imágenes, escenas y lugares que estaban viviendo en ese material: el cuento es un largo diálogo”. Fue complejo, dice, mantener el texto tal cual había sido escrito por Silvina Ocampo: “Los actores prefieren improvisar, quieren poner sus palabras, y acá tenían que encontrar la voz en el mundo de Silvina, personajes que no hablan como todos los días. Pero también era un interés de los actores, como Rafael Spregelburd, que tiene mucha relación con el lenguaje y le gustaba el desafío de revalorizar la palabra en el cine”.

La historia del cuento tiene algo de Las mil y una noches combinado con Alicia en el país de las maravillas. Historias que nacen de una palabra, de una señal como esas que Silvina Ocampo recoge todo el tiempo en su literatura. Por ello la digresión fue una clave para la estructura narrativa, que escapa a la linealidad, a la coherencia lógica, que abandona personajes para recibir otros al mismo tiempo que el cuento encadenaba las voces, movido por las asociaciones de los recuerdos y las evocaciones. Conseguir eso en el cine es mucho más difícil que en la literatura, porque la sensación de mundo imaginado tiene que quedar clara en la puesta en escena y tiene que habilitar al espectador a suspender sus demandas de realismo.

Cornelia frente al espejo (2012).

La fotografía, a cargo de Matías Mesa, operador de steadycam que trabajó con Fabián Bielinsky en Nueve reinas y El aura, con Gus van Sant, con Alejandro González Iñárritu, fue clave para trabajar la atmósfera del lugar, espacio en el que se concentran los temas recurrentes de Silvina Ocampo: la reflexividad, la niñez y la metamorfosis. El uso de espejos y reflejos múltiples, de espacios inversos en el encuadre, de puntos de fuga, sirve a la película para dar cuenta de las tensiones entre la identidad y lo otro, figura clave de varios cuentos de la autora. Lo mismo sucede con la aparición de la niña, cuyo discurso (los dos sentidos de Esmeralda, la calle y la piedra preciosa; la ambigüedad del nombre, La Divina o La Adivina) es complejo, desconcertante para Cornelia, y cuya aparición simboliza una niñez perturbadora (luego eso se completa con el enamoramiento a los 11 años y la fantasía de la violación). Y, por último, la metamorfosis, que adquiere expresión en la escena del bigote, que Cornelia se coloca como signo visible de esa transformación que ha ocurrido con frecuencia en los relatos de Silvina Ocampo (son recurrentes en su literatura, además de los cambios de sexo y alteraciones psicológicas, las hibridaciones con animales u objetos).

Pero hay otro protagonista más de esta historia, y es la casa donde se filmó Cornelia frente al espejo. Es una magnífica mansión en las afueras de Brandsen, bastante parecida a Villa Ocampo –la casa familiar de San Isidro que heredó e hizo su hogar Victoria– pero en absoluto bien conservada. Y es una casa que le perteneció a Felicitas Guerrero. El dato no es menor: Felicitas fue asesinada por un tío de Victoria y Silvina, un hombre que reaccionó brutalmente al desamor de la rica viuda hacendada. “Íbamos a hacer un documental sobre esa casa –cuenta Rosenfeld–. Después lo dejamos de lado, pero era metafórico que en esa casa hubiera sido prohibida la presencia de un Ocampo, de cualquier Ocampo.” La casa es trabajada como en el cine de terror, como una mansión encantada, plagada de secretos, con muebles antiguos y cortinados, con estatuas y cuadros que condensan la historia familiar. Ese uso combina la historia de las Ocampo en relación a las casas que pasaron por su vida, y el hecho de que Cornelia regresa al lugar que fue clave en su infancia, donde los sombreros recuerdan la labor de la tía y la prohibición de la actuación, las escaleras el ascenso al mundo donde se arrinconan los secretos (recordar el altillo de El retrato de Dorian Gray), y la salida al bosque el encuentro con la luz de la verdad.

Mariana Enriquez cuenta que los amigos de Silvina y los silvinólogos disfrutaron Cornelia frente al espejo. “Noemí Ulla nos dijo que a Silvina le habría encantado. También Ernesto Montequin. María Kodama la vio y dijo que Borges nunca había sido bien adaptado, pero Silvina sí, porque le parecía una adaptación magnífica, estaba encantadísima. A Cozarinsky también le encantó la película.” Es raro, admite Eugenia, pero a través de los amigos y los lectores, ella está buscando una especie de aprobación de Silvina, una mujer que la tiene seducida, que la enamoró.

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