El título de la nota es imposible. No existe el cine perfecto. Pero, ¿cómo adentrarse en la obra de alguien tan polémico, discutido y a veces genial?
Armemos un recorrido desde el capricho de la memoria. Seguramente, desde la sola mención de algún título de Stanley Kubrick (1928-1999), quien esté leyendo sabrá rememorar alguna situación favorita o pesadillesca. Acá van las mías.

Personalmente, y aunque a estas alturas ya sea un lugar común, eligo evocar la elipsis gigantesca que 2001: Odisea del espacio (2001: A Space Odyssey, 1968) ofrece como nexo entre la prehistoria y el futuro. Dos hipótesis temporales. Vinculadas desde la fusión del hueso que baila en el aire y la estación espacial. Salto narrativo que elude, porque la contiene, la referencia al “tiempo presente”. De modo admirable. Kubrick nos sacude y prestigia, en el cine, el género cultivado en la literatura por Isaac Asimov, Ray Bradbury y Arthur Clarke (aquí guionista). Páginas y páginas destinadas a tratar de entender y clasificar un film de desarrollo y desenlace cíclico y complejo. La perplejidad que sentí cuando vi 2001 por primera vez (en el cable, por la Televisión Chilena, era de noche), me invadió y subsiste intacta.
Está claro que hay imágenes que a uno lo acompañan para siempre. Pero las de Kubrick parecen más ligadas a ciertas páginas enciclopédicas que a las afectivas. Jack Torrance (Jack Nicholson) demoliendo con un hacha la puerta de hotel en El resplandor (The Shining, 1980), mientras Shelley Duvall grita aterrada, es una situación-referente para la historia del cine. Así como conocida por todos, también odiada por muchos. Stephen King, autor del libro origen, es uno de ellos. Kubrick, vemos, no admite puntos medios. (Por las dudas, toda esa cuestión de la “copia” en dicha escena a la película La carreta fantasma -1921- de Victor Sjöström, no es tal; si así fuera, estaríamos hablando de directores iguales o parecidos o no sé bien qué, o sea, disparates).
Pero King no tiene razón. Porque la película es de Kubrick. Cada una de las imágenes, obsesivas hasta el hartazgo (de todos, menos el suyo), no hacen más que ratificar la autoría del realizador. Es cierto que era un preciosista, un obsesivo, un meticuloso insoportable. ¿A quién más se le podía ocurrir filmar una película como Barry Lyndon (1975) sólo con luz de vela? El desafío no solo es superado, sino que Barry Lyndon es dueña de una belleza terrible, en la que anida un malestar violento, que la parsimonia del siglo XVIII disfraza de elegancia decadente y aristócrata. Y con una música que baila al paso de los personajes.

Música que en La naranja mecánica (A Clockwork Orange, 1971) es contrapunto, relevo insospechado. Beethoven acompaña la serenidad de Alex (Malcolm McDowell). Patadas, violaciones, muertes. Pandilla futurista (¿futurista?) que dedica su tiempo a la violencia. Sociedad regida totalitariamente, familiarmente, estatalmente, policíacamente. No pudo ser vista durante la última dictadura militar argentina. Mi sospecha es cómo será vista hoy día, a partir de la violencia inoculada por los informativos televisivos y gracias al desprecio que se practica hacia el otrx y que circula por internet y las redes. Valga para el caso la situación célebre, ineludible, con la que se pretende restablecer la cordura de Alex, a través de imágenes que su cerebro almacena mientras los médicos le impiden parpadear. Otra imagen para la historia del cine.

Pero vamos a lo más -mentirosamente- pequeño. Sus primeros films, desde el marco del policial negro, prefiguran ya al Kubrick megalómano. La ciudad vacía de Killer’s Kiss (1955), film de muy poco presupuesto, habla de rodajes en horarios inhóspitos. Planos enormes de una ciudad fantasma. (Mismo rasgo que, con presupuesto mejor, Michael Mann llevara adelante en Collateral, 2004). En Casta de malditos (The Killing, 1956), Kubrick reelabora la novela de Lionel White y pergeña un film ya clásico, canto de cisne para un género que abandonaba su blanco y negro característico. Precisión horaria para el operativo criminal. Justeza narrativa para un montaje adecuado a la progresión temporal del argumento. Gran película.

Tan buena como la obra maestra que es La patrulla infernal (Paths of Glory, 1957). Film, valga la contradicción, anti-bélico, horrible, bellísimo. ¡Dignidad, principios y honra para el Coronel Dax! El nexo con su actor, Kirk Douglas, le permitirá filmar a Kubrick, en 1960, Espartaco (Spartacus), y reemplazar por pedido del irascible actor al realizador Anthony Mann. Coreografía de batallas. Planos amplios en los que masas de hombres se mueven al unísono.
La guerra, a Kubrick, le permitirá todavía dos experiencias más. Inclasificables. Una de ellas es esa monumental comedia negrísima -Dr. Insólito (Dr. Strangelove, 1964)-, en la que Peter Sellers se desdobla como esquizofrénico, mientras compone al científico nazi cooptado por EE.UU. y al mismísimo presidente norteamericano. Plena guerra fría. Más una bomba que cae en Rusia al galope de un cowboy. Otra imagen para la cinefilia de siempre. El otro film es Nacido para matar (Full Metal Jacket, 1987). El frío aparece inserto en la gelidez con la que los cuerpos son educados para el ejercicio de la violencia. Es una película que practica una especie de ejercicio de escalpelo dentro de la cabeza de quienes miran. Hay que mirar ciertas imágenes -así como le sucede a Alex en La naranja mecánica-, para analizar, pensar y reflexionar. Kubrick no es cualquier cine.

La sociedad con el actor Peter Sellers fue también de beneficio para el rodaje de Lolita (1962), en donde el actor genial interpreta a Clare Quilty, ángel vigía y moralista de un desencajado James Mason, profesor enamorado y lujurioso por su hijastra. El escándalo supuesto por el film de alguna manera perdura todavía. Cuando esta película se emitía por el cable, en señales como TCM, se omitían, censura mediante, varias escenas.
Nos queda, finalmente, Ojos bien cerrados (1999, Eyes Wide Shut). Con una Nicole Kidman magnífica. Con el desconcierto del mismo Tom Cruise. Se supo que no tenían muy claro qué quería Kubrick de ellos. La parejita maniquí, eso quiso (parece decir la película). Plástico maquillado que, sobre el desenlace, se descascara y desenmascara. Así con el burdel selecto que es un juego de mascaradas. Inquisición y libido sexual reprimida. Laberinto humano y moral. Lleno de tantos caminos cerrados como los que también contenían los pasillos del Overlook, el hotel de El resplandor.
En aquel film, el ascensor abría sus puertas para que la sangre inundara la pantalla. Otra imagen grande. Y perfecta.
Nadie nos bañó con una sangre mejor.
Leandro Arteaga



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