sueños de cine
Nunca pensé que quedarse dormido en el cine podía ser peligroso. Al contrario: siempre me pareció una de las mejores formas de descansar. Oscuridad total, aire acondicionado, sonido envolvente, y el murmullo hipnótico de una historia que no exige nada de vos. Me metí a la última función de un jueves. No recuerdo el nombre de la película. Algo de acción, creo. Explosiones en el póster y un actor con cara de haber hecho esto mil veces.
La sala estaba casi vacía. Me tiré en la butaca como si fuera mi sillón de siempre y, cuando apagaron las luces, el cuerpo hizo lo suyo. No luché contra el sueño. Solo me dejé llevar.
Y cuando abrí los ojos… estaba corriendo.
Literalmente corriendo. Mis piernas iban solas, como si supieran algo que yo no. Un helicóptero volaba bajo sobre mi cabeza. Había gritos, disparos, edificios que explotaban como si fuera lunes en una ciudad de acción perpetua. Me miré las manos: tenía guantes tácticos, una herida sangrante en el brazo derecho, y una pistola. Una maldita pistola.
—¡Dale, agente Rodríguez! —me gritó alguien con voz de doblaje español neutro—. ¡El presidente aún está dentro!
No supe qué responder. ¿Quién es Rodríguez? ¿Quién es el presidente? ¿Qué hago yo con una pistola en la mano?
Pero la historia no me dio tiempo a pensar. De pronto, todo era ritmo. Cada vez que intentaba parar para preguntar qué estaba pasando, una nueva escena me empujaba hacia adelante: una persecución en moto, una caída en cámara lenta desde un rascacielos, una pelea cuerpo a cuerpo en un pasillo iluminado solo por luces intermitentes. Nadie notaba que yo estaba improvisando. Nadie se daba cuenta de que yo no tenía idea de qué estaba haciendo. Porque, al parecer, era el protagonista.
Y ser el protagonista, créanme, es agotador.
Hubo un corte. Un fundido a negro. Pensé que tal vez ahí se acababa todo, pero no. Solo era el comienzo de una nueva historia.
Abrí los ojos en una cocina. Una de esas de película indie, con vajilla color pastel y música suave de fondo. Una mujer me miraba con ternura desde el otro lado de la mesa.
—¿Te acordás de nuestro primer desayuno acá? —me preguntó, sonriendo como si compartiéramos un pasado que solo ella conocía—. Hiciste panqueques con forma de animales.
Me miré las manos. No había sangre ni pistolas. Tenía un delantal que decía “Chef del amor” y una espátula.
La historia era otra.
De repente, era un drama romántico con toques de comedia. La cámara parecía flotar en el aire. Todos hablaban con frases perfectamente editadas para emocionar. Cada mirada tenía música. Cada silencio decía más que mil palabras. Yo solo sonreía, balbuceaba, improvisaba. Había dejado de resistirme.
Pasé por al menos cinco películas distintas. En una fui astronauta, en otra detective alcohólico en los años ‘70. En una, era un pez parlante (no preguntes). La lógica del cine no perdona: apenas entendés de qué va, ya estás en otra.
Lo más extraño fue empezar a olvidar. Primero, mi nombre real. Después, el rostro de mi madre. Luego, el sabor del café que tomaba siempre en el bar de la esquina. La vida afuera del cine se volvió borrosa, como una escena eliminada. Solo existía la narrativa del momento, la escena que venía.
Empecé a preguntarme si alguna vez iba a despertar. Si quizás este era mi destino: saltar de género en género como un actor sin contrato. ¿Y si me moría dentro de una película? ¿Moriría también en el mundo real? ¿Cuál era ya el mundo real?
Hasta que un día, en medio de una escena particularmente mala —una comedia de zombis adolescentes—, alguien me miró directo a los ojos. Era un extra. Un tipo del fondo. Tenía una remera con el logo del cine al que había entrado. Se me acercó entre los gruñidos de los zombis y me susurró:
—Si querés salir, tenés que encontrar el botón de pausa.
—¿El qué?
—Shhh —me dijo, llevándose el dedo a los labios, y se desvaneció como si nunca hubiera estado.
Esa noche no dormí. Busqué el botón de pausa en todas partes: en relojes, en controles, en mi propio pecho. Nada. Hasta que un día, en una escena sin tensión ni trama, lo vi: en una esquina del cielo, como parte de una nube pixelada, había un pequeño símbolo: ❚❚
Salté. Literalmente. Me lancé al aire como un personaje de animé y toqué el símbolo.
Todo se congeló. Los actores dejaron de hablar. La música se apagó. Me vi a mí mismo en tercera persona por primera vez. No era yo. Era una versión de mí moldeada por mil géneros distintos. Me senté en el suelo, rodeado de escenografía de cartón, y por primera vez en lo que parecían años, cerré los ojos sin miedo.
Cuando desperté, estaba en mi butaca del cine. Los créditos pasaban lentos. La sala vacía. El pochoclo frío. Afuera ya era de día. Me levanté, caminé hacia la salida, y justo antes de empujar la puerta… vi una nube en el cielo, con forma de ❚❚
Y por primera vez, no supe si quería volver a entrar.
Autor. kike Vergara


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