Felices hasta el final (un epílogo de Wall-E) Spoilers

Pocos meses pasaron desde que la humanidad había regresado a la Tierra, y el entusiasmo y la alegría se contagiaban entre todos. Los niños corrían por los montes y se tumbaban por las laderas de las pequeñas colinas. Los adultos, bueno, todavía no tenían el físico necesario para desenvolverse como los pequeños, pero poco a poco abandonaban sus sillas voladoras y realizaban pequeños paseos conducidos por el mejor guía turístico que podían tener: Wall-e.

El pequeño robot desbordaba de felicidad, por primera vez después de tanto tiempo podía compartir su vida con otras personas. Ya no era simplemente un solitario recolector de basura, era un individuo que formaba parte de una sociedad y se relacionaba con sus pares, además de tener un rol fundamental como aquel que instruía a los nuevos habitantes terrestres en las cuestiones básicas del planeta (cuando lograban entenderlo).

En sus ratos libres, Wall-e disfrutaba mucho de la compañía de Eva, esa bella y moderna robot que se había robado su corazón. La llevaba a recorrer los distintos lugares de la ciudad emergente a la vez que le mostraba, mediante el proyector que tenía incorporado, imágenes de cómo eran antes esos espacios. Eva se reía con las torpezas que hacía Wall-e, las cuales eran frecuentes, pero también se conmovía con el trato que tenía hacia las pequeñas criaturas que lo rodeaban, como su amiga cucaracha y el pequeño hámster que alguien había traído de la nave, con quien jugaban a las carreras.

A lo largo de los últimos meses habían sido reactivados varios robots que, al igual que Eva, habían sido programados para explorar la Tierra y buscar indicios de vida. Como esto último ya había sido comprobado, el equipo de científicos buscaba una nueva misión para asignarles y poder aprovechar su potencial. Mientras tanto, los droides se dedicaban a volar y juguetear entre las nubes junto con Eva. Wall-e solía sentarse en un pequeño monte a observarlos, con el atardecer de fondo, hasta quedarse dormido.

El ex-capitán McCrea, ahora intendente de la ciudad, llevaba un excelente desempeño coordinando las nuevas tareas de la tripulación, mejor dicho ciudadanos, asignando roles y quehaceres. Su figura denotaba que había perdido varios kilos desde su llegada al planeta, aunque todavía le gustaba usar la silla voladora en su casa para ir desde la cama hasta la heladera. Estaba eternamente agradecido con la pareja de robots que había hecho posible este avance en la humanidad, y había entablado tal amistad con ellos que los visitaba a menudo.
Una tarde fue a ver a Wall-e a su taller para regalarle una colección de VHS que había encontrado en un rincón de su casa. Al entrar, encontró al robot mirando fijo la pared, encendido. No se percató de que le habían llegado visitas, ni siquiera cuando McCrea se le paró al lado y comenzó a llamarlo por su nombre. No fue sino hasta que le dio un par de golpecitos en la cabeza que se reinició su sistema y empezó a moverse. Emitió un par de pitidos de felicidad al ver al intendente y extendió sus brazos para recibir la caja con las cintas, pero no podía mover sus dedos, los tenía entumecidos.

McCrea acomodó la caja por Wall-E, se sentó junto a él a ver la película “El bueno el malo y el feo” y luego se marchó preocupado. Al otro día se presentó nuevamente en el taller con uno de los mecánicos de la nave, para que revisara si todo estaba funcionando bien en Wall-e.

- Mire, señor, es un modelo de robot anticuado, me resulta difícil determinar en qué fecha se creó. Le está pasando algo similar a lo que les sucedía a los celulares de hace unas generaciones: se vuelven obsoletos- fue el diagnóstico del mecánico.

- Pero ¿por qué comenzó a averiarse ahora? Por lo que entiendo estuvo las últimas décadas realizando su trabajo a la perfección sobreviviendo solo en medio de la nada misma. ¿Qué es lo que le sucede ahora? - se lamentaba el intendente

- No puedo determinarlo con seguridad - dijo el mecánico mientras se rascaba la cabeza y miraba el cuerpo rígido de Wall-e sobre la mesa - pero pienso, y es solo una teoría mía, que Wall-e tenía una tarea específica: recolectar basura, generar esos cubos, limpiar los desagües. Hace ya varios meses que la cantidad de desechos ha disminuido notoriamente, y si bien Wall-e siguió desarrollándose como "guía turístico", como él se hace llamar, no es la función original para la cual fue concebido. Pude ver con el scanner que su sistema para compactar la basura está averiado, por el desuso, y está comenzando a afectar el resto de sus sistemas.

McCrea no pudo pensar en otra cosa por los siguientes días y aumentó la frecuencia de sus visitas.

Aquella vez, no lo encontró en el taller así que se dirigió a la colina donde solía jugar. Y allí lo vio en vivo y en directo. Wall-E se deslizaba a toda velocidad por la pendiente, corriendo contra su amigo hámster, cuando las ruedas de oruga se le atacaron y frenaron en seco. Wall-E perdió la estabilidad, dio un salto y comenzó a rebotar con todas las partes de su cuerpo a lo largo de los metros que se hacían interminables hasta llegar a la base.

McCrea intentó correr para socorrerlo pero no era el único que vio el accidente. Eva se encontraba volando por allí en ese momento y se percató de lo sucedido por el ruido de Wall-E contra el suelo. Rápidamente se lanzó en picada y cargó a Wall-E en sus brazos.

Al cabo de un rato el intendente llegó al taller y encontró a Wall-E sobre la mesa mientras Eva revolvía unos estantes en busca de partes. Uno de sus ojos estaba destruido y le colgaba, mientras que en su costado derecho le faltaba el brazo que no se veía por ninguna parte. Eva se dispuso determinante a repararlo, pero Wall-E se retorcía y no permitía que ella operara. McCrea creía entender el comportamiento de su amigo.

- Eva, deberías tener cuidado con eso. No podemos olvidar lo que sucedió cuando reparamos a Wall-E la primera vez que aterrizamos aquí.

Wall-E había quedado muy herido al detener el dispositivo de la nave, y al intercambiar sus partes fue como si su personalidad se hubiera ido. Se había convertido en un nuevo robot.

- Tuvimos suerte entonces, pero nada nos garantiza que no perderemos a Wall-E, sus recuerdos, sus vivencias.

Wall-E rechinó un poco más y se proyectó un recuerdo junto a Eva navegando por los ríos artificiales de la ciudad. Luego se apagó.

McCrea y Eva lo limpiaron un poco y le quitaron los cables que le sobresalían. Luego lo dejaron descansar y salieron del taller. Decidieron que no se arriesgarían a realizar la reparación a costo de perder su alma.

En los días que siguieron Eva no se despegó de Wall-E. Daban paseos muy lentos y cada vez más cortos, pero siempre terminaban viendo el atardecer. Eva ya no volaba, solo se limitaba a flotar junto a su compañero.

El intendente no paraba de pensar en la pareja de robots y de consultar con sus colegas. Notaba que a Eva le había decaído su semblante, como un ser humano que se duele por un familiar, pero aquello no era solo sentimental. Los científicos le explicaron a McCrea que el mecanismo de energía de Eva consistía en un sistema de retroalimentación. Cuando esa clase de robots volaba y recorría grandes distancias, se autoabastecían a través del viento y generaban su propia energía para funcionar. Al limitarse solo a dar pequeños paseos a una distancia muy cerca de la superficie, no permitía que el aire fluyera con la suficiente fuerza para generar energía de manera eficiente.

- Algo similar a lo que les ocurría a los autos en la antigüedad, de vez en cuando había que hacerlos correr a una buena velocidad para que no se “achanchen” - le explicaban los mecánicos a McCrea, quien se dolía cada vez más con la situación.

Al día siguiente, McCrea fue al taller, cuando el sol recién se había puesto y calculaba que Wall-E ya estaría durmiendo. Encontró a Eva contemplando al pequeño robot que parecía que soñaba, aunque no sabía si eso le era posible. Quiso aprovechar ese momento para explicarle a Eva su situación y tratar de convencerla de que necesitaba volver a volar para restaurar su funcionamiento.

- Después de todo, para eso fuiste creada. Está en tu ADN - dijo el intendente, aunque más que su ADN era su código de configuración.

Eva pestañeaba lentamente, o eso daban a entender las luces de sus ojos, las cuales habían perdido algo de ese azul intenso que las caracterizaba.

No dijo nada, solo apoyó su brazo-ala encima de Wall-E, y McCrea supo lo que sentía la robot en su “corazón”.

Los paseos fueron haciéndose cada vez más cortos. Se les dificultaba subir al techo del taller, así que ya no contemplaban el atardecer. En el último tiempo la única actividad que compartían era mirar las mismas películas una y otra vez.

Esa noche, McCrea llegó al taller como de costumbre, y encontró ambos robots apagados, tomados de la mano. Habían estado viendo lo que al principio pensó que era una de las cintas que le había regalado, pero luego se percató de que se trataba de una proyección de Wall-E en bucle. Allí se veían varios momentos suyos junto a Eva. Se conmovió al ver la escena en la que volaban juntos en el espacio. Luego los contempló un momento. A pesar de que Wall-E no tenía boca, McCrea podía ver en él una sonrisa, y aunque las luces de Eva estuvieran apagadas, podía observar sus ojos achinados, como se le ponían cada vez que miraba a Wall-E.

McCrea también sonrió. Lo había comprendido. Esos dos robots se habían amado y habían sido felices, juntos, hasta el final.

"El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni presumido ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad, sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta." 1 Corintios 13:4-7

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