Ecos de Chernobyl 

La noche había caído sobre Prípiat, la ciudad fantasma que una vez vibró con vida y
alegría. Los ecos de las risas de los niños y los sonidos de las celebraciones se habían
desvanecido, reemplazados ahora por un inquietante silencio interrumpido solo por el suave
susurro del viento que recorría los edificios en ruinas. Era 1986, y aunque el desastre
nuclear había sucedido meses atrás, una oscura presencia aún rondaba en los restos de lo
que alguna vez fue un próspero refugio.
Alexéi, un joven investigador, había decidido aventurarse en esta ciudad olvidada y
contaminada. Su interés por la radiación y su historia lo había llevado a aceptar una misión
arriesgada: estudiar el efecto del desastre en el medio ambiente. Con su equipo, se sentía
invencible, abrumado por la premura de descubrir algo que pudiera ayudar a la humanidad
a prevenir futuros accidentes. Sin embargo, lo que encontró en Prípiat fue mucho más
aterrador de lo que había anticipado.
Mientras exploraban el viejo parque de atracciones, el aire se sentía pesado. "Es solo la
radiación", intentó tranquilizar a su equipo. Sin embargo, la sensación de ser observado era
inquietante. Los árboles, retorcidos y agarrotados, se alzaban como sombras alargadas en
la penumbra, y el viejo carrusel, cubierto de polvo y óxido, parecía una trampa lista para
activarse.
"¿Alguien más siente eso?", preguntó Katya, su asistente. La tensión en su voz hizo que los
otros la miraran con preocupación. "Es solo nuestra imaginación", replicó Alexéi, intentando
mantener la calma. Pero a medida que avanzaban, la sensación se intensificaba, como si la
ciudad misma estuviera advirtiéndoles que se marcharan.
Después de un par de horas, su grupo decidió descansar en una de las escuelas
abandonadas. Los pupitres estaban cubiertos de escombros, pero el aire era frío y fresco,
una rara bendición en medio de la desolación. Se instalaron en el aula, encendieron sus
linternas y comenzaron a discutir sus hallazgos iniciales.
Fue entonces cuando comenzaron a escuchar los murmullos. Eran apenas susurros, pero el
sonido parecía venir de todas partes y de ninguna al mismo tiempo. "¿Alguien más escucha
eso?", preguntó Sergei, otro miembro del equipo, con su rostro pálido. La atmósfera se
tornó tensa. Alexéi miró a su alrededor; todos parecían sentirlo, el miedo comenzaba a
apoderarse de ellos.
"Probablemente solo sea el viento", dijo Alexéi, pero su voz sonaba insegura incluso para él.
Decidieron investigar, armados con linternas y grabadoras. Caminaron por los pasillos
oscuros y desmoronados de la escuela, cada paso resonando en el silencio.
Los murmullos se hicieron más claros, más resonantes, y de repente, un grito desgarrador
atravesó el aire. Provenía de una habitación cercana. Alexéi, dominado por la curiosidad y
el deseo de proteger a su equipo, corrió hacia el sonido. Cuando entró en la sala, encontró
un viejo mapa de la ciudad cubierto de polvo. Sin embargo, lo que más le atrajo la atención
fue la figura difusa y oscura, casi humana, que se desvanecía en la esquina de la
habitación.

"¡Katya! ¡Sergei!", gritó, pero la figura desapareció antes de que pudiera acercarse. El
miedo se apoderó de él. ¿Había realmente algo más en Prípiat? Algo que había sobrevivido
más allá de la radiación?
Regresaron a su sala, temerosos pero decididos a seguir adelante. La noche se alargaba y
el ambiente se volvían más inquieto. Mientras intentaban dormir, Alexéi se quedó despierto,
mirando por la ventana hacia el cielo estrellado. De repente, un fuerte estruendo resonó en
el edificio. Al instante, las luces parpadearon y se apagaron, dejando a todos en la
oscuridad.
Con un escalofrío recorriendo su espalda, Alexéi encendió su linterna y se dirigió hacia el
origen del sonido. Al salir del aula, se dio cuenta de que su equipo no estaba allí. Llamó sus
nombres, su voz resonando por el oscuro pasillo vacío. El eco de su propia voz era lo único
que lograba escuchar.
En su búsqueda, encontró más evidencia de que no estaban solos. Las paredes de la
escuela estaban adornadas con viejas fotografías de la ciudad que había sido. Una en
particular llamó su atención: una familia sonriente en un picnic, rodeada. continuara. . .

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