El Retrato Maldito 

El ático, un purgatorio de objetos olvidados, se extendía ante Carmen como un laberinto de sombras y polvo. La luz de su linterna danzaba entre los trastos, revelando siluetas fantasmales y ecos de un pasado sepultado. Buscaba algo, un recuerdo tangible de su madre, algo que le permitiera llenar el vacío que su ausencia había dejado.

De repente, un brillo tenue capturó su atención. Entre un montón de libros mohosos y muebles desvencijados, yacía un retrato antiguo. Con manos temblorosas, Carmen lo levantó. La imagen era de su madre, pero no era la mujer que recordaba. Sus ojos, antes llenos de calidez y vida, ahora reflejaban un terror primigenio, como si hubieran sido testigos de un abismo insondable.

Un escalofrío recorrió la espalda de Carmen al ver la inscripción en el reverso del retrato: "Si lo liberas, el eco del horror jamás se extinguirá". La advertencia, grabada en letras temblorosas, parecía susurrarle al oído, despertando un miedo ancestral.

La curiosidad, sin embargo, era un veneno dulce que corría por sus venas. Recordó las historias de su abuela, relatos sobre la mansión Blackwood, una construcción sombría en las afueras del pueblo. Se decía que allí, la familia Blackwood había sellado un pacto con entidades oscuras, y que la mansión era un portal a un reino de pesadillas.

Impulsada por una fuerza irresistible, Carmen se dirigió a la mansión. La neblina la envolvía como un sudario, ocultando sus secretos y alimentando su temor. Las ventanas tapiadas y las enredaderas que se aferraban a las paredes le daban un aspecto fantasmal, como si la propia mansión fuera un ser vivo, esperando devorarla.

Al entrar, un silencio sepulcral la recibió, interrumpido solo por el crujido de sus pasos sobre el suelo de madera. El aire estaba cargado de una energía opresiva, como si la mansión contuviera los suspiros y lamentos de sus antiguos habitantes.

En el salón principal, bajo una lámpara cubierta de telarañas, encontró una caja de madera sellada con un candado de hierro. El sello de cera negra, con un símbolo que Carmen reconoció de sus pesadillas, le heló la sangre. Junto a la caja, una carta escrita con la caligrafía temblorosa de su madre: "Abre la caja, pero por el amor de los dioses, no mires el retrato".

La advertencia era un desafío, una tentación irresistible. Con manos temblorosas, Carmen rompió el candado y abrió la caja. Dentro, el retrato de su madre, pero no como lo recordaba. La imagen se movía, se distorsionaba, como si su madre estuviera atrapada en un limbo de pesadilla.

Sin poder resistirse, Carmen tocó el retrato. Un grito desgarrador resonó en la mansión, haciendo temblar los cimientos. Su madre, ya no un recuerdo, sino una sombra atrapada, se materializó frente a ella. "¡Me liberaste, pero ahora tú serás el eco de mi condena!", gritó con voz espectral.

La mansión se sacudió, las paredes se cerraron, y Carmen sintió cómo la oscuridad la envolvía, un frío eterno que la atrapaba en el mismo limbo que a su madre. Los ecos de sus gritos se mezclaron con los de su madre, un lamento eterno que resonaría en la mansión Blackwood por siempre, un recordatorio del precio de la curiosidad y el poder de los secretos oscuros.

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