"Cónclave" - adeste fideles 

Con el estreno de una película de ficción, pocas veces sucede una sincronía entre la temática de la misma y los eventos de coyuntura que inspiran la trama. Son muchos los casos de películas basadas en hechos reales que pierden momentum debido al desfasaje entre la realidad y los avatares de la exhibición, probablemente el eslabón más frágil de la industria de cine actual. Sin embargo, una vez cada tanto, la ficción se convierte en crónica del momento presente, contando lo que está sucediendo o lo que está a punto de suceder. Esto proporciona una alegría enorme a los productores, ya que, aprovechando la maquinaria de los medios de noticias globales, obtienen un montón de publicidad gratuita para su proyecto. Este es el caso de Cónclave (2024), la película de Edward Berger que tuvo ocho nominaciones a los Premios Óscar – de las cuales solo obtuvo el premio a Mejor Guion Adaptado–, y que narra la cadena de eventos inmediatos que suceden en lo más alto de la jerarquía de la Iglesia Católica como consecuencia de la muerte del Santo Padre. Una película que se encuentra en cartelera en distintos países de Latinoamérica y Asia, al mismo tiempo que una parte importante de la población mundial –alrededor de mil cuatrocientos millones de fieles– sigue de cerca los partes médicos sobre la crisis de salud del Papa Francisco.

Si bien los avatares de la Iglesia Católica han inspirado numerosas películas a través de la historia, el pontificado de Francisco, el cual lleva doce años de duración, ha demostrado ser terreno sumamente fértil para la producción de ficciones y documentales de todo tipo. Es lógico creer que parte de la explicación radica en la preeminencia que el discurso audiovisual, potenciado por el advenimiento de Internet y la masificación de los smartphones, adquirió en el siglo XXI. Pero, por otro lado, también es cierto que la figura de Jorge Bergoglio ha gozado de popularidad desde el momento mismo en que la chimenea del Vaticano se llenó de humo blanco aquel 13 de marzo del año 2013. La elección de Francisco, el primer Papa latinoaméricano, fue vista como una renovación –desde el punto de vista de los creyentes, por supuesto–; una oportunidad para la Iglesia Católica de dejar atrás, de barrer bajo la alfombra, la grave crisis institucional que provocó la inmensa cantidad de denuncias de abusos sexuales infantiles cometidos por sacerdotes alrededor del planeta.

El Cardenal Lawrence (Ralph Fiennes) y su espacio monumental de trabajo.

Tanto éste como otros temas centrales que hacen a la historia, el funcionamiento, y el sentido mismo de la existencia de la Iglesia Católica, están presentes en Cónclave. La película de Berger es un auténtico thriller, es decir, un relato que se roba nuestra atención desde el inicio hasta el final, que nos sitúa al borde de la silla, incómodos, desconcertados por el efecto de implicación que esta historia (no precisamente original) nos produce. La trama es directa y simple. Cuando un Papa muere, los engranajes centenarios de la institución se ponen en marcha en pos de reemplazarlo de forma inmediata. Para lograr este cometido, se convoca desde todos los rincones del mundo a los distintos cardenales –aquellos sacerdotes vestidos con sotanas rojas, inmortalizados para siempre en la figura del polémico Cardenal Richelieu–, los únicos que poseen el derecho de participar de la votación de la cual surgirá el nuevo Pontífice. Encerrados en ese complejo de máxima seguridad que es la Ciudad del Vaticano, y observados únicamente por las figuras que pueblan los frescos inmortales de la Capilla Sixtina, estos ciento treinta y siete hombres reproducen el famoso meme de Spider-Man mediante una serie de votaciones continuas entre ellos mismos. «Ahora te elijo a tí; no, mejor ahora a tí». Así hasta lograr un resultado de una mayoría de dos tercios.

La película representa al detalle los distintos rituales que forman parte de este proceso. Desde la manera en que se remueve el sello papal del anillo del sacerdote recién fallecido, hasta la forma específica en que se manipulan las boletas durante las votaciones. Sin embargo, este fetichismo respecto a los íconos de la religión católica –con sus elaborados vestuarios, sus salones de mármol, y el poder de las oraciones sencillas cuando son recitadas en la intimidad– no es más que la superficie del relato. Lo que a Berger le interesa, lo que expone delante de nosotros, no es lo que estos hombres aparentan durante los pocos pero intensos días que dura el proceso. Por el contrario, sus esfuerzos están puestos en revelar aquella característica profundamente humana que rezuma a cada minuto del cónclave: la ambición.

El Cardenal Lawrence (Ralph Fiennes).

En una de las tantas escenas de confrontación entre los cardenales, escenas cargadas de tensión con muchísimo en juego, escenas que nos recuerdan la potencia arrolladora de los pilares que sostienen el aparato cinematográfico (una buena historia, líneas de diálogo inteligentes, intérpretes que nos conmuevan), el Cardenal Bellini (Stanley Tucci) le reprocha amargamente al Cardenal Lawrence (Ralph Fiennes): «Todo cardenal tiene el deseo de convertirse en Papa. Todo cardenal, íntimamente, ya ha elegido el nombre con el que le gustaría que se conociera su papado». Esta encarnizada lucha de poder –esta auténtica “guerra”, como la denomina Bellini–, es lo que estructura el cónclave. A fin de cuentas, una situación restringida y por momentos asfixiante, que sirve como espejo de las complejidades que trae aparejado el ejercicio de la democracia –limitada a la manera de los griegos, es decir, un sistema donde el voto es secreto y obligatorio, pero no universal–, y que también refleja la oposición actual entre conservadores y progresistas que se da en las esferas de gobierno de muchos países. Espacios de poder atravesados por otras complejidades, tales como el multiculturalismo. En otra escena contundente, el Cardenal Tedesco (Sergio Castellitto) subraya la paradoja de que, a pesar de que todos ellos tienen en común el haber dedicado su vida al servicio de la misma fe, a la hora de sentarse a comer, ese ritual cotidiano tan significativo dentro del universo católico, cada cual elige la mesa de sus compatriotas: los italianos con los italianos, los ingleses con los ingleses, etc. «Divididos por el idioma. Las cosas se desmoronan. El centro no puede aguantar. Abyssus abyssum invocat (El abismo llama al abismo)», le susurra Tedesco a Lawrence, quien tiene que hacer un esfuerzo enorme para ocultar el desprecio que siente por su colega italiano, abanderado de la restauración conservadora de la iglesia, enemigo declarado de las políticas “progresistas” del último papado, y uno de los principales candidatos al trono de San Pedro.

El Cardenal Tedesco (Sergio Castellitto).

Acompasada por una banda sonora grave y precisa, y por un excelente uso del silencio total, Cónclave avanza de manera implacable. Descubriendo más y más capas de engaño y manipulación, revelando las miserias de un puñado de hombres que pueden perder en un movimiento el poder que han acumulado durante décadas, hasta llegar a un final perfecto. Sí, perfecto. Porque de un momento a otro, cuando nadie se lo espera, está película tradicional se convierte en una totalmente disruptiva. La película más queer de la temporada, mucho más que la adaptación de Burroughs de Luca Guadagnino. Por el hecho de situar la temática en el corazón de una historia imposible de identificar con esa bandera. Por hacerlo de una manera honesta, verosímil y profunda. Y por la voluntad de tender un puente entre dos polos irreconciliables, de proponer unidad y aceptación en un mundo atenazado por el odio y el terror al prójimo.

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