Recientemente se estrenó en cines de Argentina Megalópolis, la nueva película de Francis Ford Coppola que viene recibiendo críticas divididas a su paso por distintos países y festivales como el último Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. En este artículo vamos a intentar analizarla minuciosamente para entender por qué despierta tanta polémica.
¿De qué se trata?
Desde el primer momento la película se presenta como una fábula. Está ubicada en la ciudad de Nueva Roma en donde un joven arquitecto César Catilina (Adam Driver) promete la construcción de una nueva ciudad utópica usando el mágico y revolucionario elemento “megalón”. Por supuesto, como a todo joven con ideas revolucionarias, se le oponen las ideas vetustas, conservadoras y rígidas, encarnadas en el alcalde Cicero (Giancarlo Esposito).
Este duelo entre “lo viejo y lo nuevo” o “lo conocido y lo novedoso”, además se refuerza cuando la hija de Cicero, Julia (Nathalie Emmanuel) se enamora de Catilina y debe lidiar con la dualidad de esos amores. Quizás sea ella la que pueda unirlos o quizás el resentimiento irreconciliable la destruya a ella también.
Serán aproximadamente dos o tres años los que veremos en pantalla, a través de los cuales se despliegan representaciones sobre diferentes conflictos o dilemas sociales. Uno de los primeros puntos cuestionados de la película es su poca capacidad de crear metáforas y de caer en diálogos que sobrepasan lo poético para volverse literales, explicativos y flojos en términos de prosa.
Un claro ejemplo es el sueño que tiene Cicero sobre una mano que sale de una nube y agarra la luna, que se completa cuando en la escena inmediatamente posterior se despierta y le explica a su esposa que soñó “con una mano que sale de una nube y agarra la luna”. Este problema de ser redundante se da constantemente y resulta agotador.
Luego tenemos todo un mundo de subtramas que se desarrollan periféricamente que no quedan del todo claras: cuáles son las motivaciones y los arcos de desarrollo de los personajes que interpretan Aubrey Plaza, Shia LaBeouf, Jon Voight, Dustin Hoffman, Laurence Fishburne o Jason Schwartzman.

El trabajo de toda una vida
Para empezar a hablar de la producción de Megalópolis hay que remontarnos a los años 80. En esos años Francis Ford Coppola comenzó a escribir esta película, para ese momento el director ya había hecho La conversación, El padrino I y II y también Apocalypse Now, películas que quedaron posteriormente marcadas para el público cinéfilo pero también fuertemente en la cultura popular en general, atravesando tiempos y regiones para dejar su huella.
Pero desde ese entonces el proyecto pasó por montones de impedimentos y también de idas y vueltas de diversos elencos. Según sus declaraciones algunas películas que hizo durante los años 90 fueron justamente realizadas para financiarla.
Recién en el comienzo de los años 2000 empezó a trabajar en lecturas con un elenco que luego no prosperaría, los nombres que circularon por este proyecto fueron: Russell Crowe, Robert De Niro, Leonardo DiCaprio, Nicolas Cage, Paul Newman, Kevin Spacey, James Gandolfini, Edie Falco, Uma Thurman, James Caan, Oscar Isaac, Forest Whitaker, Cate Blanchett, Zendaya, Michelle Pfeiffer, Jude Law y Jessica Lange, algunos con más firmeza que otros, pero ninguno se concretó.
Cuando estuvo más cerca de realizar la película sucedió el atentado a las Torres Gemelas del 11 de septiembre de 2001. Lo cual según el director hizo muy difícil pensar en completar el trabajo, algo de pensar en New York desde una utopía en ese contexto lo hizo posponerlo y en 2007 llegar a declarar que había abandonado la idea de concretar Megalópolis.
Muchos años después en 2019 anunció que reanudaba ese proyecto y luego se dio a conocer que el reconocido director vendió una parte importante de sus viñedos con el fin de conseguir el dinero suficiente para poder filmarla. No sin antes pasar por más traspiés, como por ejemplo que durante el rodaje se elevó considerablemente el presupuesto y las consecuencias fueron un movimiento en el equipo técnico que terminaron abandonando el proyecto, no casualmente parte de los equipos del Diseño de Arte y también del equipo de Efectos visuales, dos cosas que en la película destacan por lo extrañas que se ven.

Caos e inconsistencias
Otro de los problemas para esta historia es el caos narrativo. Montones de ambiciones se superponen unas a otras y dan como resultado una maraña de secuencias grandilocuentes pero inconexas. De pronto toda la puesta se vuelca a crear un Coliseo romano, al rato se abandona esa idea, en otro momento estamos en una gala en donde se subasta a una joven estrella pop por su virginidad, hay todo un conflicto sobre eso que también se abandona pronto para pasar a lo siguiente. Y así durante las casi tres horas que dura la película: la sobreabundancia informativa no parece estar amalgamada, sino más bien como pedazos extraños y amorfos.
Detenerse en cualquier detalle de Megalópolis es encontrarse con una inconsistencia, ¿por qué Catilina tiene el poder de parar el tiempo? ¿por qué lo pierde y por qué lo recupera? ¿Qué es el “megalón”? ¿de dónde sale? El vacío que se produce se explica por la falta de reglas para este mundo.
Cualquier mundo de ficción, pero en especial los mundos del género fantástico o con elementos distópicos, necesitan reglas claras para desarrollarse. Esas reglas son las que ayudan al espectador a ubicarse en parámetros de conflictos, expectativas y hace sentir consistencia y solidez. Son esas reglas que se establecen sin literalidad la que nos permiten adentrarnos en una historia y aceptar los sucesos por más que en nuestro mundo real las cosas no sean de esa manera. Podemos aceptar que en esta ficción existe el megalón, lo que nos cuesta admitir es que el megalón puede lograr todo y nada al mismo tiempo. Parece una magia que sirve para todo pero evidentemente tiene limitantes, puede curar, puede ser una cinta transportadora en la ciudad, puede ser un vestido, no tiene una función definida.
Formalmente también tiene muchos problemas de tono, las actuaciones se ven exaltadas y sin uniformidad. Es comprensible que quiere generar climas de romance, vértigo y emoción, pero no puede consolidarlos porque las interpretaciones están excedidas en drama a tal punto de verse ridículas o más cercanas a una actuación de parodia.
Esto estaría en sintonía con los trascendidos de un rodaje caótico que dicen que no podían definir el aspecto del diseño de la ciudad utópica, o que el propio Coppola pasaba horas encerrado sin dar ninguna indicación para luego salir al set y pedir filmar cosas que no estaban siquiera planteadas en el guion. Además de las acusaciones de comportamiento inapropiado durante el rodaje, que luego no prosperaron, fueron desmentidas por productores y por el propio director.
Dos palabras que pueden sintetizar a esta película podrían ser “insólita” y “desopilante”. Causa asombro ver semejante propuesta ejecutada con tal torpeza en un director destacado por su capacidad narrativa y su ambición a la hora de contar historias. Una vez vista la primera media hora solo quedan certezas de que todo su recorrido será en esa línea y en ese tono. Queda una triste sensación de capricho y de risas propias del desconcierto ante cada pasaje grueso, incongruente y lamentablemente ridículo.




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