Whiplash: BDSM al ritmo de jazz Spoilers

Si de clásicos se habla, uno moderno es Whiplash de 2014, al que en Latinoamérica se le agregó el subtítulo Música y Obsesión. Hoy en día este filme ostenta grandes calificaciones en páginas populares de cine.

En Rotten Tomatoes, tiene un 94%, con el sello Tomato Fresh, proveniente de los críticos y otro 94% respecto a las valoraciones del público. En el portal IMDB su puntaje es de 8.5/10.

En su momento cosechó numerosos premios. En el Festival de Sundance recompensaron a Damien Chazelle como director, y también obtuvo el Premio de la Audiencia. El Festival de Valladolid recompensó también el trabajo del cineasta.

J.K. Simmons obtuvo el Globo de Oro como Mejor Actor de Reparto y también el Oscar en la misma categoría. Y los Premios de la Academia recompensaron de la misma forma al filme en los rubros de Mejor Montaje y Mejor Sonido.

Y estos son sólo los más populares, en una extensísima lista de galardones internacionales.

Sin embargo, en la actualidad esta película está siendo revisada. Su cinematografía y su música increíble pueden impresionar a los profanos ignorantes, entre los que me encuentro.

Pero los que saben de música odian su mensaje perverso y tóxico. Que el único camino a la trascendencia es mediante el sufrimiento físico y moral.

Y eso está muy lejos de ser una verdad absoluta.

Lo bueno

Antes de señalar sus faltas, destacaré lo bueno. Porque la película es merecedora de los premios que cosechó.

Cinematográficamente es hermosa. Tiene una gran dirección fotográfica, una paleta de colores en la que predomina el azul, que acentúa el dramatismo y una dirección excelente por parte de Damien Chazelle.

J.K. Simmons, en su papel de villano, se roba la película. A su vez, Miles Teller brilla también en su papel protagónico, por lo que sus nominaciones como mejor actor son también merecidas.

Otro pilar casi indestructible es la música jazz, hermosa, vibrante y cautivante. Y la escena final es hipnotizante. Más adelante les hablaré de esta parte.

Pero el filme hace aguas en la historia tóxica y su idealización de la meritocracia musical, como un camino en el que triunfan solamente las almas torturadas.

Una relación de dominación

Al escribir el guion para una película, es frecuente que se elija el camino más dramático y llamativo. En otras palabras, el más sensacionalista.

La premisa es que es la mejor forma de despertar el interés en la audiencia. Desafortunadamente, esto termina por ser un método efectivo y exitoso.

En los últimos años hemos sido testigos de éxitos eróticos-románticos literarios, que llegaron al cine. 50 Sombras de Grey, 365 días o la Saga After, recurren invariablemente a la figura de amantes dominantes, conflictivos, nada gentiles en la intimidad con sus parejas.

De la misma forma, es conocido cómo estos relatos son enmarcados como “historias de amor”, destinadas a un final feliz.

La misma dinámica se presenta en Whiplash. Hay un dominante, un sádico que obtiene satisfacción del dolor que le provoca a su aprendiz o seguidor. Es decir, su sumiso.

Y como sucede en los ejemplos anteriores, su dinámica de poder y sumisión es romantizada. Es decir, presentada como él único camino posible para alcanzar el éxito.

El problema de Andrew

Andrew Neiman (Miles Teller) es un joven baterista talentoso con una pasión indiscutible por el jazz. Tiene un sueño, ser un músico universalmente reconocido como Louie Armstrong, entre otros.

Su ambición más sagrada es ser el motivo de conversación en el futuro, de otro joven obsesionado con la música. Es algo que busca por encima de cualquier recompensa económica.

Debido a que sus intereses no son muy populares, es un chico aislado, sin amigos y con una conflictiva relación con su familia.

Ama a su padre, pero no lo admira. Lo ve como un ser mediocre y conformista, que eligió el camino más seguro.

En su sumisión oculta un aspecto más complejo. El de un narcisista enamorado de sus fantasías de gloria personal.

Es una posición que tomó ante la incomprensión de su familia y en la búsqueda de su camino en la vida.

Lleva esta ambición a tal extremo que acepta el maltrato del profesor Terrence Fletcher. Y también se autoimpone un celibato mental al renunciar a su interés amoroso, Nicole, porque la música es un amante exigente que requiere toda su atención.

En el fondo, a pesar de sus agravios, ve en Fletcher a un alma gemela, con la que comparte su pasión por la música. Y si bien es cierto, su admiración casi incondicional se parece bastante al síndrome de Estocolmo.

La toxicidad desbordante de Fletcher

El profesor Terrence Fletcher enseña en el Conservatorio Shaffer en el que estudia Andrew. Allí es admirado por todos, pero mayormente temido.

Inteligente, y muy talentoso, su única ambición personal es ser el mentor de la siguiente gloria del jazz.

Para eso, expone a sus estudiantes a un maltrato psicológico agudo, que llega también a niveles físicos.

Con frecuencia tiene reacciones explosivas, en las que puede arrojar objetos de la nada, como sillas o platillos de batería, poniendo en riesgo la integridad física de sus alumnos.

Pero eso no es todo, porque también abofetea a Andrew repetidamente, para marcarle el ritmo que desea que siga. No se detiene hasta que las lágrimas ruedan por sus mejillas, tras humillarlo por el abandono de su madre durante su niñez.

Actúa como el líder de una secta cooptando seguidores. Alterna sus insultos y humillaciones, con recompensas.

Es decir, primero insulta hasta alcanzar un gran nivel de tensión. Y entonces afloja las cosas un poco con premios como elogios o un nombramiento como titular en la banda.

También, con la promesa de que, si lo obedecen para ganar un concurso, eso les abrirá oportunidades valiosas en el mundo de la música.

Seguidamente, reanuda su trato denigrante.

Ha encontrado en Andrew al seguidor perfecto. Talentoso y hambriento de gloria, lo hace ensayar hasta la extenuación. Provoca que pierda el control e incluso lastime sus manos.

Y eso es grave, porque todo baterista con dos dedos de frente aclara que si eso sucede se están usando mal las baquetas. Semejante sufrimiento está lejos de ser el camino para ser un buen baterista.

La leyenda sobre Charlie Parker

En el tramo final, después de que el padre de Andrew demandara al Conservatorio e hiciera que despidan a Terrence Fletcher, el protagonista lo vuelve a encontrar. Entonces, su antiguo mentor le cuenta una leyenda tergiversada.

Dice que el afamado saxofonista y compositor Charlie Parker, un día practicaba con su banda. Entonces cometió un error. Otro célebre músico, el baterista Jo Jones, le arrojó enfurecido un platillo de la batería que casi le da en la cabeza.

Dicho ataque lo humilló tanto que se retiró durante un año, en que practicó incansablemente. Cuando regresó hizo historia en la música.

Primero, hay que señalar que eso no sucedió exactamente como lo cuenta. En realidad, arrojó estruendosamente el platillo al suelo para llamar su atención.

Esto no justifica la reacción violenta, pero minimiza el hecho porque no hubo una agresión directa.

Por otro lado, decir que Charlie Parker fue grande sólo por ese incidente es minimizar su talento. Triunfó por su pasión y dedicación a lo que amaba, no porque alguien le hubiese hecho una rabieta infantil.

Esta anécdota es esgrimida por Fletcher, como la única manera de trascender. Es decir, sufrir, obsesionarse y, sobre todo, sangrar…

Entonces, ¿qué hay de la pasión, el amor por la vocación, la dedicación natural a algo que se ama en la vida?

¿Es realmente esa la única forma de sobresalir y triunfar?

El final

Con la inocencia de un cervatillo, Andrew acepta la invitación de Fletcher a tocar una vez más con él. No puede evitarlo, a pesar de sus maltratos aún cree que debe demostrarle algo.

Volverá a tocar jazz con su maestro oscuro. Como alguna vez dijeron en Los Simpsons, ¿qué puede malir sal?

“Sé que fuiste tú”

Una vez en el escenario, descubre su trampa. Le dice que sabe que él lo denunció. A continuación, anuncia que tocarían una pieza musical que no había estudiado, y cuyas partituras no le habían compartido.

Su venganza se cumple, trata de seguir el ritmo, pero fracasa y es humillado por enésima vez.

Huye y se abraza con su padre detrás del escenario. Pero súbitamente regresa, vuelve a tocar la batería y se impone con un ritmo superior.

Es una escena increíble, en la que hace un contrapunto con la misma banda, convirtiéndose en el alma dominante de la función.

Mentiría si dijese que no me atrapó. Andrew acelera magistralmente su ritmo y pone en problemas a Fletcher, quien no detiene el espectáculo porque a pesar de que está perdiendo, está encantado.

Son minutos hipnotizantes, en los que se ha dado vuelta la tortilla. El maestro ahora es un seguidor.

El protagonista se entrega en cuerpo y alma a ese momento, como si hubiese alcanzado un estado superior de conciencia.

En el acorde final, quien no sienta deseos de pararse y aplaudir lo que acaba de presenciar, es porque no tiene alma.

Moraleja

Si bien el espectáculo musical es soberbio, lo que molesta aquí es la moraleja. Cuando Fletcher tras el acorde final le dice con una mirada bondadosa “bien hecho”, entrega su mensaje tóxico.

Al final, se salió con la suya. Pasar al chico por su picadora de carne mental, resultó como él quería.

Le está diciendo “yo estaba en lo cierto, mi presión te convirtió en un diamante”.

Y si creen que es un final feliz, permítanme ponerlo en duda.

Porque no es difícil imaginar que ha dado luz a otro monstruo como él. Un ser malévolo que cuando sea mayor maltratará a mentes jóvenes, destruyendo su alma.

Después de todo, eso es lo que se requiere para alcanzar la gloria.

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