Empire Records es una película de 1995 dirigida por Allan Moyle que me conmueve cada vez que vuelvo a verla. Se me ocurrió una fantasía de secuela bastante efectista en tiempos en los que se busca apelar a la nostalgia a toda costa. De todos modos, espero que nunca ocurra porque el corazón de la original no debería ser manipulado.
El título lo puse pensando en una de mis bandas favoritas, Pulp. Es la frase que promocionó su gira de reencuentro 2023-2024.
Aquí va este intento de secuela:

30 años después de que un grupo de inadaptados lograra salvar la tienda de discos de las garras de la corporación “Music Town”, el Empire sigue de pie, habiendo sobrevivido no solo a “Music Town” sino también a todos los condimentos del siglo XXI: la piratería y luego plataformas como Youtube o Spotify. Sus dueños actuales son gente nostálgica y amable (que no vimos en la película original) pero con deudas hasta el cuello, sin saber qué más hacer para sostenerlo. El lugar es un museo.
Reciben una jugosa oferta de un tecnócrata perteneciente a una multinacional, un joven que ni siquiera había nacido cuando se llevaron a cabo los eventos de 1995 en la tienda. Su idea es comprar un lugar amplio con esas características para montar “muestras de experiencias digitales inmersivas”.
Pero en cuanto las malas nuevas llegan a oidos de la pandilla original, se ponen de acuerdo para un nuevo last dance.

Gina (Renée Zellweger) - convertida en una productora musical en Los Angeles - es la primera en enterarse de la noticia a través de su joven asistente, que ve una entrevista vía streaming en la que nuestro “villano” tecnócrata cuenta sobre la futura compra del lugar diciendo “mi padre hippie no está de acuerdo con este proyecto porque era cliente de la tienda, pero ya le dije que voy a respetar el legado… seguramente hagamos alguna muestra inmersiva sobre AC/DC (risas)” rememorando al villano de la película original que mencionaba que su abuelo tenía un emporio de inodoros pero que su hippie padre lo había convertido en una tienda de discos. El asistente de Gina se burla diciéndole “¿esta no era la tienda de antigüedades en la que trabajabas cuando eras joven?” y así es como ella toma conocimiento.
Lo primero que hace es contactarse con Joe (Anthony LaPaglia), pensando que quizá sigue a cargo del Empire, pero al hablar con él descubre que ya es un empresario retirado, con un hijo en la universidad y una hija que sueña con ser guitarrista de rock.

Ambos deciden que hay que volver a salvar el Empire y convocan al resto de la muchachada, que acepta sin titubear. Pero ¿qué es de la vida de ellos? Corey (Liv Tyler) es una profesora universitaria que pudo huír de los designios de su familia, pero que se encuentra superando un divorcio reciente, y a cargo de un hijo insufrible que está entrando en la adolescencia. En el reencuentro vuelve a ver a su mejor amigo y primer amor, AJ (Johnny Whitworth), que actualmente es un diseñador gráfico bastante exitoso pero un poco frustrado por haber perdido su pasión por el arte. Justamente a través del arte es que conecta con el hijo de Corey, despertando un nuevo vínculo con ella.

Por otra parte, Mark (Ethan Embry) es el único que nunca abandonó su rebelión. Vive en una casa rodante y forma parte de la escena metalera independiente con su banda “Marc” (cuya formación cambió incontables veces). Lucas (Rory Cochrane) se suma al reencuentro con su aura misteriosa y no nos enteraremos hasta el final de la película qué fue de su vida: es gerente de un casino. Deb (Robin Tunney) es una madre soltera que cambió completamente su vida de piercings y pelo rapado por un trabajo bien pago en bienes raíces. Su hija de 20 años está experimentando algunos problemas similares a los de su madre en los tiempos del Empire. A lo largo de esta secuela, ella se enfrentará con aquellos fantasmas para poder ayudar a su hija.
Finalmente, el querible Warren (Brendan Sexton III) - ahora con su nombre legal Clyde (sic) - se suma a ayudar al grupo con sus conocimientos de programador.
Y así se embarcan en una resistencia cultural compuesta por los nuevos y antiguos empleados - y también la nueva generación de hijos - con varias acciones artísticas y tecnológicas (Warren los ayuda a hackear sistemas de la multinacional a la que enfrentan, por ejemplo) que culminan en una campaña viral que desata un nuevo concierto para abrazar a la comunidad musical independiente y salvar nuevamente al Empire.

Se les ocurre sumar un invitado impensado cuya carrera se convirtió en “meme”, que sobrevive cantando en geriátricos y en convenciones de fans: Rex Manning (Maxwell Caulfield). Ya no es la estrella caprichosa que intentaba atravesar un cambio de época, ahora la época lo pasó directamente por encima y - con humildad y humor - se incorpora a la pandilla. Para sorpresa de todos, elige interpretar su antiguo hit “Say no more, Mon Amour" en una versión melancólica indie-jazz, que impacta a los asistentes, mostrando una faceta completamente desconocida del otrora superficial cantante.

Sin embargo, el climax llegará cerca del final del concierto, cuando hace su aparición Berko (Coyote Shivers) con su mujer e hijos pequeños, y deciden subir al techo con Gina a deleitar a la audiencia nuevamente con “Sugar High” con algunos de los hijos de los protagonistas formando parte de la banda. Esta vez el solo de guitarra de la canción no será ejecutado por Berko, sino por la hija de Joe, ante la mirada conmovida de su padre, que - junto con los demás - saben que no todo está perdido y que no solo el Empire tiene futuro, también lo tiene todo aquello en lo que ellos alguna vez creyeron y la vida los hizo olvidar.




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