UNA ÚLTIMA BATALLA 

Juana de Arco ha sido de las mártires más llevadas al cine, diversificada en los relatos franceses que más reconocimiento han obtenido en la historia: por mencionar algunas, la conmovedora La pasión de Juana de Arco (La Passion de Jeanne d'Arc, 1928) de Dreyer, la fría El proceso de Juana de Arco (Procès de Jeanne d'Arc, 1962) de Bresson y Jeannette, la infancia de Juana de Arco (Jeannette, l'enfance de Jeanne d'Arc, 2017) del mismo Dumont. Lo interesante es que, opuesto a los refritos hollywoodenses, estos autores parecen siempre hallar una nueva manera de llevarla a la pantalla. Esta, Juana de Arco (Jeanne, 2019, recién estrenada en Colombia en 2021 por motivos pandémicos), parece hacer énfasis en que Juana de Arco, antes de ser póstumamente mártir, heroína y santa, era una chiquilla de 19 años enfrentada a clérigos representantes de la mezquina institución cristiana, una chiquilla de 19 años juzgada como bruja y condenada a morir incinerada por sus vehementes convicciones a raíz de las voces que ella decía escuchar. Así, la mayor parte de la película se centra en los últimos juicios de Juana de Arco, enfrentada ella a obispos, ella contra los obispos, ambos actuando, aparentemente, en nombre del mismo ser; todo regido por escenas de cuantiosos diálogos que se esparcen por el proceso y la pasión, pero también la angustia de una joven hereje apaciguada por un ente superior que parece haberla abandonado, o, como seguramente lo creía ella, en pleno uso de su inmensa sabiduría, había decidido condenarla a muerte. Dumont ya había mostrado interés y una sensibilidad aguda sobre mártires femeninas, en su Camille Claudel 1915 (2015), sobre la injusta y desesperante estadía de la arquitecta en un asilo católico en el que fue internada por su familia, alejándola de su arte hasta el día de su muerte. Reitera pues el tema del sufrimiento femenino con la religión y sus métodos mezquinos como su causa.

Un recurso que había abandonado Dumont en su filmografía desde La humanidad (L’Humanité, 1999), ahora lo retoma como un dispositivo narrativo de peso: la música, aplicada de forma poca convencional, incrustada más en el argumento que en la imagen. En el primer tercio de la película, dedica unos buenos minutos a apreciar a Lise Leplat Prudhomme —quien, nuevamente, interpreta a Juana de Arco, pero ahora adolescente— en armadura cuál caballero isabelino, mirando, impasible, primero al cielo y luego a nosotros, al tiempo que la beligerante música electro-rockera de Christophe desnuda el rostro de la chica y dejando la letra de Chef de bataille como único instrumento comunicativo. Jefe de la batalla, traduce la canción: el jefe de la batalla es una niña que, rodeada de y encabezando un grupo armado de hombres adultos, se encuentra cara a cara con el horror que contiene una lucha en armas. En esa misma escena, unos tambores clausuran unos diálogos posteriores con una imponencia contundente; tambores que resultan ser de los soldados ingleses que se enfrentarán a Juana y su ejército. Jeanne, que a veces se pasa al musical, hace un contrapeso en la balanza respecto a Jeannette…; a diferencia de esta última, donde la niña Juana zapateaba feliz al ritmo del electro-rock, las canciones de Jeanne cada vez son más duras con Juana e, incluso cuando son compasivas, sentencian cruelmente el destino de quien —lo sabemos desde el principio— va directo al cadalso.

Y entonces aparecen nuevamente los pinzones, pajarillos a los que Dumont les dio un peso simbólico importante en su debut, La vida de Jesús (La vie du Jésus, 1979), para contener allí la imposibilidad de ser libre al estar encerrados en una jaula, forzados a cantar para Fredy. Aquí, los pinzones recién nacen en su nido: Juana —si se quiere creer así— podrá reunirse con dios, el mismo en cuyo nombre asesinaron, violaron, torturaron y, a Juana de Arco, incineraron. Pero, como sea, la muerte, como lo vimos en Alguien voló sobre el nido del cuco (One flew over the cuckoo’s nest, 1975), es también una liberación de los grilletes que puede suponer la vida misma; más la de Juana, que maduró con vertiginosidad y tal vez como no debía, asumiendo responsabilidades y deberes que no le correspondían y no tenía porqué cargarlos, convencida de que era un mandato del Señor.

Este relato es de las mejores direcciones que he visto los últimos años. Parte de un guion que se vale de escenas —algunas con cierta atmósfera surreal, si se me permite— provocadoramente extensas y con diálogos en abundancia, y escritas como obra shakesperiana: con los actores anunciando la entrada del siguiente personaje. Como lo demostró Bergman, sostener escenas así es todo un reto para el director: requiere un profundo conocimiento del espacio cinematográfico y una elocuente dirección de actores para desembocar en un timing perfecto. A su vez, Dumont realza cada aspecto escénico con precisión, por ejemplo, con la música extradiegética, que sirve de recurso brechtiano.

LIGHT

Ilumina y aumenta su visibilidad — ¡sé el primero!

Comentarios 15
Tendencias
Novedades
comments

¡Comparte lo que piensas!

Sé la primera persona en comenzar una conversación.