Queer (2024): Cuerpos vacíos. 

A Luca Guadagnino no le interesa el cuerpo como refugio, sino como un campo minado. Lo suyo no es la ternura, es el sudor, la sangre y, a veces, hasta el jugo de durazno. Sus personajes no solo sienten, sino que sus cuerpos hacen sentir al espectador, y no siempre de formas agradables. Ahí está Call Me by Your Name (2017), con esa fruta que nunca mirás igual después de la película, o Suspiria (2018), donde los huesos se quiebran al compás de una danza macabra y elegante que parece coreografiada por alguien con demasiado tiempo libre y un fetiche raro.

El tipo entiende que el cuerpo no es un simple caparazón; es una trinchera, una víctima, una obra en construcción perpetua. En Bones and All (2022), el cuerpo se convierte en cena, y lo peor es que te dan ganas de probarlo. Guadagnino es de esos directores que te tira un plano y te hace sentir incómodo, como si estuvieras viendo algo demasiado privado. No hay nada seguro en su cine: ni el amor, ni el deseo, ni la carne. Su habilidad está en hacer que esas tres cosas sean imposibles de separar, como si estuvieras atrapado en un romance al que nunca invitaste, pero que tampoco querés que termine. Eso sí, después de verlo, necesitás un baño.

Es curioso cómo algo que grita libertad desde su esencia termina encasillado en un género. Decís "cine LGBTQ+" y ya podés imaginarte la paleta de colores pastel, las miradas largas y un piano melancólico de fondo. ¿En qué momento el cine queer, que históricamente rompió moldes y desnudó tabúes, terminó siendo víctima de un set de reglas que nadie votó pero todos respetan?

Queer - A24

Tomemos como ejemplo Call Me by Your Name (2017). Una película que, si bien es hermosa y dueña de un romance para suspirar, no deja de estar encorsetada en esa fórmula: un amor imposible, un verano italiano, y suficiente sol como para hacer que te olvides de la política, de los prejuicios, de lo incómodo. Y está bien, pero ¿cuántas veces vamos a reciclar esa idea de que lo queer tiene que ser algo suave, introspectivo y, sobre todo, decoroso? Es casi como si el cine LGBTQ+ estuviera más preocupado por ser aceptable que por ser disruptivo.

La ironía es que lo queer, por definición, debería ser lo contrario a lo normativo. Pero el mercado manda, y lo queer se transformó en una categoría. Como si la identidad fuera un género cinematográfico y no una forma de estar en el mundo. Y ahí estamos, aplaudiendo historias que, aunque valiosas, no siempre son tan libres como nos gustaría pensar. ¿No es un poco tragicómico?

2024 es el año en que Luca Guadagnino decidió darse un capricho, y el resultado son dos películas que no solo exponen sus virtudes, sino también sus peores defectos. Challengers es una obra medida, precisa, sexy. El tipo sabe cómo trabajar la tensión y el deseo sin caer en lo obvio. Cada plano respira, cada mirada pesa, y lo físico está ahí, sin necesidad de exhibirse. El cine en su estado más refinado, dejando que lo implícito sea mucho más seductor que lo explícito.

Y luego está Queer, que es básicamente Luca tirando todo lo que tiene a la pantalla sin pensar demasiado en qué funciona y qué no. Es pretenciosa y artificiosa, como si estuviera más preocupada por recordarte que viene de un libro "difícil" y de un director "importante" que por construir una narrativa coherente o emocionalmente honesta. Hay un intento de traducir el cuerpo y el deseo al lenguaje cinematográfico, pero termina siendo más una caricatura que una exploración real. Mientras Challengers te atrapa con su sutileza, Queer te golpea con un dispositivo visual y narrativa que grita desesperación por ser tomada en serio.

El problema con Queer es que no parece saber lo que quiere ser. ¿Una oda a Burroughs? ¿Un ejercicio estilístico? ¿Un despliegue de egolatría? Lo cierto es que, en su intento por abarcarlo todo, no logra nada. Y es una lástima, porque Guadagnino, incluso en sus películas más débiles, tiene un talento innegable para provocar reacciones. Pero acá, más que provocar, irrita.

Adaptar literatura al cine siempre es un riesgo, pero hacerlo con William S. Burroughs es un ejercicio casi masoquista. Su obra no es un relato lineal ni amable; es un laberinto de pensamientos crudos, estructuras fragmentadas y una obsesión por el cuerpo, el deseo y la decadencia. Entonces, ¿cómo hacer cine con un material que se resiste a ser domado? Guadagnino, por lo visto, apostó por una solución más estética que narrativa.

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Queer se siente como un Burroughs pasteurizado. Lo que en la novela es ácido y visceral, acá se reduce a una colección de viñetas que parecen sacadas de un comercial de perfume caro: luces calculadas, encuadres impecables y actores que recitan diálogos como si estuvieran ensayando para una obra de teatro experimental. Guadagnino parece más preocupado por emular la atmósfera de Burroughs que por captar su espíritu transgresor.

El texto original, escrito en los años 50 pero publicado décadas después, es profundamente autobiográfico, una exploración brutal de la alienación, el deseo y la adicción. Guadagnino lo ha llamado su filme "más personal", pero ese enfoque introspectivo no se traduce en la pantalla. En lugar de confrontar al espectador, Queer lo adorna todo, lo envuelve en una pátina de artificio que contradice la honestidad cruda del libro. Es casi como si Guadagnino estuviera más interesado en rendirle tributo a su propia filmografía que a la obra de Burroughs.

Y si algo queda claro, es que adaptar a Burroughs no es simplemente llevar su texto al cine; es entender que su obra vive en la incomodidad, en lo que no se dice y en lo que molesta. Queer, en cambio, evita ese territorio incómodo, optando por una interpretación que prioriza lo estilístico sobre lo esencial. El resultado no es tanto una adaptación como un malentendido.

Queer llega en un contexto cinematográfico algo cargado, con expectativas bastante altas debido a la historia detrás de su producción y la figura de Guadagnino al mando. Es una película que se estrenó en el Festival de Venecia de 2024, donde compitió por el codiciado León de Oro. Antes de eso, el director ya había declarado que había leído el libro de Burroughs cuando tenía 17 años, y que esta adaptación era un proyecto personal, casi de vida o muerte para él. El tipo, al parecer, no tiene medias tintas: o lo hace bien o lo hace mal, y en este caso, claramente eligió la segunda opción.

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La película fue coproducida entre Italia y Estados Unidos, con el sello de Fremantle y el respaldo de instituciones como Cinecittà. Se llevó a cabo un proceso largo y complejo para asegurar los derechos del libro, que estaban bajo el control de James Grauerholz, el albacea literario de Burroughs. Para escribir el guion, Guadagnino reclutó a Justin Kuritzkes, con quien estuvo trabajando en Challengers en ese mismo año, una película que, por cierto, se las arregló para mantener a la crítica más cauta y menos pretenciosa. Aquí, parece que el afán de Guadagnino por emular un estilo de cine clásico (más específicamente, un homenaje a The Red Shoes) ha terminado en una suerte de sobrecarga estética.La película ha sido recibida con opiniones divididas, y parece que la pretensión por parte de Guadagnino de hacer un “cine de autor” ha dejado de ser una virtud para convertirse en una trampa que ahoga al material en lugar de potenciarlo.

Como si eso fuera poco, el primer corte de la película fue de 185 minutos, pero finalmente se redujo a unos 135, un claro indicio de que, aunque había un deseo de exponer todo, hubo una necesidad de recortar lo innecesario. Sin embargo, este “recorte” parece haber hecho aún más evidentes los problemas estructurales que arrastra la película.

Tras el estreno mundial en Venecia, Queer pasó a ser una especie de laboratorio para los fanáticos del cine de autor que esperaban la obra maestra definitiva de Guadagnino. Después de todo, el tipo ya había conseguido que Call Me by Your Name se convirtiera en un referente moderno del romance queer. Pero aquí, la historia fue otra. En lugar de un aplauso generalizado, lo que hubo fue una recepción tibia, casi indecorosa. Algunos la alabaron por su audacia y su estilo visual, pero otros la vieron como una suerte de monólogo de autocomplacencia.

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Y no es que la película no tuviera lo suyo: su primer pase fue de casi 200 minutos, un testimonio claro de lo que Guadagnino había querido hacer: un tour de force visual que subyugara, que empujara los límites de la representación del deseo, que hablara sin tapujos. Pero lo cierto es que el corte final, de 135 minutos, parece haber dejado más dudas que respuestas. No por la duración, sino porque, como ya hemos dicho antes, Queer se siente como un cuerpo demasiado estirado, sin la sustancia necesaria para hacer algo realmente relevante con la historia que tiene entre manos.

A Queer le pasó lo mismo que le pasa a tantas otras películas pretenciosas que terminan fallando: creyó que su estética era suficiente para llenar el vacío argumental. Y a Venecia, a Toronto, a Londres, a Nueva York, la película llegó con todos esos adornos, pero con el alma rota. Había mucha pretensión de ser transgresora, pero poco entendimiento sobre cómo realmente transmitir lo que Burroughs había querido decir.

Y aunque los aplausos en los festivales no faltaron, ya sabíamos que no sería el fenómeno que esperábamos. La única cosa que dejó claro Queer es que Guadagnino, por más que se esfuerce, ya no es el enfant terrible del cine de autor, sino un director que no sabe cuándo dejar de hablar de sí mismo.

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La nueva apuesta de Guadagnino, no es solo una película sobre el deseo, sino también sobre la incapacidad de entenderlo en su profundidad. Adaptar a Burroughs no es fácil, y parece que Luca lo sabe, pero no logra dar con la clave. La película, que toma el desorden emocional de la novela, se pierde en su propio artificio. La historia sigue a un joven estadounidense (Daniel Craig) expatriado en la Ciudad de México, tratando de entender su identidad a través del sexo, el amor y, por supuesto, el conflicto interno. Casi una parábola de la confusión existencial, si es que uno está dispuesto a pensar en términos de "parábolas". Pero no nos engañemos: lo que Guadagnino presenta no es más que una coreografía visual en la que todo parece tener más importancia que lo que realmente está pasando. Las relaciones se suceden, pero el ruido de la cámara y los primeros planos de cuerpos desnudos no nos dejan ver lo que importa.

Aquí la actuación no sirve para profundizar la psicología del personaje, sino para ser parte de un paisaje de pura estética (y ego). Como si el hombre a cargo hubiera olvidado que, por muy interesante que sea mostrar cuerpos en primer plano, lo que en realidad debe interesarnos es lo que esos cuerpos significan. Aquí, el cuerpo se convierte en un accesorio vacío, que queda atrapado en el brillo de una cámara que no deja de moverse. Si Guadagnino quería rendir homenaje a Powell y Pressburger, lo hace de una forma tan superficial que, a veces, parece más un simulacro que una reflexión profunda.

La película se desarrolla con una pretensión de estilo visual tan inmensa como su falta de foco narrativo. No es que la idea de adaptar Queer sea mala, es que la forma en la que lo hace Guadagnino es, por momentos, una burla al propio texto de Burroughs. La ambición está, pero está mal dirigida. El deseo, en lugar de ser tratado como lo que es, se convierte en un juego visual y estilístico sin alma. Y esa es la ironía: intentar capturar el "deseo" de Burroughs sin nunca entender que, para el autor, el deseo no era solo un acto físico.

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