“La venganza es un plato que se sirve frío.”- frase atribuida a Francisco de Quevedo
“… y puedes impartirla, en forma de un delicioso pastel”- mi reflexión después de ver The Help.

Cada vez que pensamos en venganzas cinematográficas, las imágenes violentas y los baños de sangre desbordantes suelen ser la norma. Sin embargo, la vendetta perpetrada por Minny Jackson (Octavia Spencer), la inolvidable doméstica iracunda en The Help de 2011, es un ejemplo de cómo estas revanchas pueden ser ingeniosas y causar un profundo daño moral al enemigo.
Volviendo a la frase inicial, que se cree que es de Francisco de Quevedo (en realidad no se sabe con certeza), la misma invita a no actuar en caliente ante un agravio. Algunos piensan que su idea es enfriar los ánimos y de ser posible no contraatacar, puesto que siempre hay riesgos que sufrir en ambos lados de un conflicto.
Pero la interpretación por la que me inclino es otra. Creo que propone pensar muy bien en una venganza, fríamente, elucubrar un daño más profundo que el físico. Y eso es justamente lo que hace Minny Jackson.

Si bien el personaje brilla por su carácter colérico, Minny se tomó el tiempo para planificar su revancha. El objetivo, darse el gusto de ver el rostro horrorizado de Hilly Holbrook (Brice Dallas Howard) retorcerse en arcadas, a raíz del asco que le provocó.
No soy una persona vengativa. Pero hay veces en la vida, que todos pensamos en darle a alguien una cucharada de su propia medicina. O una porción, como en este caso. Probablemente la mayoría de los seres humanos no nos decidamos a dar el siguiente paso.
Pero Minny sí lo hizo, y en mi opinión de una forma espectacular.
Un contexto racista moderno

La historia es protagonizada en realidad por Skeeter Phelan (Emma Stone) y Aibileen Clark (Viola Davis). La joven de veintitrés años regresa a Jackson Misisipi, en Estados Unidos. Ha terminado sus estudios universitarios. Desea cumplir su sueño de ser escritora y de vivir como una mujer independiente.
Es el año 1963, una década en la que el feminismo lograba avances significativos, que no eran bien vistos en su ciudad de origen. Por eso es percibida como un bicho raro, por familiares y amigos que tratan de empatarla con un hombre que sea un buen partido.

Se entera de que Constantine, la empleada doméstica, alguien muy valioso en su vida, ya no trabaja en su casa. Ante la negativa de su madre de darle cuentas sobre lo que pasó, comienza a reflexionar sobre el papel de estas sirvientas afroamericanas, que eran un denominador común, en numerosas familias.
Como muchos niños blancos, fue criada por esta doméstica, a la que adora desde su más tierna niñez. Tanto es así, que es mucho más cercana a Constantine que a su propia progenitora. Además, está consciente del mal trato que suelen darles estas familias a dichas empleadas. Son capaces de deslindarse de ellas como si nada, después de años de trabajo esmerado y dedicación, entre otros abusos e injusticias.
Por eso, decide escribir un libro, en el que recogería el testimonio de la vida de estas mujeres como domésticas. En una época, en teoría moderna, aún convulsionada por el racismo, desea darles una voz.
Por eso termina aliándose con Aibileen Clark, quien trabaja para una familia amiga. Esta, en un principio se resiste, temerosa de las represalias que pudiera sufrir, por el simple hecho de reunirse con una niña blanca.

Finalmente, en memoria de su único hijo, muerto por la desidia del racismo, decide apoyarla. Durante el transcurso se le unen su amiga Minny Jackson y otras tantas mujeres, quienes desean hacer su parte en un contexto de injusticias.
En definitiva, dan a conocer numerosos maltratos, tales como la crianza amorosa de niños que jamás volverán a ver y que posiblemente se conviertan en adultos iguales a sus padres, los pagos indignos, la violencia gratuita a la que estaban expuestas y muchos otros que podemos imaginarnos.
Sin embargo, uno que se destaca es la del uso de baños diferentes y apartados de los que usaban los blancos. Este es posiblemente el agravio más indignante y es eje en la revancha de Minny.
“Separados pero iguales”
Esa era la esencia de las leyes Jim Crow, que estuvieron vigentes en el sur de los Estados Unidos entre 1875 y 1965. Eran normas de facto que establecían una estricta segregación racial, y perpetuaban una profunda desigualdad económica, educativa y social.

Se separaba a las dos razas, en todo aspecto. No podían compartir espacios ni objetos de ninguna forma, a niveles realmente humillantes.
No podían sentarse en el mismo lugar en el autobús, ni ir a la misma escuela, iglesia u hospital. De hecho, una enfermera podía negarse a tratar a un afroamericano. Los libros en una biblioteca no podían ser usados por las dos razas indistintamente.
Si una de estas sirvientas, tocaba directamente la comida, así fuese de forma accidental, dicho alimento terminaba en la basura.
Una de las disposiciones más básicas, era que no podían usar el mismo baño. Por eso, las casas que tuviesen empleados de color tenían uno específicamente para ellos. Generalmente estaba fuera de la casa, por lo que tenían que atravesar un patio.
Dicha ordenanza es central en este panorama racista. Es muestra de un desprecio tal, que deduzco, suponía que sus desechos corporales, eran incluso mejores que los de ellos. O tal vez era porque los imaginaban como fuente de enfermedades. Por lo tanto, no debían mezclarse.
Es el asunto desencadenante de la tensión entre Minny y Hilly, que la inspiró a darle un pastel, que tendría un ingrediente muy especial.
Dos porciones de venganza
Inicialmente Minny, trabajaba para Missus Walker (Sissy Spacek), una señora amable y gentil, cuyo único defecto era ser la madre de Hilly Holbrook. Una mujer prejuiciosa hasta el hartazgo, siempre dominante y profundamente conflictiva.

Cuando debido al avance de su edad, la lleva a vivir con ella, también se apodera de Minny como empleada. Porque así eran las cosas, no podían elegir con quién trabajar.
Allí debe soportar su mal trato, y su inflexibilidad con el uso del baño. Una tarde tormentosa, tiene que hacer sus necesidades. Debe atravesar el jardín, en ese momento bajo una lluvia incesante, algo que podría perjudicar su salud.
La desobedece, usa el de la casa y la despide inmediatamente. Pero no es lo único que hace. Se asegura de manchar su reputación, acusándola de ser una ladrona.
No puede hallar trabajo, así que no se sorprende cuando un día regresa a su puerta. Parece sumisa y le ofrece un pastel con el que supone que quiere hacer las paces. Una delicia posiblemente de chocolate, es decir… marrón… con un copete de merengue.
Sabe que Minny es una cocinera extraordinaria, algo que vuelve a comprobar porque ese postre es delicioso. Como caperucita dialogando con el lobo, le pregunta de qué está hecho.
Su interlocutora balbucea algo sobre una especie nueva de canela. Pero no importa, Hilly no la escucha, se está deleitando. No sólo por el sabor, sino porque cree que la ha vencido, que la tiene a sus pies.
Mientras termina de comer la segunda porción, comienza a decirle que la vuelve a tomar, pero con un pago más bajo. ¡Más todavía! Sorpresivamente, Minny le dice que no tenía planeado regresar a trabajar en esa casa.
Entonces su madre también quiere probarlo.
Pero el pastel es sólo para Hilly, para nadie más. Minny insiste en esto, con intensidad sospechosa.

Y cuando con un talante soberbio, Hilly le ordena que le sirva un poco a su antigua jefa, solo se lo suelta:
“¡Come mi m….!” repite varias veces, porque en un inicio no entiende por qué lo dice. Cuando se da cuenta, ya es tarde. Lo que ingirió está dentro de ella, no le queda más nada que gritar y retorcerse de la repugnancia que siente.
Y yo sólo tengo una cosa por decir… Minny, ¡te aplaudo de pie!

La receta para la revancha
Motivado por el morbo, el público se ha preguntado ocasionalmente cómo hizo para incluir semejante “ingrediente”, sin que la víctima se diera cuenta. Es decir, sin que degustara un sabor cuando menos, raro. Y creo que allí está la cuestión.
Hilly afirmó, al menos hasta la fatal revelación, que era de lo mejor que alguna vez había preparado. Así que dejen de imaginar cosas raras, porque en realidad no creo que le haya puesto nada de eso. Sólo mintió enfáticamente.

Si así hubiese sido, Hilly se habría enfermado. Pero en ningún momento tenemos evidencia de esto.
La venganza de Minny es deliciosa, porque hace algo muy fino y poderoso. Se metió en su cabeza, y se deleitó en saber que le indujo una idea horrorosa y detestable.
Es un acto con el que dice mucho. Si hubiese tenido que expresarlo en palabras, podrían ser las siguientes:
“Así que no quieres que ni siquiera mis desechos naturales, iguales a los de todo ser humano, estén cerca de los tuyos. Pues, ¡adivina qué! ¡te los acabas de tragar y con mucho gusto!”
Esta escena no es central en la película, pero es su momento más brillante.
A mí me enseño que, si tengo que hacerle pagar algo a alguien, es mejor usar el ingenio y la creatividad. Desmembrar, lastimar o derramar sangre es primitivo e incluso, aburrido.
Pensar en cómo meterme en su cabeza y hacerle saber que he estado allí, dañándola y jugando con su mente como si fuese un Yoyo, tiene mucho más mérito.
Y si eso no es gratificante… no se me ocurre otra manera de describirlo.
Ahora díganme ustedes. ¿Son vengativos? ¿De qué forma le harían pagar a alguien sus maldades?




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