
En su crítica de The Outfit (1973), el crítico Charles Champlin, pluma del Los Ángeles Times, decía: “There is always a particular pleasure in watching a movie which is in command of itself all the way, an exercise in professionalism…”. En Critters (1986), el encanto artesanal prima por sobre el rigor formal, pero ello no quita que, como comedia de terror, la ópera prima de Stephen Herek exhibe un sorprendente nivel de expertise y se desenvuelve de modo tal que su visionado produce un placer similar al del notable film de John Flynn.
Liviana, divertida y absolutamente efectiva, la película comienza con un prólogo que presenta a “los Crites”, la amenaza peluda del título, pero dejándolos en el fuera de campo y dando cuenta de su poder destructivo sin mostrarlos. De hecho, para enfatizar el peligro que representan, su escape de la prisión intergaláctica es retratado como un problema mayúsculo, a tal punto que, incluso antes de que les veamos un pelo, los bichos ya están siendo cazados por dos lerdos cazarrecompensas. Ahora, la pregunta es a dónde, si no a un pequeño pueblo rural de los EE.UU., aterrizarán los demonios de Tasmania del espacio exterior (leí por ahí que Charles Chiodo se basó nada menos que en el famoso animal salvaje de los Looney Tunes para diseñarlos). Corte a… El Medio De La Nada, Kansas, donde con pericia y paciencia Critters nos introduce en la unidad familiar que protagonizará el desmadre que se avecina.

Me detengo particularmente en la arquetípica familia Brown, ya que la presentación de sus integrantes y, sobre todo, de la dinámica que los une resulta fundamental para el correcto funcionamiento del film. Esto puede sonar a una obviedad más grande que su casa, pero dadas las tendencias formulaicas del género, son innumerables las producciones que, en el primer acto, cometen el error de saltarse tales pasos con el fin de acortar el camino y de darle a los espectadores lo que fueron a buscar, antes de que éstos siquiera hayan terminado de acomodarse en sus butacas. Precisamente debido a esto, cuando uno se topa con una película que se ocupa de pasar tiempo suficiente con sus personajes y de establecer vínculos entre ellos antes de pasar a la acción, sin verse en absoluto apurada por la amenaza inminente, uno no puede hacer más que detenerse brevemente y apreciar su profesionalismo.
Similarmente, los Crites (¿o acaso es Krites? Porque lo encuentro escrito de ambas formas) se toman su tiempo e ingresan al relato de forma paulatina, honrando una de las tradiciones más recurrentes del género: el monstruo que se devela de a poco. En efecto, estos ágiles, feroces y cómicos extraterrestres se hacen desear, apareciendo en un comienzo meramente a través de subjetivas (el punto de vista del asesino, uno de los planos emblema del slasher) y luego como un par de ojos rojos brillando breve e intensamente en el vidrio de la ventana, para finalmente emerger de la oscuridad y atacar al patriarca de la familia con dientes filosos, dardos venenosos y gruñidos rabiosos. Sin embargo, cabe aclarar que la escena del sótano no constituye su primer ataque, ya que minutos antes los Crites se habían cargado a uno de los policías del pueblo. La razón por la que no menciono dicha escena es porque, además de estar filmada de la forma más apta para mayores de trece posible, su único mérito es el verse sucedida por una simpática transición sonora que funde el ruido de los depredadores alimentándose con el de un triturador de basura.

Desde que tengo memoria, Critters siempre ha sido víctima de acusaciones de plagio, tildada de rip-off o descrita como una versión inferior a Gremlins (1984). Al comparar ambas películas, hasta el influencer de cine más descerebrado sería capaz de reconocer los puntos en común entre ellas. No obstante, éstos resultan tan superficiales como el chiste sobre el parecido entre las tramas de Secreto en la montaña y El Señor de los Anillos. Dicho de otro modo, Gremlins y Critters no podrían ser más distintas entre sí. Como dos caras de la misma moneda, yacen sobre una misma premisa, pero lo que hacen con ella es lo que acaba creando un abismo de diferencias entre ellas. La primera es una película correcta, infantil y familiar, que pone en primer plano el sentido de humor caricaturesco característico de su director y que, gracias a su ambientación festiva y a un lúcido tercer acto, pudo perseverar en el tiempo y hasta volverse un clásico navideño. La segunda, por el contrario, ostenta un espíritu mucho más sucio y desprolijo, más impulsivo que calculado, más juguetón y punk (aunque sin llegar a serlo del todo, desafortunadamente). Por si aún no quedó claro, ni Gremlins ni su “delirante” continuación me parecen dignas de la mayoría de los elogios que durante años les escuché recibir. En cambio, con una fama y un presupuesto mucho menores, y con secuelas que atraen más clicks por el dato de color de haber disparado las carreras de Mick Garris o Leo DiCaprio que por mérito propio, Critters abraza al cine de terror sin los reparos de su antecesora, escogiendo la supervivencia como faro narrativo, la sangre como el color de su bandera y “The Power of the Night” como su himno. Ante semejante combo, imposible conformarse por una película que invita a seguir una serie de reglas.
De todas formas, creo que hay parentescos mucho más cercanos a Critters que el de su prima hermana dirigida por Joe Dante. Por ejemplo, otras dos producciones de 1986: Invaders from Mars, de Tobe Hooper, y Night of the Creeps, de Fred Dekker, con las que comparte aún más elementos, en especial en relación a su tono y adhesión al género. En cualquier caso, lo que más salta a la vista en estos párrafos es que Critters es una hija indiscutida de los ochenta: acechada por referencias contemporáneas (Cazafantasmas, Pesadilla, E.T., el extraterrestre y hasta un gato llamado “Chewie”), con el inequívoco sentido de humor de aquellos años y protagonizada por la mamá luchona de la década (Dee Wallace), Critters grita su fecha de estreno a los tres vientos (el cuarto sopla la cabellera de Johnny Steele).
Volviendo a la cita de Champlin, la experiencia de ver Critters efectivamente resulta placentera: es el placer de ver una creature feature sin miedo al ridículo (partamos de la base que los monstruos se trasladan de un lugar a otro en modo pelota de fútbol), con subtramas que no encajan en el rompecabezas general pero que aún así aportan su dosis de color (todas las escenas que involucran a los cazarrecompensas y la confusión colectiva del pueblo), y con un clímax que, sin que nadie se lo pida, se toma la molestia de clausurar los arcos dramáticos de dos de los personajes: el niño rebelde fanático de los petardos que une fuerzas con el beisbolista frustrado devenido alcohólico para, con sus respectivos vicios/talentos, darle a los aliens dientudos una estocada final en forma de molotov (me pregunto si Shyamalan se habrá inspirado en Critters para escribir Señales). Si la génesis de esa idea, su ejecución y explosión final no les produce genuino placer, no sé qué decirles… vayan a hacerle mimos a Gizmo.



¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.