Mi abuelo era un hombre grande, físicamente hablando, 2 metros 100 kilos, un pasado como boxeador, de una fuerza que, a mis 8 años, parecía Hercúlea. Solía tomarme en una mano y mirarme fijamente con sus ojos oscuros y su cara marcada por un grueso bigote y su boina café dibujando una sonrisa. Si bien era cariñoso con sus nietos, era un hombre reservado, disfrutaba de su espacio, característica que, debo decir, he heredado orgullosamente.
Aquella reserva hacía que poco se hablara de su brazo derecho en el que tenía tatuada una sirena. Dibujada con tinta negra y azul, la sirena observaba con mirada desafiante y seductora, cubriendo su inmenso antebrazo. Su cola escamosa se enroscaba sobre una roca y se podía ver el agua saltando a su alrededor.
Lentamente, las escamas se transformaban en piel y su largo pelo era empujado por el viento. En los días de más calor, el único momento en que mi abuelo ocupaba poleras o camisas manga corta, podía fijarme en los detalles de la sirena, y en ocasiones, creía yo, podía oírla cantar, llamando a desesperados marinos deseosos de encontrar tierra firme y los cálidos brazos de una mujer. Más interesante aún, eran las historias de cómo mi abuelo obtuvo el tatuaje.

Jamás contadas por él, sino por terceros. Mi abuela, mi madre, mis tías, mis primos mayores. Unos decían que en un viaje como marino mercante, apostado en algún puerto perdido del norte, donde los esquimales hacen sus casas con hielo, se lo habría ganado por una proeza marina.
Otros me contaban que marinos de guerra, a los que habría ayudado en sus días de juventud, lo habrían tatuado como agradecimiento. Otra historia era que se lo había ganado luego de cruzar, en un destartalado barco, el Cabo de Hornos o el Estrecho de Magallanes, afirmado del Mástil Mayor, haciendo frente a las tormentas apocalípticas y las olas que trataban de engullir el barco y a su tripulación. Incluso decían que era la marca de un secreto y selecto grupo de marineros, que luego de ver cosas que ningún humano debería ver en altamar, se tatuaron como juramento de jamás hablar de lo que allí habita.
Como fuera, la sirena en el brazo de mi abuelo era hipnótica, un personaje de otro lugar, de otro tiempo, de otro universo. Una figura de los mares profundos, allí donde la tierra no es visible, donde manda la marea y la tormenta, donde la soledad es la principal compañera, donde se batalla con criaturas que, aquellos que vivimos en tierra firme, no podemos siquiera imaginar. Ese tatuaje hablaba de una etapa en la vida de mi abuelo tal vez mágica, tal vez oscura, tal vez solitaria, pero sin duda más interesante que todo lo que sucede en tierra.

El faro es la segunda película del director Robert Eggers, luego de la increíble The Witch. Robert Pattinson y Willem Dafoe son los dos y únicos personajes de la historia, encargados de custodiar un faro en altamar por un periodo indeterminado de tiempo. Dafoe, más anciano y con más experiencia, deja a Pattinson a cargo de las tareas menores, mientras él se encarga de encender religiosamente la luz del faro, tarea que pareciera ser no solamente mecánica sino que espiritual.
Las cosas comienzan a volverse cada vez más surrealistas a medida que los días avanzan, los personajes caen en la paranoia y el exceso de alcohol. En el extremo paraje y el terrible clima comienza la desintegración en la identidad de los personajes. ¿Quién hace qué cosa? ¿Quién es quién? ¿Cuánto tiempo llevan en la isla? De episodios surrealistas pasamos a postales de terror cuando no podemos saber si los sueños se han tomado la isla y los personajes se mezclan con extraños sonidos del mar y visiones de seres imposibles.
La desconfianza aumenta y el faro se transforma en un símbolo de lo prohibido, de lo sagrado y al mismo tiempo de lo apócrifo. Encerrados en su mundo, atacados por la demencia y brutales cantidades de alcohol, ambos personajes se funden, se odian, se aman y se entregan a las fuerzas de la naturaleza que lentamente los engulle. Los enfrentamientos entre los personajes o sus momentos de comunión parecieran ser intentos por contrarrestar la fuerza de lo que los rodea.
Aquellos sentimientos entre ambos, buenos o malos, comienzan a tomar la forma de extrañas criaturas y por momentos ellos mismos tienen dificultad para saber quién es quién. ¿Yo soy yo? ¿Tú eres tú? ¿O ambos somos el mar? Tal como el tatuaje de mi abuelo, el faro habla de un mundo al que no pertenecemos, en el que solamente somos invitados. El mar, aún en nuestros tecnológicos días, es un misterio enorme, profundo, frío, inclemente.

De las profundidades brotan las más extrañas y aterradoras historias de seres gigantes que apoyan sus garras en la tierra, sirenas que cantan a los marinos para guiarlos a la perdición, tentáculos que se enrollan en los cascos de los barcos y caparazones tan grandes como un edificio que se pasean por oscuras profundidades donde el sol jamás ha sido bienvenido ni invitado. La gracia del faro es que nos sumerge en lo profundo de la locura marina. No sabes lo que sucede en gran parte de la historia, pero eso pareciera ser el propósito de la película.
Porque en el mar, en su eterna soledad, los marinos pierden contacto con la realidad, se sumergen en un mundo ficticio, el mismo mundo en el que los personajes del faro batallan por sobrevivir, por conservar la cordura, su identidad. Donde se preguntan si aún son hombres o se han convertido en esclavos de las mareas y de las mujeres que cantan a lo lejos. Filmada en un exquisito blanco y negro, el faro es una película para ver más de una vez.
Desde las increíbles caracterizaciones, su delicada fotografía y su tono supranatural, la película es un logro cinematográfico en una época de pantallas verdes, efectos digitales y personajes vacíos. Mención aparte para la utilización de varias obras de artes que son recreadas en la película. Sin duda que Robert Eggers no es el primero en utilizar esta técnica.
Solo por citar a alguno recuerdo el trabajo de Lars von Trier en Melancolía y su utilización de la pintura. Pero este cruce entre la misma pintura y el cine es tan acertado en el faro que abre más campos aún para el análisis. Podrán encontrar en nuestro Instagram varios de estos ejemplos.
Al igual que los personajes, la película y los espectadores son engullidos por el mar, por su mitología y la locura que provoca. Este mar inmenso, oscuro y hostil habla idiomas que no comprendemos y establece su dominio psicológico sobre el hombre. Vuelvo a recordar entonces el tatuaje de mi abuelo.

Su enorme brazo que reposaba en la mesa mientras comíamos en familia los fines de semana. Esa sirena marcada en su piel me llenaba la cabeza de interrogantes. Astuto hombre, creador de mitos, mi abuelo nunca contó la verdadera historia de su tatuaje.
Al contrario, con una mueca dejaba fluir las teorías y empujaba tantos mitos como pudieran existir. ¿Habrá sido tal vez atrapado mi abuelo por alguna de esas sirenas? ¿Habrá tenido que batallar arpón en mano contra tentáculos gigantes, contra las mareas provocadas por los soplidos del Kraken? ¿Habrá sobrevivido semanas dentro del estómago de una ballena prendiendo fogatas entre sus costillas? Mi abuelo se llevó con él todas esas historias, pero a veces me alegra pensar que donde esté ahora lo sigue acompañando su sirena, cantándola al oído tonadas que alejan el frío y calman la marea. Seguramente debe estar mirando las olas quebrar contra islotes de alta mar.
Dichoso de saber que después de tantos años los mitos de él y su sirena siguen vivos.



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