Desde que tengo uso de razón, siempre quise ir a Viena. Mucho antes de que la canción de Billy Joel llegara a mi vida o que Before Sunrise se convirtiera en la base de mi versión idealizada del amor, Viena ya existía en mi cabeza como esa ciudad en la que, de alguna manera, algo iba a encontrar.
Con el tiempo, mi relación con Viena se volvió una especie de ironía personal. Soñaba con conocerla, pero siempre encontraba excusas para no hacerlo. Quizás priorizaba otros destinos o tal vez era una cuestión de tiempo, pero por una razón u otra, Viena y yo estábamos destinadas a posponer nuestro encuentro un poco más. Mientras tanto, la idea de la ciudad crecía en mi imaginación, alimentada por el arte que la rodeaba, esa mística que solo el cine y la música pueden darle a una ciudad. Todo apuntaba a lo mismo: Viena y yo teníamos que conocernos, en algún lado estaba escrito.
21 de agosto de 2024. Esa fue la fecha en la que compré mi tren a Viena. Y sí, por supuesto que me fui en tren. ¿Acaso no leyeron la parte en la que Before Sunrise formó mi idealización del amor? Todo acerca de este viaje me emocionaba. Era como si estuviera esperando que algo mágico ocurriera, como si cada pieza del guión hubiera sido escrita para llevarme a este giro en la trama. Qué cosa extraña, las expectativas. ¿Cómo podía estar tan segura de que no me iba a decepcionar? Llámenlo intuición o quizás soy una romántica empedernida, pero mi confianza en Viena nunca vaciló. Algo había, tenía que haberlo.

Sin embargo, apenas puse un pie en la estación de Viena, no sentí nada. ¿Cómo podía ser? Si al fin había llegado, ¿dónde estaba la magia? Empecé a caminar hacia mi hostel y los edificios modernos me devolvían a Buenos Aires o a Nueva York. Todo me resultaba familiar, nada fuera de lo común, nada mágico. Seguí caminando, llegué a mi hospedaje, me cambié y salí hacia el centro de la ciudad en busca de algo de comida. En busca de algo mágico.
La caminata fue un tanto más larga de lo que me hubiera gustado para ser más de las diez y media de la noche. Un puesto de salchichas me esperaba en una esquina, y la Ópera de Viena me ofreció el primer impacto imperial de la ciudad más nostálgica que jamás haya pisado. Los techos eran turquesas y las fachadas parecían acompañar a las verdaderas protagonistas de la ciudad: las estatuas. Todo era alto, inmenso, abrumador. No había respuestas para la pregunta de por qué tenía que estar ahí, pero seguí buscando, con un panchito en la mano y un cuaderno a medio escribir.
La noche en Viena se ilumina con faroles que te transportan a cualquier tiempo, excepto al presente. Miro hacia arriba, me hipnotiza el turquesa oscuro. Me pregunto cómo será durante el día. Me alegra saber que mañana lo voy a ver. Miro hacia la derecha y mi mirada se detiene en una terraza. Es hermosa. Es hermosa porque la conozco. Me resulta familiar, la veo en una escena, en una conversación, en un amor. La terraza de Jesse y Celine.

No soy de las personas que se obsesionan con visitar locaciones de películas. Nunca me llamó la atención hacer contenido sobre ello ni encuentro una gran emoción en esos lugares. Es importante que lo sepan porque lo que me ocurrió en la terraza del museo Albertina en Viena fue algo que jamás me hubiese esperado. Al subir las escaleras mecánicas, sentía que todo se aceleraba dentro de mí y las escenas de la película aparecían en mi mente como recuerdos de un amor que nunca viví. Todo era tan extraño, tan hermoso. Los veía a ellos, enamorándose con cada charla, con cada mirada, con cada ilusión que surgía a medida que se conocían. Vi cómo algo ficticio se volvía realidad, y yo tenía el privilegio de presenciarlo.
“I feel like this is some dream world we’re in, you know?” “Yeah, it’s so weird. It’s like our time together is just ours. It’s our own creation. It must be like I’m in your dream, and you’re in mine, or something.”
Los diálogos emergían en mi memoria y la escena se plasmaba frente a mis ojos. La terraza del Albertina ya no era mía ni de Viena, era de ellos. Para Jesse y Celine. Así estaba escrito en una columna, y así mis días en esa ciudad fueron completamente resignificados. Al sentir las lágrimas en mis mejillas, igual que las sentí cuando vi los nenúfares de Monet, entendí que no se trataba solo de una película o de una historia que había marcado mi vida, sino de la belleza de resignificar los lugares a través del amor.

Enamorarse es el acto más surrealista que una persona puede experimentar. Una primera conversación tiene el enorme poder de ser ese evento que nos da vuelta la vida. Cuando las palabras parecen apresurarse por salir de nuestra boca, es como una advertencia en silencio, esa que nos dice que, sin darnos cuenta, nos estamos volviendo cada vez más vulnerables. Todo acerca del amor nos marca; nunca se ama de la misma forma, ni volvemos a ser quienes éramos antes de esa primera conversación. Algo parecido sucede con los lugares que fueron testigos de ese amor.
La última escena de Before Sunrise siempre me resultó fascinante. Una serie de locaciones filmadas a plena luz del día, todas reconocibles si las vimos hace apenas unos minutos. Sin embargo, algo en ellas cambió. Ya no son pasillos ni terrazas en Viena, ni puntos turísticos en una guía; son escenarios de un amor, resignificados para siempre. Es como un café italiano que ya no podes visitar sin pensar en un americano doble, o una calle que tiene nombre y apellido y parada de colectivo. Todo se resignifica a partir de un amor porque la creación de un universo lleno de palabras, chistes internos , canciones y lugares es inevitable.

Lo maravilloso de la trilogía Before es que siempre se sintió como adentrarse en la intimidad de un encuentro. Observamos cómo dos miradas se encuentran y cómo, con cada paso dado en Viena, sus cuerpos se sienten más cómodos el uno con el otro. Sin siquiera darnos cuenta, estamos completamente inmersos en una historia ajena, una que se nos permite observar desde nuestras propias experiencias y con el saber de que una conexión humana es una de las casualidades más inusuales que existen. Y así, de alguna manera, nosotros también nos enamoramos de la mano de Jesse y Celine.
No sé si fue la terraza del Albertina o los cientos de "Jesse & Celine" que vi escritos con marcador, pero algo en Viena me hizo ver la belleza en la nostalgia. En un mundo donde el paso del tiempo es nuestro peor enemigo, encontrar una ciudad donde todo se conserva con la magia con la que fue creado me enternece, y quizá ahí reside la razón de mis lágrimas. En que si Jesse y Celine decidieran bajarse de ese tren una vez más, 30 años después, podrían hacerlo todo otra vez. Como si fuera la primera vez.



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