
Terrence Malick, además de ser un talentoso cineasta, estudió filosofía y, en una corta carrera docente, llegó a enseñar a autores como Kierkegaard y Heidegger. Formación existencial que claramente influyó en muchas de sus películas. Incluso es sus últimas, de más corte documental como Voyage of Time: Life's Journey (2016), su búsqueda filosófica se volca en una investigación sobre los orígenes del universo. Dueño de un estilo inconfundible: sus primeras películas están llenas de poesía visual y una profunda conexión con la naturaleza, donde los personajes, ricamente delineados, enfrentan dilemas éticos, psicológicos y existenciales.
Malick ha sido, además de filósofo, un cronista silencioso de la desilusión en la cultura estadounidense. Su cine, particularmente Badlands, su ópera prima, refleja no solo el trauma y el sinsentido que dejó la guerra, sino también el sentimiento de alienación de las generaciones posteriores. En medio de las apacibles y ordenadas vidas suburbanas de Dakota del Sur, Malick exhibe la impotencia de una sociedad que trata de reconstruirse tras haber perdido su brújula moral. Es un cine que, en su exploración de la violencia, la desesperanza y la pérdida de identidad, sigue evocando las cicatrices profundas de una nación que no puede ocultar su sufrimiento bajo las banderas ondeantes de la estabilidad y el progreso.

Holly Sargis, de 15 años (interpretada por Sissy Spacek, famosa por Carrie), vive atrapada en la monotonía suburbana, en una existencia marcada por reglas rígidas y un entorno que ahoga sus esperanzas. Su vida cambia cuando conoce a Kit, un recolector de basura de 25 años (Martin Sheen, Apocalipsis Now), que irrumpe en su aburrida rutina como una brisa de aire fresco. En el desgastado pueblo de Fort Dupree, ambos encuentran en su conexión la oportunidad de escapar. Juntos deciden emprender una huida, no solo de su entorno inmediato, sino de una atmósfera opresiva que parece envolver todo el país, un lugar donde las oportunidades de liberación son escasas.
Kit, con su chaqueta de jeans, cigarrillo en la boca y botas extravagantes, representa la rebeldía, mientras que Holly, protegida y sobreprotegida por su padre, es la encarnación de la inocencia. Aunque no hay un amor verdadero entre ellos, sí comparten momentos de intimidad y ternura. Su conexión no es romántica, sino el resultado de un deseo común por autonomía y libertad. La acción que sella su destino conjunto es el asesinato del padre de Holly, cometido por Kit. A partir de ahí, su huida se convierte en una persecución de ilusiones, una carrera por escapar de la desilusión colectiva, donde las esperanzas se ven constantemente reemplazadas por engaños sombríos.

La narrativa visual de Badlands (1973) es reflejo del estilo, y yo diría que la Ars Poética, de Terrence Malick, quien desde esta obra inicial comenzó a perfeccionar la estética que más tarde puliría en filmes como The Thin Red Line, The New World y The Tree of Life. La película está llena de paisajes naturalistas que invitan al espectador a perderse en su belleza, aunque esa misma belleza solo es un respiro temporal en un viaje marcado por la inevitabilidad de la pérdida y la desesperación.
A diferencia de El ángel con la mano asesina (1968), una película que también trata sobre el asesinato de un padre, Holly no manipula a Kit ni a nadie más. Ambos son auténticamente ellos mismos, criaturas profundamente neuróticas surgidas de las sombras del sueño americano. Gracias a su apariencia inofensiva y naturalidad, lo que podría parecer un idilio se convierte en una pesadilla. Esta dualidad ya había sido explorada en películas como Gun Crazy (1950) de Joseph H. Lewis y Bonnie and Clyde (1967) de Arthur Penn, donde los autores jugaban con la normalidad aparente de sus personajes, que finalmente se revelaban como asesinos despiadados. Pero pocos filmes logran moverse con tanta precisión sobre la delgada línea entre la fascinación y el horror como Badlands.

Malick, influenciado por Penn, quien protegió al joven director, creó un thriller romántico que se convirtió en uno de los clásicos del cine estadounidense de los años 70 y uno de los mejores ejemplos del subgénero “amantes en fuga”. Cinco años después de Badlands, Malick dirigió el drama histórico Días de gloria (1978), cuya producción se extendió varios años, agotando al perfeccionista director. Este desgaste lo llevó a retirarse del cine durante dos décadas, hasta su regreso triunfal con La delgada línea roja (1998). Sin embargo, su ópera prima sigue siendo una de las joyas más brillantes del cine estadounidense y una referencia imprescindible para los thrillers de parejas fugitivas.
A diferencia del clásico de Penn, Badlands no es una película que trate sobre cómo la sociedad convierte a los asesinos en celebridades. A medida que Kit se deja llevar por su nuevo papel, empieza a perder su identidad, disolviéndose en el imaginario colectivo como una figura icónica. Cada gesto suyo, cada movimiento, deja de ser propio para convertirse en parte del folclore urbano.

El debut de Malick tiene, además, un claro sabor a la nouvelle vague, que, a su vez, se vio influenciada por el cine estadounidense. Godard ya había creado sus propios Bonnie y Clyde obsesionados con las armas en películas como Al final de la escapada (1959) y Pierrot, el loco (1965). Pero Malick, como cineasta norteamericano, no necesita recurrir a influencias ajenas. Lo que toma de Godard es el método para deconstruir la realidad en sus elementos esenciales, que se transforman en símbolos de la cultura estadounidense: el auto, la chaqueta de jean, la línea divisoria de la carretera, los sombreros de los policías. Entre Godard y Edward Hopper, Badlands crea su propia mitología y arquetipos. La voz en off de Holly, con su tono delicado, nos acompaña durante todo el relato, mientras los protagonistas, como los personajes de Godard, escapan de la civilización hacia la calma veraniega de los bosques y los ríos.

Badlands no solo divide el mundo entre ricos y pobres, criminales y ciudadanos respetables. Malick profundiza la historia con la fuerza visual de los paisajes naturales y el eco de las ideas de Henry David Thoreau, el famoso ermitaño querido por los hippies. Los protagonistas se refugian en un mundo pastoral e idílico, del que finalmente son arrancados por cazadores atraídos por la recompensa que ofrecen por sus cabezas. Y así, caen tres cadáveres más.
La tonalidad meditativa del filme sobre los asesinatos parte del deseo de Malick de resaltar los ritmos tranquilos de la naturaleza, algo que también se siente en la selección musical pausada. Si quisiéramos leer más signos y detalles sensibles de la película que sean metonimia de la crítica social de fondo podemos hacerlo. La presión que impone la sociedad y su culto al éxito se manifiesta en la figura encorvada de Kit y su mirada inquieta y sombría. Holly, por otro lado, observa todo con ojos abiertos, como una nativa americana, aunque al final, la fatiga por la violencia y la vida errante consume su espíritu.

Es entonces cuando los caminos de los protagonistas se separan. Kit, capturado por la policía, obtiene sus ansiados quince minutos de fama. Como una estrella de rock, pero con grilletes, reparte recuerdos a los oficiales y responde sus preguntas. De este modo, Malick muestra cómo la sociedad alimenta la violencia y, a menudo, carece de reflexión sobre las acciones que llevan a caminos sin retorno.
En esta saga trascendental, mientras algunas vidas se apagan, otras conciencias despiertan. El debut de Malick es valioso precisamente por ofrecer una nueva perspectiva sobre una historia tradicionalmente americana. Películas como La trampa (1993) de Pollack, Asesinos por naturaleza (1994) de Stone o Elephant (2003) de Van Sant no habrían sido posibles sin esta obra maestra del Nuevo Hollywood que siempre vale la pena revisitar.




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