Silvia Prieto: inquietante cotidianidad 

Existe un subgénero en el cine el cual es uno de los más particulares e intrigantes; uno en el que pareciera no tener un conflicto principal y los personajes no pasan por sobresaltos y hasta parecen mantener una historia completamente normal sin nada que parezca sacado de una cinta. Pero lejos de parecer que no está pasando nada, está pasando mucho y por lo general, todos nos vemos reflejados en esas personas. Silvia Prieto de Martín Rejtman forma parte de este estilo, el cual pareciera tener una relación muy fuerte con un movimiento japonés llamado “iyashikei”. Repasemos uno de los grandes clásicos del cine argentino a 25 años de su estreno.

Silvia Prieto acaba de cumplir 27 años y quiere cambiar su vida. Está segura de ello. Lleva la cuenta de cuántos cafés sirvió en su trabajo y la cotidianidad parece estar abrumándola. Ella está divorciada y solo tiene la compañía de un pájaro que no canta, pero la crisis en ella aparece cuando se entera que existe otra mujer con su mismo nombre. La llama y corta; no quiere saber nada con ella. La monotonía de su vida se siente hasta en su voz, algo que se repite en los demás personajes de la película. En toda la cinta vamos a pensar que estas personas parecen más robots que humanos por la forma en la que hablan, pero es una búsqueda del director.

La simpleza de la vida y la cotidianidad se siente en cada diálogo, en cada plano y en cada gesto: la película tiene muchas formas de hablar y comunicarse con el espectador. Si hay que destacar algo de Silvia Prieto son los diálogos, ya que así de monótonos como son, tienen una punzada e inteligencia absoluta en cada interpretación de Rosario Bléfari, Valeria Bertuccelli, Vicentico o Marcelo Zanelli. Cada uno de ellos tiene una forma diferente de encarar su vida y queda demostrado perfectamente en todas las interacciones. Sin dudas, esta forma es una de las más difíciles de contar historias por lo tanto, cada detalle cuenta.

Si se quisiera enmarcar a Silvia Prieto en un género podría ser comedia (no la típica de chistes absurdos, sino una comedia más sarcástica de la vida argentina), drama o hasta, por qué no, coming of age. Pero yendo más lejos, hay un subgénero japonés llamado “iyashikei” que tuvo su origen a mediados de 1970: se lo entiende como calmante o reconfortante. Principalmente, es usado en el ánime o manga y por lo general, son historias con atmósferas pacíficas y nostálgicas, sin conflictos y con una apreciación a la vida. A su vez, se desprende también de un género conocido como “slice of life” (rebanada de vida), presente en infinidad de películas. Un ejemplo claro actual con ambos géneros es “Perfect Days” de Wim Wenders.

Martín Rejtman buscó claramente este estilo en Silvia Prieto: uno se siente completamente compenetrado con la vida de la protagonista, en la que alguna vez nos hemos sentido como ella. Perdidos o en busca de algo nuevo que nos haga sentir vivos. Acompañados siempre por familia y amigos, la cotidianidad a veces es una belleza encubierta de caos y queda en nosotros manejarla e intentar cambiarla. Por eso, esta cinta a pesar de ser de 1999, se siente tan presente ahora porque son temáticas que nunca tendrán fecha de vencimiento: el encontrarse a uno mismo y ese camino que recorremos siempre estará en la vida.

Verla ahora genera también una nostalgia completa: la fotografía de la película es absolutamente espectacular y se mantiene como una de las cintas argentinas más hermosas en ese aspecto. Además, ni hablar de la hermosa y querida Rosario Bléfari, uno de los talentos nacionales más infravalorados que hemos tenido y que por desgracia nos dejó mucho tiempo antes. Silvia Prieto es un espejo de nuestra sociedad y de todas las historias que tenemos por contar.


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