Lo que Riverdale se llevó  

Hace unas semanas, una amiga me pidió encarecidamente que le diera una oportunidad a una serie de Prime Video cuyo nombre no me llamaba en absoluto, y su premisa, aún menos. My Lady Jane era el título, y narraba una historia alternativa de Lady Jane Grey, ex reina de Inglaterra, donde todo se volvía un poco más fantástico y sexy. Un "enemies to lovers", una historia de época, y un protagonista masculino que me parecía atractivo. ¿Cómo es posible que, a pesar de todo eso, My Lady Jane seguía sin tentarme lo suficiente? Bueno, esto tiene poco que ver con la fórmula y más con la ejecución de la misma, a la que ya estamos acostumbrados.

Déjenme explicarles. Yo crecí con series como Gossip Girl, The O.C., One Tree Hill, Pretty Little Liars, Buffy The Vampire Slayer, y podría seguir mencionando cientos de series que me enseñaron las bases del drama, el romance, y la nobleza de un buen teen drama. De más está decir que la mayoría de estas series tuvieron su buena cantidad de errores, y muchas no supieron terminar su historia a tiempo. Creo que esto se relaciona con la cantidad de episodios que presentaban por temporada y lo diferente que era la construcción de los mismos cuando se hacían para la televisión y no para un servicio de streaming. Pero volviendo al tema que nos compete, quizás sea la nostalgia crónica que me caracteriza, pero no puedo evitar pensar que algo murió junto con la televisión: esa ejecución maravillosa de las series de drama.

El paso de los años trajo consigo un par de reglas nuevas, implícitas, claro, que establecieron ciertas condiciones para las series. Muchos lo llaman “agenda”, el deber llama, la cultura de la cancelación no para de atacar, y lo único que resta es empezar a pedir permiso antes que perdón. Las parejas no pueden mostrar comportamientos tóxicos, las mujeres son incapaces de llevarse mal, y si lo hacen, tienen que eventualmente reconciliarse. Todo tiene un final feliz, los amores son predecibles, la química pasa a un segundo plano, y quizás lo único que importa es que haya una canción conocida de fondo para atraer a la audiencia y armar toda una campaña de marketing alrededor de ella.

Estoy convencida de que la muerte de la televisión y de todo aquello que me crió terminó con el final de Riverdale, una serie que muchos llegaron a detestar y otros pudieron disfrutarla por lo que realmente fue: camp. Disparatada, impredecible, ridícula y, disculpen la palabra en inglés, pero no encuentro una traducción exacta en español: unapologetic (sin pedir disculpas). Todavía recuerdo el día que vi el tráiler de Riverdale. The Vampire Diaries había estrenado su última temporada, Pretty Little Liars empezaba su final, y todo parecía llegar a su última parada. Era el año 2017, yo tenía 19 años, y mi vida se basaba en ir a la facultad, volver a casa, merendar, ver los episodios que tenía pendientes de mis series, disfrutar edits de mis parejas favoritas (los mejores estaban en Instagram), y empezar a vivir mi propio teen drama en la vida real. Y es que eso era lo gracioso de todas estas series: los problemas que los personajes tenían en la secundaria, uno los empezaba a vivir recién en la vida universitaria (bueno, quitemos el tema de salir con vampiros).

También recuerdo que cuando se presentó el elenco de Riverdale, nadie conocía mucho a ninguno, salvo por el anticipado regreso de Cole Sprouse a la actuación, y aun así, creo que de ese elenco salieron estrellas (Lili Reinhart y Charles Melton fueron a la escuela de Riverdale, y yo a eso le tengo mucho respeto). También recuerdo que a medida que iban pasando los capítulos y temporadas, las plataformas crecían, se anunciaban nuevas series, algunas demasiado serias para mi gusto, y otras con temáticas que no me llamaban en lo absoluto. De a poco fui perdiendo los episodios pendientes para ver: The 100, The Originals, todas mis series iban llegando a su fin y no había tráiler que me consolara. De pronto, las temporadas se estrenaban de un saque, no crecía la anticipación entre capítulos, y todo se apresuraba para que las historias encajaran en tan solo ocho míseros episodios. Pasé de tener nuevas temporadas cada medio año a tener que esperar dos, un juego siniestro en donde se pierde el hilo y la emoción por lo contado.

Ya que tocamos el tema de lo siniestro, creo que podría hablar de la carencia de ships que tenemos hoy en día. En este viaje que estoy haciendo, me descargué toda la segunda temporada de One Tree Hill para ver en trenes y aviones por un único motivo: Brooke y Lucas. Claro está que esta es una serie que he visto reiteradas veces, y aun así, siempre vuelvo a los lugares donde fui feliz. El tema es que gran parte de esa felicidad se debe a mis ships, aquellas parejas que me hicieron enamorarme del amor. Para mí, el romance debe ser uno de los principales elementos en los que deben pensar los productores y guionistas al crear una serie, porque cuando todas estas historias de vampiros y adolescentes empezaron a fallar en su trama, lo único que me mantuvo allí sentada fueron los ships.

A partir de la quinta temporada, podría haber abandonado The Vampire Diaries, y aun así, vi hasta el último capítulo de la serie por la promesa de que Klaus y Caroline se reencontraran. Me senté a ver The Originals por la misma razón, y hasta consideré darle una oportunidad al peor spin-off de la historia, Legacies, por la ilusión de que me dieran una escena de Hope y Caroline hablando de Klaus (qué oportunidad tan desperdiciada, en estos momentos me pregunto por qué no fui guionista). ¿A qué punto quiero llegar con todo esto? A que quizás esa sea la razón por la cual no me declaro fan de ninguna serie actual, ni de aquellas que basan todo su guion en ser una historia de amor para gustar. Bridgerton o The Summer I Turned Pretty, por ejemplo, dos series que siguen el modelo, buscan recrear la fórmula, entienden lo que busca la audiencia, y aun así, ninguna pareja de las que presentan logra atraparme de la manera en que todas las anteriores lo hicieron.

Y así llegamos a la serie que nos compete, y en realidad la que fue el puntapié perfecto para esta nota: My Lady Jane. Fiel a mi profesión, y a los ships, me senté a ver los ocho capítulos de la primera (y única, al parecer) temporada de esta serie, y me encontré con un conjunto de sentimientos bastante contradictorios. Una parte de mí se vio atraída por el enemies to lovers que se planteaba, y personalmente me gustó mucho el enfoque en la lujuria como primer instinto, y no en un amor que surge de manera apresurada. Sin embargo, no me dolió su cancelación ni tampoco fui a buscar edits de la pareja, lo cual es la mayor señal de que un ship no me terminó de enamorar. No voy a ser fatalista porque sé que a varias personas les gustó mucho esta pareja y serie, y en parte, me siento a escribir esta nota para encontrar alguna respuesta o debatir acerca de qué es lo que ocurre con las series actuales que no logro conectar como antes. ¿Será que el factor fantástico me pareció demasiado malo? ¿Tendrá que ver con la duración? ¿Acaso estoy en búsqueda de algo que murió junto con el camp de "Riverdale"?

No encuentro respuestas, así que sigo con mi rewatch crónico.

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