Está la discusión eterna de si The Bear (Idem), la sensacional serie creada por Christopher Storer, es una comedia o un drama. Creo que si bien tiene momentos de una profunda intensidad -y densidad- dramática, hay algo en su respiración, en su tono, en lo imprevisible de algunos movimientos, que la evidencian como una comedia hecha y derecha. Como una comedia neurótica, claro que sí, repleta de personajes al límite que explotan habitualmente y que usan esa combustión para relacionarse con los demás. Y si bien el uso del montaje clipero, la música con el volumen a mil y la crispación de algunas actuaciones hacen de lo deliberadamente intenso una marca autoral de la serie (en ese sentido el episodio Fishes -Idem-, de la segunda temporada, es una suerte de emblema), tengo para mí que los mejores capítulos son esos en los que los personajes alcanzan cierta paz, en los que las revoluciones se bajan y las epifanías se logran gracias al contacto de cada uno con la comida, con su profesión, con eso que los apasiona. Y ese no deja de ser otro de los grandes aciertos de The Bear, saber encontrar el tono de cada episodio hasta que no podamos diferenciar si cada historia que cuenta pertenece a la misma serie o en verdad estamos ante un multiverso en el que coexisten lo alto y lo bajo, lo sublime y lo prosaico, lo furioso y lo apacible. Un multiverso -claro está- donde conviven estos superhéroes de la clase trabajadora que son los protagonistas de The Bear.
En la tercera temporada, emitida este año, tenemos un enorme ejemplo de esos capítulos pacíficos de la serie, el sexto, titulado Napkins (Idem). La tercera temporada cuenta el camino que recorrieron varios personajes hasta llegar a The Bear, el restaurante dirigido con mano de hierro por el chef de alta cocina -y neurótico profesional- Carmen “Carmy” Berzatto (Jeremy Allen White). Precisamente Napkins está centrado en Tina Marrero (Liza Colón-Zayas), a quien en la primera temporada habíamos odiado un poco por su recelo y su resistencia a los cambios que “Carmy” quería generar, pero que (como la mayoría de los personajes de la serie) atraviesa un proceso de aprendizaje que la hace crecer como profesional de la gastronomía y -muy especialmente para los espectadores- como personaje. Hoy Tina es una de nuestras favoritas y el episodio, dirigido por Ayo Edebiri (la cocinera Sydney Adamu en la serie) con una sensibilidad que nos hace pedir más de su parte, nos permite descubrir su situación previa a su ingreso al restaurante. Napkins nos muestra la crisis que atraviesa Tina cuando es echada del trabajo en el que estuvo 15 años y la serie de entrevistas laborales fallidas hasta su ingreso al Original Beef of Chicagoland, la sandwichería dirigida por el ya mítico Michael Berzatto (Jon Bernthal). Es un capítulo que respira cotidianeidad, clase trabajadora, retrato social, inmigración, urbanidad, pero con una amabilidad y un cariño por los personajes que lo vuelven absolutamente entrañable. Y, obviamente, muy emocionante.

Edebiri trabaja con un montaje rápido ese día a día de Tina con David (Davia Zayas), su marido, en una repetición que va mostrando la angustia de la mujer en los pequeños gestos. Pequeños gestos que, en la acumulación, terminan siendo un retrato de la frustración: cada vez que Tina va a un comercio o empresa para dejar su currículum, el desinterés de quienes la entrevistan, o ni siquiera eso, replica un esquema de alienación que bien conocemos en las ciudades. Sin embargo la forma en que Tina y David se acompañan, sin dejar de evidenciar sutilmente ciertas estructuras del hogar (ella es la que cocina, mientras el hombre va al trabajo), es un remanso a tanta amargura y dolor. Esos momentos de intimidad, una palabra de aliento, un beso o simplemente un abrazo que no precisa palabras, son momentos que Napkins construye como espacios donde nos gustaría quedarnos a vivir. Y resulta mágico -a la vez que una muestra de la versatilidad de la serie- pensar que este episodio convive dentro del mismo universo (o multiverso) con otros en los que los protagonistas se maltratan y aporrean por el retraso en la salida de un flan o la cocción de un filete.
Hay algo que The Bear logra como pocas ficciones norteamericanas y que tiene que ver con el retrato del mundo del trabajo. No conozco el pasado ni la historia de Christopher Storer, pero sin dudas que hay en su mirada un conocimiento y un cariño por ese universo y sus habitantes, que es inusual. En un tiempo donde cierta aplicación al trabajo es demonizada, y nunca falta la ficción que condena al papá o la mamá que trabajan demasiado (siempre el que trabaja es un workaholic, no hay forma de que sea diferente), es un placer ver una serie donde la vida personal de los personajes se filtra sólo a través del trabajo y de lo que saben hacer, de la pasión y la vocación por una tarea que resulta tan fascinante como la gastronomía. La serie de detiene por momentos en planos fijos e hipnóticos de alguien cortando vegetales o decorando un postre. Y podríamos estar viendo sólo eso y nos quedaríamos largos minutos obnubilados frente a la pantalla. Pero cuidado que tampoco hay idealización en la superficie áspera de la serie, ni una condena definitiva, más allá de una mirada crítica sobre ciertos métodos de enseñanza que recurren al maltrato psicológico. Dicho esto, “Carmy” podría ser tranquilamente un alumno del Fletcher de J.K. Simmons en Whiplash (Idem) o la conversión final del Andrew que interpretaba Miles Teller. Lo curioso de The Bear es que si por momentos parece un retrato documental, no disimula nunca su carácter ficcional, incluso si esa ficción integra elementos de la fábula o el cuento de hadas o el fantástico. Porque “Carmy”, digámoslo, parece por momentos un superhéroe o porque, como en el cierre de la primera temporada, todo se resuelve con un pase de magia impropio de ese verosímil de hierro que se propone por momentos.

La resolución de Napkins es un ejemplo de todo esto que decimos. Tras varias reuniones fallidas, Tina luce angustiada, no sólo porque no consigue trabajo sino porque eso podría significar que va a tener que mudarse de la linda casa que comparte con David. Su viaje a un edificio de lujo está rodeado de una expectativa inusual, sin embargo en la recepción la frustración surge nuevamente ante un recepcionista que ni siquiera se digna a mirarla a la cara cuando le avisa que la convocatoria había sido cerrada y ya no precisaban más postulantes. Esa instancia lleva a otra, un colectivo que se demora más de 30 minutos y la necesidad de matar el tiempo. El azar, elemento mágico que está presente en The Bear, y que rompe con la lógica de personajes concretos, fácticos, que se imponen por sus conocimientos y especialidades antes que por la suspensión de la credulidad. Pero el azar es lo que hace que Tina termine en el Beef. Su caminata por el salón, observando la locura de los Berzatto (y el espectador está varios pasos por delante de la Tina de ese momento), tiene un carácter fundacional, como si la mujer descubriera paso a paso ese lugar clave para su futuro. Luego un café y un sándwich gratuito (otra vez el azar) la llevan a buscar una silla y una mesa, donde termina llorando la bronca contenida, lo que llama la atención de Michael. La conversación que le sigue entre ambos es otro de esos momentos mágicos de la serie, un diálogo escrito y actuado con una precisión digna de una serie que está en un lugar de seguridad donde todo lo que apuesta le sale bien, un lugar al que muy pocos pueden llegar, por cierto. La charla transita territorios dramáticos, pero tiene el humor de dos personajes que, todavía distantes, pertenecen a un mismo mundo, el de los laburantes, el de los superhéroes laburantes.
Un trabajo del que te echan después de 15 años, una búsqueda laboral extensa y frustrante, un recepcionista que atiende mal, un colectivo que no llega a tiempo. El azar, lo fortuito, la sumatoria de elementos arbitrarios que van formando eso que nos gusta llamar destino. Destino, el de Tina, que en el último plano toma el delantal de Beef como si fuera el traje de la superheroína de la clase trabajadora que es. Ese solo gesto tiene un doble movimiento emocionante: porque es el final del camino torturante, pero el comienzo de otro camino fundamental en la vida del personaje. Napkins, una obra maestra de tan sólo 34 minutos.



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