Encontrémosnos en los sueños: Paprika (2006) 

La legendaria película Paprika (2006) cuenta con pocos años en su haber pero sin dudas transforma a todo aquel que ha podido mirarla. Clara inspiración (¿o acaso será plagio?) para la creación de Inception (2010) del aclamado Christopher Nolan, esta obra de Satoshi Kon (1963 - 2010) ha marcado un ante y un después en la ciencia ficción animada.

El director japonés fue reconocido por su impresionante filmografía: Ha sido el creador de Perfect Blue (1997) y Tokyo Godfathers (2003), entre otras. Antes de forjar su carrera como director, trabajó para grandes artistas como Katsuhiro Otomo, siendo su asistente y también trabajando como diseñador de la película Roujin Z (1991), y con Koji Morimoto, con quien guionó uno de los cortometrajes que conforman Memories (1995) de Otomo. Como vemos, su labor en obras importantísimas también dan cuenta del camino que tomará después. Todas ellas -tanto las que ha dirigido como en las que ha participado de otro modo-, poseen algunos elementos en común que hacen a un estilo marcado como director, en tanto pone el foco en la profundidad subjetiva de los temas que aborda y, por ende, complejiza a los personajes presentados. Principalmente, el paralelismo entre realidad y ficción, entre escenario diurno y escena onírica son la estofa con la que todas estas imágenes animadas trabajan. Y Paprika es el ejemplo por antonomasia.

Esta historia está basada en una novela homónima de Yasutaka Tsutsui, cuyo estilo ha resultado más que polémico, ya que usualmente escribía sátiras respecto a temas tabú en Japón. Además de Paprika, es el autor de Toki wo Kakeru Shōjo, mejor conocida como La chica que saltaba a través del tiempo cuya historia fue adaptada a la pantalla grande en 2005 por Mamoru Hosoda. Pero volviendo nuevamente al anime que aquí nos convoca, podemos decir que su premisa es simple aunque novedosa a la vez: ambientada en un futuro no tan lejano ni tan distópico, una joven psiquiatra, la doctora Atsuko Chiba, que trabaja para una importante corporación, implementa un experimento inusual. Se trata de un dispositivo tecnológico nominado como Mini DC que permite ingresar en los sueños de los demás, observarlos y dejar registro de ello. Por supuesto, toda invención tecnológica es un arma de doble filo, en tanto que permite desarrollar avances científicos y, en muchas ocasiones, mejorar la calidad de vida de los sujetos. Pero, claro está, toda tecnología implica una posición de poder y si cae en las manos equivocadas puede desencadenar una catástrofe peligrosa. Hacia allí se dirige el nudo conflictivo de la película que, con algunos enredos y peripecias, nos introduce en los avatares del encuentro (nunca fructífero y casi siempre contraproducentes) entre la tecnología y lo humano, casi a la manera en que el cine de David Cronenberg lo trabaja. Cuando este dispositivo fue pensado para mejorar los padecimientos subjetivos de aquellos que se encontraban bajo tratamiento psiquiátrico, algo diferente acontece. Se sustraen varios de los dispositivos tecnológicos sin saber quién lo tiene en sus manos (y por ende, bajo su poder), desatando una serie de daños inconscientes irreparables en cada sueño tocado. Allí, la Doctora Chiba deberá hacer aparecer su alter-ego, Paprika, quien puede ingresar a los sueños como si fuera una figura imaginaria más, y leer aquello que no puede leerse desde afuera.

Paprika es un trabajo fiel y finísimo respecto al mundo de los sueños, ese escenario que, aunque tan propio, nos resulta tan ajeno. Usualmente, cuando nos despertamos nos cuesta reconocer los fragmentos de aquello soñado y nos preguntamos el por qué de algunas imágenes, como si las mismas no fueran una traducción de nuestros sentires más cercanos, que no queremos reconocer. Aquello que perturba, eso que es temido, lo que es anhelado, todo eso se muestra de manera desdibujada.

En Paprika se presenta una posibilidad inusual: poder compartir los sueños, poder recordar el contenido de los mismos y que otros puedan participar, algo que no debiera suceder jamás. Por algo cuando despertamos hay elementos que se presentan tan borrosos que caen en el olvido: no es necesario tener noticias de ello. Si nos anoticiamos nos avergonzará, trataremos de desconocerlo, ya que en algún punto entra en conflicto con la manera en que llevamos la vida diurna. Allí, en esos escenarios oníricos, el inconsciente se revela como tal, y saberlo así, sin velo, es cuanto menos trágico. No es tanto que los sueños nos permitirían conocer esas verdades tan deseadas, sino que son temidas. Es lo que nos deja dormir, poner un corte a la vida cotidiana, a ese torbellino de emociones y pasar a otro escenario, donde esas emociones se despliegan en un continuum de imágenes que no responden a la lógica de la realidad efectiva. Por eso, como nos enseña Paprika, en los sueños coexisten y conviven épocas, civilizaciones, dualidades, todo está allí junto, mezclado, superpuesto sin contradecirse. No hay lógica causal ni lineal que pueda entrometerse en la operatoria del trabajo de los sueños, tan alocados como la figura de Paprika. Ella es la única que conoce las reglas del juego del terreno onírico, puede entrar y salir de ellos totalmente ilesa, con esa fugacidad y viveza propia del inconsciente, que logra dejarse ver un poco, aparecer un chiste, hacernos avergonzar con un lapsus o interpelarnos en un olvido.

Es cuanto menos Fellinesco ese festín ruidoso y circense que se repite siniestramente en algunas escenas. Quienes vieron o verán Paprika recordarán profundamente la canción titulada Parade, esa canción tan característica que aparece y desaparece, se desdibuja y se desconoce, pero que apenas uno vuelve a escucharla produce cierto cosquilleo. Como el acto en los sueños, donde aparece algo desdibujado que anoticiamos y no queremos incorporar como propio. Ese cosquilleo se renueva con un tinte ominoso y desconocido. No importa, a fin de cuentas, quién ha robado los dispositivos. Eso es claramente anecdótico en la historia, funciona como puntapié para realizar un viaje sinfin de saltos ficcionales entre mente y mente, entre usuario y usuario. En ellas, Paprika es el vehículo para visibilizar los disparates y profundidades que puede alcanzar el inconsciente con su trabajo nocturno. En ese punto, el alter ego, o doble -si se quiere pensar en los códigos del cine negro- de la Dra. Chiba funciona como entridad, como pasaje entre ambos registros, permite los saltos armónicos entre lo que no posee armonía alguna; instaura diálogos entre inconscientes de sujetos que jamás podrían entrar en relación. Por sobre todo, hace que se vea sencillo el hecho de entrar y salir de un escenario onírico, aunque no sin golpes, sin trastocamientos. Es que, cuando uno se topa con esa otra realidad, con esa otra escena como bien lo llama el psicoanálisis, resulta imposible salir ileso. Y ello Paprika lo demuestra punto por punto, con sus desgastes y desafíos, con sus torpezas y aciertos, con su enamoramiento inesperado y su sensibilidad a flor de piel. Aunque carezca de corporalidad, esa otra singularidad de Chiba que es Paprika comienza a hacerse carne y convertirse en entidad visible. En esta ambiciosa cinta surrealista, conviven todos los escenarios, como en los sueños. Y poco importan, a fin de cuentas, los por qué, las razones y las causalidades. Nos quedamos saltando y danzando en un desfile colorido de arbitrariedades un tanto disparatadas, como Paprika con su toda su personalidad. Extrovertida, perspicaz y vital. La pregunta queda entonces, respecto a si Paprika vive sólo en nuestros sueños, como esa figura femenina de Brazil (1985) de Terry Gilliam, o si es algo más, un destello en la vida diurna.

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