Un rostro en la piedra se ilumina mientras la siniestra música de Tangerine Dream comienza a resonar. Si uno fue al cine esperando ver una película de fantasía, como parecía ser por el título ligado a la hechicería (“sorcerer” en inglés significa “hechicero”) y por el director que venía de hacer El exorcista, este primer fotograma iría de la mano de aquel tipo de cine. Sin embargo, lo siguiente que aparece es Vera Cruz, en una escena de un asesinato.
Así, una larga y sublime introducción va pasando por diferentes ciudades: Jerusalem, París, Nueva Jersey, en lo que son diferentes crímenes perpetrados por distintos tipos de personajes: un estafador, un ladrón, un sicario y un terrorista. Pero esta larga introducción no está por qué sí, como nada en el cine de Friedkin; es la presentación de los cuatro personajes claves en la película, la cual los dota de una tridimensionalidad ante la audiencia antes de que eclosione el conflicto principal de la obra.

Luego, fundido a una pérdida ciudad de Sudamérica que podría ser cualquiera. Carteles de “Unidos hacia el futuro” inundan el poblado inhóspito y perdido, al que parecen ir todos forasteros perseguidos en sus países de origen. Los planos de chozas descuidadas, extensas sierras y un orden dictatorial resguardado por militares forma un contraste enorme con las anteriores ubicaciones cosmopolitas.
En medio de la ola
Sorcerer se estrenó en 1977, en plena sacudida de la ola del New Hollywood. El viejo sistema de grandes estudios y del star system había sido renovado con una nueva camada de directores, decididos a cambiar la forma en que se filmaba hasta entonces.
Martin Scorsese, Francis Ford Coppola, Steven Spielberg, Alan J. Pakula y hasta George Lucas fueron parte de este movimiento que se caracterizaba por realizar narrativas críticas de la sociedad y la política con personajes más crudos, dinámicas de filmación que excedían las normas tradicionales y realizadores que se abocaban por completo a sus proyectos. William Friedkin fue por supuesto parte de esta nueva camada.

Ya había revolucionado el cine policial con The French Despatch y el de terror con The Exorcist. El director había demostrado su versatilidad entre géneros y su gran visión en ambas obras, cuando accedió a adaptar El salario del miedo de Georges Arnaud al cine, tarea que ya había realizado Henri-Georges Clouzot antes que él, en 1953.
Y así como poco tiempo después lo haría Coppola con Apocalypse Now, Friedkin estaba decidido a entregar todo en este proyecto, el cual veía como su obra culmine, la película para la cual, decía, sus anteriores dos proyectos lo habían preparado.
Un pueblo para los prófugos
El pueblo sudamericano constituye a la vez un lugar paradigmático del más crudo neoliberalismo: un país en vías de desarrollo bajo una mano dura, mientras una corporación extrae todos sus recursos, en este caso, representados por el petróleo. Los lugareños deben trabajar para ella con sueldos que apenas les alcanza para sobrevivir. Ese es el lugar en donde confluyen los cuatro protagonistas.

Un accidente ocurre en un yacimiento petrolífero, este se incendia y la única forma de detenerlo y que la instalación vuelva a funcionar es generando una explosión sobre ella. Se encuentran kilos de nitroglicerina guardada que puede servir para el propósito. Sin embargo, es vieja, y por lo tanto inestable. Ante el más mínimo movimiento puede explotar.
La única solución es que los explosivos sean transportados en camiones en una misión casi suicida. Pero los cuatro protagonistas presentados al principio eligen la misión —y su posible muerte— antes que quedarse en ese lugar de mala muerte por vaya a saber cuanto tiempo.
Inmersos en la jungla
La similitud entre Sorcerer y Apocalypse Now es palpable. En ambos casos hay hombres enviados en misiones sumamente peligrosas. En ambos casos la orden proviene de gobiernos por encima de ellos. En ambos casos son obras del New Hollywood en los que se entregó todo y que por debajo de su trama de acción o de belicismo, hay un subsuelo de subtextos.

William Friedkin filmó en México y en República Dominicana, ambos países elegidos por sus junglas. Y así como hizo Herzog en Fitzcarraldo, se metió de lleno en ese ecosistema, sin pensar en todas las complicaciones que podría generar. “Si querías filmar extensamente en una jungla, como hice yo, tenías que filmar en una jungla. No pensás en la dificultad. Tenés un plan y tratás de ejecutarlo”, dijo en el 2018 el director.
Esas complicaciones fueron desde las enfermedades que sufrió el equipo de filmación, que incluyó gangrena y malaria, hasta condiciones climáticas que entorpecían el rodaje. En el caso de la icónica secuencia del camión sobre el puente colgante, hubo escasas lluvias, lo que provocó que el río bajara demasiado y que se tuvieran mudar a otra ubicación.
Y también hubo problemas legales: se infiltraron policías encubiertos en el equipo de filmación que descubrieron a integrantes de este consumiendo drogas, tras lo cual Friedkin debió despedirlos.
Thriller filosófico
La obra maneja en un balance casi perfecto un ritmo lento pero casi hipnótico de la trama con una tensión palpable en cada secuencia que involucra un camión y un explosivo y cierto clima existencialista que sobrevuela por sobre toda la obra.

El título de la obra es Sorcerer y no El salario del miedo, como la obra original, por dos razones: es el nombre de uno de los camiones, y por otro lado, emana un aire de lo siniestro, del destino maldito en el que se ven inmersos los personajes.
“El hechicero (Sorcerer en español) es un mago malvado y en este caso es el destino: es una película sobre el destino y el misterio del destino, sobre el hecho de que alguien pueda salir por la puerta de su casa y que un huracán se lo lleve, un terremoto, o algo que caiga del techo. La idea de que realmente no tenemos control sobre nuestros propios hechos, ni sobre nuestros nacimientos ni sobre nuestras muertes, me persigue desde siempre”, comentó Friedkin al respecto en una ocasión.
Así se explica el rostro en apariencia mítico o nativo del comienzo de la obra, que recuerda un poco al inicio de El exorcista. Así también se explica una de las últimas secuencias de la película, en la que el personaje interpretado por Schneider atraviesa el último tramo en dirección al yacimiento en lo que parece ser un infierno, o más bien, un inframundo, en su carácter frío, desolado, oscuro.

Es en ese trayecto que el personaje ya se ve casi atrapado por la locura. Y es que en el trayecto vio cómo cada uno de sus colegas murió casi por accidente: una pequeña piedra en el camino, un movimiento indebido.
Al final, el personaje llega, ya sin el camión, sin compañeros, él solo cargando los explosivos. Y si bien lo logra y el explosivo es usado para apagar el incendio en el yacimiento y él recibe el pago, el cabo suelto de sus acciones en Estados Unidos lo persigue hasta el último momento: un final casi nihilista, los criminales que le habían puesto precio a su cabeza luego del robo en el comienzo de la película descienden de un auto y entran al bar en el que él está. El destino mortal, aunque ya no sobre un camión, también pareció encontrarlo.
El fin de una época
Sorcerer fue un fracaso en taquilla. Su presupuesto fue de 21 millones de dólares y su taquilla fue de 9 millones, por lo que el estudio perdió una enorme suma de dinero.

De alguna forma, presagió el final de aquella Nueva Ola del New Hollywood, en lo que se podría decir que fue una implosión. El fracaso de la obra de Friedkin se debió en gran medida a la nueva película de otro de los agentes que iniciaron aquel movimiento: George Lucas con Star Wars. Esta película, junto con Encuentros cercanos del tercer tipo de Spielberg, prefigurarían el tipo de película que dominaría en la década siguiente y que desplazaría a los de los 70.
Aunque una pérdida en taquilla, la obra se estableció como una de culto hasta nuestros días. Y en mi opinión Sorcerer es la obra maestra que Friedkin buscó que fuera.
Nota por Alex Dan Leibovich | Periodista | Redactor en Clarín, Peliplat y Erramundos.
Publicado el 27 de julio del 2024, 12.15 PM | UTC-GMT -3.
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