Dejar el mundo atrás: Desorientados Spoilers

Dejar el mundo atrás es una película extraña, de esas que quizás pueden descartarse, abandonarse en pocos minutos al enésimo plano con drones utilizados aparentemente sin mayor sentido. Además, Julia Roberts aparece en escena con un brío maligno, casi brujeril en aspecto, énfasis y mirada, que nos podría dar ganas de salir corriendo pero a la vez enseguida dice -bah, su personaje, Amanda Sandford- que odia a la gente. Y lo dice con ahínco, con insulto y todo, con rabia, hartazgo. Así las cosas, esta película genera en su comienzo al menos intriga, atractiva mala espina, mientras siguen alegremente -o irritantemente- los planos hechos con drones, incluso para cosas poco “droneables”. Hay un viaje de la familia Sandford a una casa que alquilan en Long Island, una casa realmente lujosa. La llegada a la casa y los primeros momentos allí siguen con la tónica high tech de puesta en escena, o podríamos decir modernista, o mejor dicho modernosa. Es decir, esos relatos que se pasan de ostentosos en la manera de relatar las obviedades iniciales de pareja y de padres e hijos. Pero seguimos, avanzamos, en parte porque hay algo tentador -o del orden del disfrute irónico- en la lógica visual de tanto lustre y tanto dinero. Y, además, sabemos que esta película, desde el título, promete algo así como un fin del mundo, o del fin de Estados Unidos, o del fin de Nueva York. Entonces no es el mundo. Pero bueno, no es esta la primera vez que una película estadounidense, o americana (decir norteamericana es una imprecisión) cree que el mundo es su propio país.

Dejar el mundo atrás es una película extraña, una que fue detestada por mucha gente cuando apareció a fines del año pasado. De hecho, es uno de esos raros ejemplos de films con estrellas de primera línea que tiene menor valoración en promedio por parte del público que por parte de los críticos. Efectivamente, estamos ante una rareza estadística. Si vamos al sitio RottenTomatoes veremos esos promedios, con 73% de críticas positivas pero con un puntaje muy bajo en los ratings del público, un 35% nomás. Esto, al menos, observado el 9 de julio: de todos modos, salvo algún fenómeno inusual esta valoración ya se puede considerar asentada, a más de siete meses del estreno. El resumen de los argumentos en contra del público son estos: “Después de un comienzo bastante fuerte, Dejar el mundo atrás se pierde, manejando torpemente una premisa interesante con personajes desagradables, diálogos no creíbles y un final decepcionante.” Yo diría que el comienzo es lo más irritante de la película, lo más normalizado, lo más hipster y high tech, lo más “cine vistoso” de enganche rápido para plataformas. Y después, cuando la intriga apocalíptica o cuasi apocalíptica va creciendo, se permite ser una anomalía, una película por fuera de lo esperable en esos primeros minutos. Y en su temática de colapso tecnológico incluso el abuso de drones y firuletes digitales empieza a tener mayor sentido.

El final, que mucha gente ha detestado, es de lo más atractivo: un desenlace que se podría considerar abierto pero que a la vez es cerrado con indicios, o más bien encerrado en un búnker, con la promesa -hasta jocosa-, la posibilidad de consumir lo mismo en físico que antes se consumía online, o por pedidos a distancia. Y antes de ese final hay pistas de que se reunirá allí toda la gente; bah, los pocos personajes nucleares de la película. Los diálogos de los hombres, y el llamado en off de las mujeres son indicios bastante evidentes. De todos modos, ¿por qué habría que pedirle tanta decisión de cierre a la película? Como buen cuento nada clásico, Dejar el mundo atrás se puede permitir ese cierre abrupto, casi un chiste amargo entre el abismo que se abre y de cuya existencia ya han tenido sobradas pruebas los personajes principales, por más voluntad de optimismo que le hayan puesto durante horas. Los diálogos claramente no son de la variante realista: son diálogos económicos y que están puestos más bien para disparar “ideas” e indicar senderos posibles para la interpretación. ¿Son diálogos de especial sutileza? No, son bastante directos, casi pedestres, pero no todos los diálogos de todas las películas deberían ser juzgados con la misma vara. Dejar el mundo atrás es una película de estética fría y altamente artificial, una de esas películas cuyos decorados son casi de revista de decoración o incluso de la zona más mainstream y más hiperbólicamente iluminada del cine pornográfico. Una película con ambientes cuasi falsos, artificial y llena de drones, poblada por personajes no alejados de falsedades, que no se dicen todo, que se guarecen en sus debilidades, miedos y mentiras: algunos las vehiculizan agresivamente, otros de otras formas, pero aquí no hay demasiado heroísmo, o al menos no lo hay de forma sostenida, permanente.

Por otro lado, el cine apocalíptico ha tenido mayor incidencia y presencia en la producción mainstream en el siglo XXI que en la década del noventa del siglo pasado, una década que podría pensarse hoy en día como mucho más optimista que este siglo que estamos transitando: en los noventa, con la guerra fría terminada y el peligro nuclear más alejado, el cine era, en general, menos apocalíptico y con menor carga de desesperanza (por supuesto, los cineastas y las sociedades de la ex Yugoslavia no pensaban lo mismo). Pero después de 2001, el cine estadounidense dejó entrar un tono de amenaza mucho mayor, lo cual no deja de ser obvio y ha sido estudiado en muchas oportunidades. Dicho todo esto, lo notable de Dejar el mundo atrás, en tanto film apocalíptico, es que no solamente no ofrece solución alguna sino que tampoco se preocupa por dejar en claro hasta qué punto la catástrofe afectará a los protagonistas. Los abandona ahí, in medias res, al final, al revés de lo que indica cualquier manual para el éxito de una película con una producción de estas características. Dejar el mundo atrás es nomás una película extraña, comparable con algunas películas de M. Night Shyamalan pero con mucho menos centro moral, mucho más desencantada. O mucho más desorientada.

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