Salvapantallas 

En los arrabales de la Buenos Aires de los primeros años ochenta supo existir un autocine. No pude haber ido allí más de tres veces, sin embargo esa experiencia se convirtió en algo imborrable, constitutivo de mi amor por las películas. Recuerdo bien el largo camino de ida desde Palermo, pasando por la cancha de Platense, otros detalles en cambio escapan a mi memoria, o quizás nunca los supe. Intentaré reconstruir su historia, y la mía.

Son varios los films que me marcaron en la infancia, la mayoría de ellos responsabilidad de Steven Spielberg, cuya cresta de ola coincidió con mis años más permeables. Henry Thomas, actor que encarnó a Elliot en E.T., el extraterrestre (1982), tiene mi edad, no era difícil identificarse con él.

Pero antes de Elliott hubo otros mojones en el camino cinéfilo, como ver Encuentros Cercanos del tercer tipo (1977) a una edad (6 años) en la que ya sabía leer pero no con la velocidad suficiente para seguir del todo los subtítulos. Afortunadamente contaba con mi tía Cristina al lado que me asistía. Recuerdo que ella me llevó un par de veces a un cine que no solo proyectaba estrenos sino también reposiciones (algo bastante habitual en la época) que yo interpretaba como fascinantes viajes en el tiempo, dando inicio a un incipiente fervor por el cine del pasado. Cristina y Aldo eran actores, en el inicio de su carrera, y eso también me puso en contacto con el cine desde otro lugar. Recuerdo el entusiasmo de los dos por formar parte, en roles menores, de Tiempo de revancha (1980), película que no puedo decir que me marcó porque no tenía la edad suficiente para verla en su momento. Tuve que esperar varios años para constatar su trabajo en alguna emisión de TV. Antes era así. Aldo además ofició de dibujante para mis propias funciones, ya que yo solía festejar mis cumpleaños con cine en casa, alquilando un proyector. Tengo por allí guardado en algún lado un afiche de su autoría, hecho para la proyección de una versión del Sandokán de la época de Kabir Bedi.

Sandokán, clásico de la literatura infantil, en la versión de fines de los ´70.

Y todavía se puede ir un poco más allá, hacia un pasado al límite del recuerdo, para rastrear el primero que tenga de una sala de cine. Y es el de la película La isla del fin del mundo (1974) de Robert Stevenson, un título hoy totalmente olvidado del director de Mary Poppins. Por la fecha de realización yo debía tener dos años, y así no dan las cuentas, por lo que acudo a IMDB, en donde figuran todas las fechas de estrenos, en todos los países, y despejo la duda. Se pudo ver un par de años después, cuando tenía 5 años.

Mejor volver a Spielberg, y al recuerdo de la primera película en la que fui solo al cine (por solo me refiero a sin padres o mayores). Alejandro, mi mejor amigo en aquel momento, y en este, me acompañó en la aventura. Hasta recuerdo qué golosina me compré (un smack). El título elegido, Los cazadores del arca perdida (1981), ya me sedujo desde su primera imagen, que juega con el logo de Paramount hasta volverlo el destino de la primera misión. Por un buen tiempo fue la mejor película que había visto en mi vida. Tenía 9 años.

Los cazadores del arca perdida

Pero es momento de volver a los autocines, cuya historia se remonta a los Estados Unidos de 1933. Un momento clave de consolidación para el cine sonoro, y por lo tanto de multiplicación de público y ofertas para seducirlo. Un tal Richard Hollingshead ideó el concepto, en New Jersey (el cine siempre tuvo su vínculo con los suburbios, los arrabales, mucho antes de conquistar los centros). El autocine tuvo en aquel país su momento de gloria en los años ´50, en el marco del baby boom (y hasta es probable que muchos de esa generación hayan sido concebidos en autocines). En aquella era dorada llegaron a funcionar más de 4.000.

La idea llegó en una escala menor y mucho más tarde a la Argentina de fines de los 60, de la mano de una creciente industria automotriz. Hubo autocines por todo el país, con alguno muy emblemático como el de Mendoza, que se sostuvo a lo largo del tiempo. Pero la mayoría estaba en la zona de Capital y sus alrededores, y entre ellos brillaba el de mi recuerdo, el Autocine Buenos Aires, con su icónico falcon rojo indicando la entrada. Por la época que abordo hay que agradecer que no haya sido verde.

La pantalla abandonada del Autocine Buenos Aires

Investigando un poco sobre el tema para este artículo pude sumar alguna información de este emprendimiento, que funcionó hasta el año 1988. También me interesó determinar su ubicación, ya que solo tenía la mencionada referencia de la cercana cancha de Platense. Así pude confirmar que funcionó dentro del predio de lo que hoy es (¿era?) Tecnópolis. Lo del falcon verde no es forzado, también me enteré de que el complejo era vecino al Batallón de Artillería Logística del Ejército Argentino de Villa Martelli, y allí funcionó un centro clandestino de detención. Es entonces cuando se ensombrece lo que por otra parte podría ser un tierno recuerdo de la infancia y conviven lo distractivo y lo destructivo. El cine como viaje al más allá cuando el más acá se impone por la fuerza.

Otra de las cosas que pude averiguar es que en los primeros años del autocine el sonido de la película se transmitía por radio, para ser sintonizado en cada auto. Una idea práctica, si no fuera por las interferencias en las comunicaciones del batallón, motivo por el cual hubo que cambiar el sistema por otro con parlantes en columnas a un lado de cada auto, que es el de mi recuerdo.

Restos de la entrada al Autocine Buenos Aires (la foto es de 1994).

Como señalé, pude asistir un par de veces a las funciones del autocine, junto a mis padres y mis hermanos, que quizás ni recuerden esa experiencia. Allí vi, por ejemplo, una reposición de La fiesta inolvidable (1968) que me llevó tiempo después a ver todo lo que hizo Peter Sellers, aunque probablemente nunca haya estado tan gracioso como en el papel de actor de reparto hindú que compuso para esa película. Era una fiesta también comer en el auto, el complejo contaba con un bar y el sistema de pedido consistía en hacer señales con las luces.

Pero el verdadero recuerdo que motiva estas líneas, y que de alguna manera ya había adelantado, es el de haber visto en ese mismo lugar E.T., el extraterrestre, en alguna noche de verano entre el 82 y el 83. Muchos años después supe que la famosa escena de las bicicletas voladoras tenía como antecedente el Milagro en Milán de De Sica.

Los tiempos estaban cambiando, y para bien. Fue mi última función en el autocine (en ese o en cualquier otro). Pronto llegaría una mudanza a otra ciudad y el fin de una era, y de la infancia.

Se sabe, el contexto modifica, y mucho, nuestra manera de valorar las películas. El tiempo y el espacio juegan sus cartas. Y siempre habrá algo de milagro, de sagrado y de ritual en esas visitas a esos templos paganos, a esos palacios plebeyos, que son las salas de cine, y a sus recuerdos.

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