Debería ser regla general: hay que desconfiar siempre de las películas que incluyen la palabra “animal” en el título y no tienen animales como protagonistas o ni siquiera tratan sobre animales. Si en el cine de la venerable factoría Disney los animales se revisten sin disimulo ni recato de características humanas –su dolor es humano; su dignidad, sus miedos, su busca de la felicidad, su modo de habitar el mundo, su desasosiego y soledad son humanos-, en la variante que nos ocupa en este momento las cosas funcionan más bien al revés. Las analogías fáciles se exhiben con comodidad, como en la fábrica de Tiempos modernos, venerable film de Chaplin del año 36, donde a los planos de los obreros que marchan al yugo laboral se le pega uno de ganado ovino, acaso conducido al matadero, para que la identificación funcione en toda regla. Chaplin fue un director genial que en ocasiones dio riendo suelta a cierta inclinación por el trazo grueso, a despecho de la gracia intransigente y la lucidez de sus mejores y más perdurables hallazgos. Melancólico activo, el “aspecto humano” fue siempre su objetivo. La cámara como sismógrafo de aquello que se sacude y tiembla en el alma: el dolor, la emoción, la risa, la capacidad de supervivencia. La comedia es lo último que se pierde.
Pero dejemos a los grandes muertos descansar en paz y vayamos a lo que nos ocupa en este momento. Animal (2023), último lamento de la directora griega Sofia Exarchou hasta la fecha, se ahorra la comparación por montaje, pero sus intenciones son demasiado claras. La película pretende ser un estudio despiadado de la vida de un grupo de animadores en un resort de mala muerte. La protagonista es una rubia fané y descangayada, como la del tango Esta noche me emborracho, cuya vida transcurre como si fuera una autómata, guiada por la mano de algún dios taciturno y displicente. Igual que en el tango, la mujer está sola por dentro, pero ahí terminan las coincidencias. Kalia, así se llama el personaje, todavía parece guardar, aunque más no sea a efectos dramáticos, alguna oculta esperanza, una fiereza que alcanza a iluminarla brevemente en sus mejores horas. La película, a modo de sentencia terrible, tendrá tiempo de desengañarla, de obtener su rendición, de quitarle la poca energía que le quedaba.
Animal es gris y nocturna; los días y las noches ofrecen dos caras de la misma moneda en la que la felicidad y el buen ánimo de los pasajeros del hotel demanda un esfuerzo compartido con los profesionales que están allí para animarlos: la desesperanza, el desencanto, la tristeza, la insatisfacción se declinan, como obligatorio lado B, de las sonrisas forzadas, los bailoteos de robot, los voceos rítmicos y las sesiones interminables de karaoke. En el fondo, todo es una estafa cuyo funcionamiento es un secreto a voces, una maldición que la marcha imparable del orden social acepta con resignada apatía. Unos y otros están perdidos. Nadie se salva de una vida en la que la dicha es una quimera absurda. La película acumula rutinas, pequeñas escaramuzas diarias que no son otra cosa que la constatación de que los personajes se encuentran en un callejón sin salida. La pericia de la directora para encuadrar, el gusto para el uso de la música y la dirección irreprochable de actores constituyen el costado atlético de la película. Todo está donde tiene que estar. Animal pasa por cine cuando en realidad es un producto “audiovisual” (así se dice ahora, sorprendentemente, no sin entusiasmo) con garantía de efectividad inscripta en cada escena.
Hay toda una zona del cine contemporáneo que ostenta modales parecidos. Debemos agradecer los restos de humanidad que guarda el cine de Exarchou, pero no siempre alcanza. La verdad es que no alcanza casi nunca. En Park (2016) se verificaba el mismo sistema: vocación por escenas decadentes, por identidades perdidas, por raptos de hartazgo vital. El vislumbre de lo que pudo ser y jamás ha sido del todo. La oscura pesadumbre de un mundo cuyos pedazos no pueden volver a juntarse. El cine como testigo impotente del decaimiento de la vida; el cineasta como forense, que llega para elaborar su informe, quizá con secreta malevolencia científica. Pasiones tristes, dictaminaría Spinoza. En Animal, película construida con profesionalismo, incluso con alguna gracia que puede asomar cada tanto en sus planos lujosos y desalmados, es un dechado de esas características: apariencia de solidez, convicción formal y vehículo de verdades de consenso.
La película evita casi siempre la sordidez explícita, pero cada escena es un reservorio de cosas no dichas, de lágrimas que se contienen, de dolores empastados, etc. Al final, la protagonista (lo único bueno de verdad de la película: la actriz Dimitra Vlagopoulou es un auténtico prodigio), muñeca rota desde el principio, eso lo sabemos desde que aparece por primera vez en plano, no puede rebelarse contra esa opresión diaria de la que simula escapar con sexo insatisfactorio o con una entrega al trabajo que mina su cuerpo y su alma: hacia el final, la mujer desfallece por un momento frente a un micrófono en el que ensaya su voz abatida, solo para volver caminando a la madrugada, como cualquier otro día, idéntico al anterior y a los que le sigan. El de Exarchou es al final un cine más bien vetusto, aunque se vista con ropa lustrosa, cine un poco reaccionario, que solo tiene ojos para esa amargura que parece predicarse de la marcha de un mundo defectuoso, con personajes que se presentan como animalitos, criaturas abandonadas, sin voluntad ni convicción, a las que la marea de la vida arrastra sin concesiones rumbo al abismo. Su película podría ser un melodrama, pero para eso le falta energía, vitalidad, audacia. Le falta confianza en que el cineasta pueda ser otra cosa que un módico inspector de calamidades ejercidas a media luz, sin sangre en las venas ni impulso de emancipación que las rescate de la grisura de lo ya visto, de lo ya sabido, de la condena de una resignación fatal.
El mundo es más pequeño con películas como Animal. Sus reglas están determinadas por una oscuridad sin nombre a la que los cineastas avezados prestan sus imágenes con destreza y eficiencia de killers. El público se prepara para ser aleccionado, los festivales abren de par en par sus puertas, la legitimación oficial es carta blanca para la circulación de las mismas viejas ideas en las que el cine opera como repetidor melancólico, portador de falsas novedades que se reciben con la algarabía de un cinismo nunca asumido del todo. Ese que se solaza en el espectáculo de una vida triste, arrinconada sin remedio; una vida sometida al arbitrio de pequeños tiranos cineastas, que registran impasibles a sus criaturas, arrastradas en el lodazal de la existencia. Exarchou no carece de algún talento y eso envuelve su película con un manto de profesionalismo, de distancia de especialista, ideal para competir en el campo de los cineastas sin apego ni compasión, los primeros de la clase en hacer la tarea como mandan los vientos de la época. Producto acabado de este tiempo, Animal renuncia a todo atisbo de imaginación o de lucidez para dedicarse a repetir amargas sentencias, suficientemente acreditadas aceptadas. Cronista del desánimo y la resignación, la directora observa deambular a sus personajes por los planos. El espectador sabe que la protagonista no se salva, que no tiene futuro, que la película se revela pronto como un dispositivo luctuoso, un aceitado desfile de sinrazón, desesperanza y absurdo. En este cine de programa, lo único que cuenta es el dolor.



¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.