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“S-21, la máquina roja de matar”: somos capaces

Vann Nath (sobreviviente): Esta es una imagen de la celda en la que estuve encerrado en 1978 [enseñando un cuadro pintado por él en el que aparece una celda abarrotada de prisioneros acostados boca arriba en el piso, en cuatro filas muy estrechas y una quinta perpendicular a estas], cuando me trajeron de Battambang. Yo estaba aquí [señalando su lugar en el piso]. Ellos se llevaban a uno, luego a otro, después traían nuevos. Yo me encontraba aquí. Se llevaban a los prisioneros afuera, no sé adónde. La muerte venía todos los días. Todos los días o cada dos días alguien moría, a veces dos el mismo día. Ellos dejaban los cuerpos allí. Los sacaban 10 o 12 horas después, por lo que dormíamos con los cadáveres. Este [señalando a uno de los prisioneros] estaba entre la vida y la muerte. Todavía respiraba. El guardia le dio un plato de caldo de arroz. Lo enderezó para que pudiera comer. Al día siguiente, murió. Cuando murió, un médico, no recuerdo bien, o un guardia vino y le dio una patada en la cabeza, sin motivo alguno. Ya estaba muerto, pero lo insultó: “¡idiota, te dejamos vivir y tú no quieres!” A veces, por la noche, la luz atraía a los insectos. Caían alrededor de nosotros. Los agarrábamos silenciosamente y nos los metíamos en la boca como dulces. Si el guardia nos veía, entraba. Tomaba su zapato y nos golpeaba las orejas. ¡Bam, bam! Sobre la oreja. Tres o cuatro veces de cada lado. Casi perdíamos el conocimiento. Entonces, escupíamos el grillo. Nuestros ojos se ponían azules, casi sangrando. Estuve aquí un mes. Hice mis necesidades dos veces. No tenía nada en el estómago. ¿Quién podía durar con dos cucharadas de sopa por día? Pensé que era el fin. No comprendo la razón de esa crueldad y salvajismo, y cómo, ustedes que trabajaban aquí, pudieron acostumbrarse a tales actos, cómo se pudieron acostumbrar a ver tal sufrimiento.


Guardia 1: Yo me uní al comando S21. Al principio, me educaron para reforzar mi posicionamiento ideológico. El comando S21 era el corazón de la nación, su pilar principal. Éramos la mano derecha del Partido. Teníamos que ser decididos. Frente al enemigo, no podíamos dudar, debíamos tener determinación, incluso frente a padres y hermanos. Así, cuando alguien llegaba, podíamos distinguir a los amigos de los enemigos. No dudábamos.


Vann Nath: ¿Y qué hay de los niños menores de un año, todavía amamantados, que apenas caminaban? ¿Contrá qué estaban ellos? ¿Eran enemigos?


Guardia 2: La jefatura del comando S21 nos dijo: “cuando el Partido hace un arresto, arresta a un enemigo del Partido. Si arrestamos al marido, también arrestamos a la esposa y los hijos, incluso nuestros propios padres, hermanos y hermanas. Si el Partido los arresta, son enemigos del Partido”. Debías saber cómo distinguirlos. Nada estaba por encima del Angkar, el Partido. Si nos ordenaban eliminarlos, nosotros los eliminábamos.


Vann Nath: ¿Ustedes no pensaban en lo más mínimo?


Guardia 2: El Partido, el S21, no arrestaba por error; solo a los enemigos.


Vann Nath: ¿Perdiste tu capacidad de pensar como ser humano? ¿Ya no reconocías ni a tu padre ni a tu madre? ¿No creías ni en tus padres? ¿Cómo te adoctrinaron?


Guardia 2: Si me decían que ese era el enemigo, yo decía que ese era el enemigo.

S-21, la máquina roja de matar no solo es una experiencia cinematográfica única, es también una experiencia humana extraordinaria. En ella, Rithy Panh (Nom Pen, 1964), el mayor cineasta camboyano, un maestro a nivel mundial, él mismo un sobreviviente, testigo de la muerte de su familia, reúne a víctimas y perpetradores del genocidio en su país para reflexionar en torno a lo atroz y recrear -de alguna manera- verbal y físicamente lo vivido en uno de los lugares emblema del régimen del Khmer Rouge: la llamada “Prisión de Seguridad 21” (S21), hoy conocida como Museo del Genocidio Tuol Sleng.


Los cinco edificios de una antigua escuela secundaria de prestigio en Nom Pen, la capital del país, fueron convertidos, entre marzo y abril de 1976 (a un año de la toma del poder por parte del Jemer Rojo), en un centro de detención e interrogatorios del régimen comunista encabezado por Pol Pot. Sus instalaciones se adaptaron a su nueva función: se cercaron con alambres de púa electrificados, las aulas se convirtieron en celdas y cámaras de tortura y se colocaron barrotes y alambres de púa en todas las ventanas para que no hubiera escapes, pero tampoco suicidios.


De los aproximadamente 2.000.000 de muertos durante el genocidio camboyano, llevado a cabo entre 1975 y 1979, por ejecuciones, hambrunas o enfermedades, unos 20.000 fueron asesinados en este recinto. Solo siete (sí, solo 7) personas adultas son las que se conoce que lograron sobrevivir a la prisión S21. Entre ellos se encuentran Chum Mey y Vann Nath, dos de los protagonistas de este filme singular, valiente, poderoso, estremecedor, duro, conmovedor.


Además de ellos, compartiremos nuestro tiempo con unos diez miembros del Jemer Rojo, quienes cumplieron distintas funciones en esas instalaciones en las que nos ubicaremos: guardias, fotógrafos, mecanógrafos, chóferes, “médicos”... Chum Mey, pero sobre todo Vann Nath -ya que a Chum el dolor lo desgarra y paraliza de tal manera que no logra emprender la tarea-, los confrontarán y cuestionarán intentando explicar, intentando entender. Rithy Panh intentará con ellos, intentará con nosotros.

¿Es posible comprender lo atroz? ¿Y representarlo? Comprender racionalmente y representar artísticamente algo que muchas veces, a los ojos del público en general, aparece como irracional, increíble, inverosímil y hasta imposible. Algo que habitualmente tendemos a subestimar en sus posibilidades de realización, o que a lo sumo creemos que pasa lejos y les pasa a otros, sin importar donde estemos.


Al estudiar la temática, se torna dolorosamente evidente que un proceso genocida es un enorme y perverso producto de nuestra más pura y dura racionalidad, ese “reflejo de la luz celeste” -como le hizo decir Goethe a su Mefistófeles hace ya más de doscientos años- al que el hombre “llama Razón y lo utiliza solamente para ser más bestia que todas las bestias”.


Rithy Panh nos ayuda a seguir reflexionando en torno al concepto acuñado por Hannah Arendt, el de la banalidad del mal. Al contraponer a víctimas y victimarios, entendemos lo humano que somos todos, lo cerca que estamos de cometer actos semejantes si las circunstancias nos empujan y nos amparan. Lo difícil de enfrentarse a estos perpetradores es verlos tan parecidos a nosotros, saber que no detentan una maldad particular, ni una insanía mental desusada, ni una crueldad excepcional; no son psicópatas, ni sociópatas, ni fanáticos; no son monstruos ni demonios. Lo difícil de enfrentarse a estos perpetradores es saber, justamente, que el mal más grande puede ser cometido por seres tan mundanos, tan comunes, tan corrientes, seres tan anónimos, tan “normales” como nosotros. Seres que aman, sueñan, trabajan, se divierten e intentan cumplir con la ley como cualquiera de nosotros. Que siguen órdenes, algunos más convencidos que otros, como lo hacemos habitualmente cualquiera de nosotros.


Lo más terrible de estos seres es que carecen de imaginación, diría Arendt; son irreflexivos por falta de imaginación. Se niegan a pensar, a distinguir entre el bien y el mal, son incapaces de pensar desde el lugar del otro. Esto es lo que los convierte en criminales de esta dimensión. Es allí donde se asienta y recuesta indolente la banalidad del mal. El diálogo que transcribimos al inicio de este artículo lo muestra ineluctablemente.

S-21, la máquina roja de matar nos permite ser partícipes de la reconstrucción de parte de sus tareas cotidianas en los distintos espacios de la prisión: el registro de los apresados a su ingreso, su fotografía, el control de la redacción de la autobiografía del prisionero -que debía ir desde su infancia hasta el día de su arresto-, el control de las celdas, los interrogatorios, las torturas, las violaciones, la reanimación que acometían los “médicos”, las nuevas torturas, la redacción de informes cotidianos, las ejecuciones, los enterramientos en fosas comunes...


Los victimarios no solo relatan su trabajo de aquellos días, también lo representan físicamente, recreando sus movimientos, sus ingresos y salidas de las celdas, sus rondas a través de los corredores, su control de los grilletes en los pies, de las vendas en los ojos, de las esposas... sus órdenes, sus gritos, sus insultos, sus golpes, las formas de interrogar, las formas de torturar... Todo ello ubicados en las mismas instalaciones de Tuol Sleng, recorriendo los mismos corredores, los mismos salones, las mismas celdas... Los vemos durante el día, los vemos durante la noche. Resulta escalofriante. La cámara hurga en sus rostros a través de los primeros planos; intentamos encontrar alguna respuesta.


Rithy Panh nos sumerge en el horror. La tarea de aquellos era más que matar al otro, era destruirlo. Nadie podía torturar por placer o para descargar su furia, debía hacerlo con método. Había tres grupos para los apremios: “Amable”, “Caliente” y “Mordedor”, en orden creciente de castigos hasta que los detenidos redactaran y firmaran el documento que los inculpaba. Luego de ello, “probada” su culpa por autoincriminación, la razón para su muerte estaba más que justificada. La consigna era aterrorizarlos para que confesaran las unidades a las que pertenecían, sus redes de contactos, sus actividades de sabotaje hacia el régimen; las tuvieran o no. Las víctimas inventaban lo que fuera, confesaban cualquier cosa, delataban a cualquiera. A veces, los propios carceleros les daban pistas de lo que decir. A pesar de ello, y de todos modos, luego eran asesinados. Y la cadena continuaba con los nuevos nombres obtenidos: familiares, vecinos, conocidos...


Al comienzo, fueron los “enemigos del régimen” quienes llegaron hasta allí: estudiantes, maestros, profesores, etcétera, todo aquel que hubiera leído y pudiera estar contaminado por las ideas burguesas, capitalistas y colonialistas. Ni hablar de los políticos y miembros de la administración anterior. Ellos y sus familias, claro está. Hacia el final del gobierno Jemer, todos sospechaban de todos -parte de la mentalidad generada por el Angkar, que todo lo sabía y todo lo veía, una entidad “en las alturas”, pero que era cada uno de los ciudadanos de la nueva Kampuchea- y las purgas internas comenzaron a ser el pan de todos los días, por lo que muchos de los propios miembros del Partido terminaron en el mismo lugar, sujetos a las mismas condiciones de existencia, atrapados en la misma suerte que “el enemigo”. Muchos de ellos fueron compañeros de los guardias que relatan.

Volvemos a escuchar las máquinas de escribir que redactaban cada relato, cada confesión, cada biografía, cada informe. Su tipeo parece taladrar nuestros nervios. Afuera se escuchan los truenos, la tormenta se aproxima; ya comienza a llover. Los carceleros gritan, revisan a los presos, los palpan, no pueden tener ni una pluma con la que degollarse o abrirse las venas, ni un perno o tornillo con los que atragantarse; revisan las puertas y cerraduras constantemente, nadie debe escapar. Por allí aparecen las grabaciones de época que nos recuerdan las consignas con las que se adoctrinaba o se pretendía reeducar a los individuos; la mayoría igualmente prescindible. Solo las nuevas generaciones podrían recibir el mensaje sin la gran, insalvable contaminación previa. Muchos de estos guardias eran adolescentes de 13 o 14 años y nunca superaban los 22 o 23. He aquí otro factor a tener en cuenta a la hora de analizar a estos individuos, nosotros, que cómodamente instalados en nuestros sillones solemos acometer juicios fáciles, rápidos y tajantes.


En sociedades como la camboyana, en las que el involucramiento de la población en el genocidio fue casi total, ya sea como víctimas o victimarios, luego de detenido el proceso de exterminio los individuos debieron volver a convivir, ello no fue sometido a plebiscito. A su vez, el poder del Khmer Rouge no desapareció de la estructura social de la noche a la mañana, por lo que la impunidad aún campea. Por tanto, cuando muchos hablan de olvidar el pasado, de no guardar rencor, de la reconciliación necesaria, la pregunta que se hacen nuestros sobrevivientes es cómo recobrar la paz sin justicia ni verdad, con muchos de los perpetradores enquistados en el poder. Si muchos ni siquiera entienden que lo sucedido fue un error, mucho menos asumirán que fue un crimen y aceptarán la responsabilidad legal por sus actos. Entonces, ¿cómo sanar? ¿Cómo cerrar las heridas? ¿Cómo asumir el futuro?


Vann Nath es un pintor reconocido. Sus obras nos acompañan a lo largo de todo el filme, también cuentan la historia. En ellos intenta representar buena parte de lo vivido; también con ellos interpela a sus opresores; sus primeros planos hablan, sus gestos corporales, su rostro... Aunque muchas veces las palabras huelguen, las suyas nos toman de la mano y nos ayudan a pensar. Su trazo lo rescató de la muerte, al camarada Duch, el jefe de la seguridad interna del Partido, el supervisor de la S21, le gustó la delicadeza con la que trató su rostro. Varios antes que él no pudieron lograrlo.


Y las preguntas continuarán royendo nuestra humanidad: ¿Cómo podemos transformarnos en máquinas y burócratas de la tortura y el asesinato? ¿Cómo nos es posible abandonar la conciencia y la emoción frente al semejante? ¿Cómo explicar lo atroz? ¿Cómo justificarlo? ¿Dónde buscar las raíces de tanta violencia, y de tanta violencia organizada? ¿Qué nos hace capaces de tanta miseria, de tanta crueldad?

* * * * *


Ficha técnica


Título original: S21, la machine de mort khmère rouge

Camboya/Francia/Bélgica/Canadá/Australia/Suiza/República Checa/Finlandia, 2003, 101 min.


Dirección: Rithy Panh

Producción: Cati Couteau, Dana Hastier

Guion: Rithy Panh

Fotografía: Rithy Panh, Prum Mesa

Música: Mark Marder

Edición: Isabelle Roudy, Marie-Christine Rougerie


Elenco: Chum Mey (sobreviviente), Vann Nath (sobreviviente), Khieu “Poev” Ches (guardia), Nhem En (fotógrafo), Houy Him (jefe de seguridad), Nhieb Ho (guardia), Prakk Kahn (torturador), Peng Kry (chofer), Som Meth (guardia), Top Pheap (interrogador, mecanógrafo), Tcheam Seur (guardia), Sours Thi (jefe de registros), Mak Thim (“doctor” de la prisión)

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