El ser humano vive (y no se desmorona) si aún alberga fantasías, así es que Jesse, un estadounidense alto, delgado y de prolija apariencia decide en vez de iniciar sus estudios univesitarios tomarse un año sabático y se pasa horas, días, semanas, mirando a través de la ventana del tren los majestuosos paisajes europeos. Tal parece por lo que sabemos después que el “tiempo muerto” lo había inspirado a fin de recopilado algunas ideas extravagantes para un programa de tv, pero a fin de cuentas estaba aburrido.
Aquí es cuando la fantasía comienza a tomar cuerpo; como casi siempre ocurre el azar juega su papel (o no, dependiendo creencias) y tras la discusión de una pareja alemana de mediana edad es que Céline, una chica rubia, blanca como harina, esbelta, radiante, desbordante de juventud y diáfana sonrisa se sienta en la misma fila de asientos contra la otra ventana. Inmeditamente hay contacto visual, clara complicidad en sus gestos y ganas.
Se hablan, buscan una excusa y se dirigen al bar del tren a conversar. La conversación fluye, la seducción también pero los planes parecen no coincidir ya que Céline debe bajarse del tren mientras que Jesse (ya ostensiblemente interesado por no decir locamente enamorado) planeaba continuar su periplo. Cada moín de Céline, cada vez que se acomoda el largo cabello rubio parece desesperar el interior de Jesse que intenta (en la medida de lo posible ) mostrarse en eje. Llega el momento de la despedida y Jesse tiene su momento de Eureka!; le propone a Céline bajarse con él ahora (right Now!) sin tiempo alguno a reflexiones para recorrer Viena juntos : expone los argumentos más convincentes que se le ocurren y la convence: lo que sigue es pura fantasía, de desconocidos a un lento pero progresivo descubrirse, cada palabra, cada gesto, cada silencio y cada situación. A medida que recorren la ciudad la conversación se profundiza y los roces y las miradas esquivas se entrecruzan finalmente en lo alto de la cabina de una rueda giratoria de parque de diversiones conocida coloquialmente como “vuelta al mundo” , en plena noche con una vista abierta y despejada para dar lugar al tan ansiado beso, una postal. Ya con más confianza entre ambos, la ilusión del espectador de un final feliz y hollywoodense es de esperarse, pues bien la noche continúa, y habrán promesas mientras amanece, antes que nuevamente ambos en la estación de tren vean como sus caminos se bifurcan.
El que ha experimentado una situación similar comprenderá la intensidad con la que se transita cada segundo ante la incertidumbre permanentemente : todo se esfumará y será una anécdota que se diluirá en el tiempo o cupido nos ha atravesado con su flecha?
Esto puede sucedernos en el tren Roca, en un bondi atestado de humanidad, en el subte, en monopatín o como simples peatones también , porqué no? Lo que ocurre es que debemos resetearnos, reconfigurarnos y eliminar (nuevamente pero esta vez definitivamente y para siempre) las apps de citas. Nunca hay que olvidar que sólo somos polvo de estrellas.
Esta película dirigida por Richard Linklater tiene su continuación con los mismos actores (y mismos personajes) cuando nueve años después se encuentran en París; Jesse con un hijo y casado presentando en una pequeña librería la historia sobre aquel encuentro en “Antes del atardecer” y luego nueve años más tarde los podremos ver en Grecia, en unos paisajes supremos, intentando no caer en el estereotipo de aquella pareja alemana de mediana edad que fortuitamente (o no) los unió.
Es un director claramente obsesionado con el paso del tiempo (se recomienda Boyhood), y realmente ha elegido centrarse en uno de los grandes temas existenciales, que nunca pasarán de moda, el amor y el paso del tiempo.


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