Cine de la desesperación. Cine que se mueve en el extremo. Junto a su trama fantíastica, en la vertiente de cine diabólico, existe un claro componente social-matrimonial y otro político que, posiblemente, permitan un acercamiento más correcto al conocido film de Zulawski.
Estamos a comienzos de los años 80´ en Alemania. El muro de Berlín es uno de los componentes fundamentales de la narración, un ejemplo más de lo simbólico en los significantes de las imágenes del cine. El muro tiene un doble propósito: evidenciar la separación y especificar el estado político opresivo, donde la intromisión en las vidas y el espionaje son las formas predominantes.
Mark (Sam Neill) es un espía, pero en una de las primeras escenas de la película, cuando se reune con "la organización" toma la decisión de abandonar sus responsabilidades. Uno de los que le interrogan le pregunta por “los calcetines rosas”: una mención a la vestimenta de los agentes enemigos, espiados por Mark. Al final de la película, Mark es perseguido por su propia organización, siendo ellos los que participen en el tiroteo final contra él. En un momento determinado, Zulawski filma a uno de estos jefes organizativos subiendo unas escaleras y mostrando que lleva cancetines rosas. Ejemplo paródico de estos sistemas autoritarios donde espias y espiados, perseguidores y perseguidos acaban siendo lo mismo: estructuras burocráticas, donde todos pueden ser culpables y donde los, en un momento perseguidos, terminarán pronto alcanzando el poder.

Igualmente reflexionamos sobre el proceso destructivo del matrimonio, formado por Mark y Anna (Isabelle Adjani): un proceso que se mueve desde la busqueda de la reconciliación, a la separación violenta y finamente a la reconciliación transformada (y la existencia idealizada). Si Mark, en su condición de espía, se encuentra extraviado, anclado en lo abstracto e irracional de la política, Ana experimenta un proceso de desquiciamiento, donde el término (que da título a la película) “posesión” adquiere un valor metafórico que sobrevuela encima de los acontecimientos fantásticos que ella experimenta.
Este proceso de divorcio que experimentan Mark y Ana, asociado a una situación política controladora, se tensa en su silencio, conduciendo a ambos a un estado radical, exaltado y desconcertante que les identifica como personas poseídas, viviendo fuera de su propio control psicológico. Todo parte inicialmente de la incomunicación, ya que, ante la falta de palabras, Mark termina por aplicar su trabajo (político-policial) sobre su esposa. A causa de las fugas inexplicadas de Ana, Mark acaba siguiéndola (a través de detectives privados) controlando todos sus movimientos. Pero lo que en un primer momento parece moverse dentro de “una realidad controlada” (política) pronto se transforma en descontrol: gritos, movimeintos espasmódicos, sangre...Tanto él como ella. La situación se escapa de las manos y la cámara de Zulawski acaba moviéndose alrededor de los cuerpos de forma igualmente “poseida”.

La figura del divorcio se transfigura en monstruo, en enemigo (incluso en enemigo político), aunque acaba transformándose al final en un componente perfecto del sistema. Ana engaña a Mark con un alienígena (o un demonio) aunque no será más que la larva de ese doppelgänger de un Mark transformado, acomodado al sistema. También Ana tendrá su doble idealizado en el cuerpo de una profesora del colegio. En “Possesion”, lo fantástico no pasa a ser más que un proceso de transformación de esa desesperación matrimonial y de ese control político que, como los calcetines rosas, solo nos conducen al punto de partida.



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