Saliendo de ver Robot Dreams, el largometraje animado del español Pablo Berger, quedo con una sensación totalmente opuesta a como quedé luego de salir de Past Lives. La película acaba y siento satisfacción, una genuina sensación de felicidad.
La película, per se, no tiene mucho. Cuenta la historia de Dog, un perro que cansado de vivir en soledad decide comprar y construir a Robot, un robot (por si no había quedado claro). Todo marcha a las mil maravillas y Dog y Robot crean un vínculo natural, puro. Sin embargo, un día en la playa, Dog se ve en la terrible posición de tener que dejar a su amigo, oxidado e inmóvil, varado en la arena.
Inmediatamente comienza una sugestión mutua por medio de pesadillas o visiones en las que cada uno imagina haber visto al otro con alguien más. Todo esto es solamente una prueba de la intensidad con la que quieren o, incluso, necesitan regresar con el otro.
Eventualmente Robot es rescatado por alguien más, quien lo repara y lo acoge. Se crea entonces, de forma prácticamente inevitable, un vínculo mutuo. Por su parte, Dog, sin saber esto asume que su amigo está perdido y compra un nuevo robot con quien, a su vez, genera un nuevo vínculo.
La película está llena de escenas tipo "Qué hubiese pasado si..." y sólo quedan algunas enseñanzas. ¿Hasta qué punto vale la pena perseguir el pasado? ¿Hasta que punto vale la pena menospreciar y poner en un segundo plano las experiencias presentes por ir tras una serie de memorias caducadas? Y ¿si algún día se te presentara ese pasado,a quiénes estarías dispuesto a lastimar para recuperarlo?
Como nos muestra la película, hay formas significativas de mantener los recuerdos contigo sin tener que sacrificar ni desaprovechar el presente y que sobreponer recuerdos no está mal.
Es una película acogedora, llena de una inocencia tan pura que genera un calorcito en el pecho. Me gustó mucho


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