A propósito del estreno reciente del Napoleón de Ridley Scott, un breve comentario sobre la película y un repaso por la nutrida presencia del general francés en la historia del cine.
Fue su última derrota, pero no la única. La frase puede remitir a Napoleón Bonaparte pero bien podría valer para el mismísimo Scott. En su particular versión de esta historia el general francés es muy hábil en el campo de batalla y muy torpe en la intimidad. Y una vez más lo mismo vale para Scott.
Varias cosas hay para criticar en este último trabajo del célebre director inglés. Casi no nos ocuparemos aquí de las “licencias” históricas (algunas muy llamativas) porque no era su obligación hacer un film didáctico. El rigor histórico tampoco era el fuerte de Gladiador sino su vocación por el espectáculo. En Napoleón, más allá de la pompa de toda la puesta en escena, eso queda acotado a un par de batallas, en particular la de Austerlitz y en ese caso las exageraciones por lo menos entretienen. Respecto a la campaña de Egipto, sí corresponde hacer una aclaración: Bonaparte nunca bombardeó una pirámide, puede quedar visualmente atractivo pero no tiene ningún sentido.
Y mejor no pensar demasiado en las edades de los personajes. Joaquin Phoenix tiene hoy casi la misma que Napoleón al morir, y lo encarna sin mayores cambios desde los 23 años. Parece estar siempre fuera de tiempo y lugar y salvo algunos destellos nunca logra encontrar a su personaje como nos tiene acostumbrados. Josefina era 6 años mayor que él, pero Vanessa Kirby tiene 11 años menos que Phoenix (más allá de eso no luce perdida y está entre lo más rescatable del film).
Dejando de lado esas incongruencias, y los personajes que desaparecen (esto seguramente tendrá que ver con que lo que se está viendo en el cine es una versión reducida y aparentemente montada a las apuradas), dejando de lado también deseos personales como ver la Batalla de Bailén, otra derrota en donde el ejército napoleónico enfrentó a un joven José de San Martín (toda la campaña española fue completamente omitida y es fundamental para entender a Napoleón), aceptando como potencialmente buena la idea de alguien tan hábil en un área e incompetente en otra, en fin, haciendo todas esas concesiones, aún hay que enfrentarse a un retrato unidimensional y reiterativo, que hasta parece estar contado con desgano, y eso sí ya es imperdonable.
Otras películas del director (bastante mejores que esta)
Ridley Scott (South Shields, Inglaterra, 1939) es un prolífico director, con una carrera de casi 60 años y más de 40 películas, algunas de ellas notables, lo que hace que en esta lista reducida de cuatro queden afuera títulos como Thelma & Luise (algo sobrevalorada) y todo lo que viene haciendo en los últimos 20 años (con resultados irregulares).
Los duelistas (1977) fue su prometedor debut, una adaptación de una novela de Joseph Conrad, y probablemente lo más bello que haya hecho este director. La dirección de fotografía está por encima de todo. La película está ambientada en la era napoleónica.
Alien, el octavo pasajero (1979), superclásico de Ciencia-Ficción y Terror que encumbró a Scott e hizo escuela (además de mucho dinero).
Blade Runner (1982), si no llega a ser una obra maestra, es lo más cerca que ha estado de concretarla, un extraordinario ejercicio de estilo, que instalo una iconografía de la que luego se apropiarían los nacientes videoclips de la época. Pero no es solo vuelo visual sino también narrativo y hasta poético. Todo lo que hizo después se perderá como lágrimas en la lluvia.
Gladiador (2000), un regreso a los primeros planos de la mano de una sólida factura técnica al servicio de una historia muy elemental. Tiene muchos puntos de contacto con su último trabajo, no solo por la presencia de Joaquin Phoenix. Claramente Scott está a sus anchas cuando muestra al protagonista en acción y hace agua cuando lo muestra en la intimidad, por lo que opta por lo sensato y prioriza la acción. Cosa que no ocurre, como ya hemos dicho, en Napoleón.

Y otras cinco (con algunos bonus tracks) sobre Napoleón Bonaparte (casi todas mejores)
Excluyo de este análisis aquellas películas en las que Napoleón es un personaje secundario, aunque allí haya bastante para para rescatar, pero dejo como ejemplo dos comedias que lo abordaron lateralmente. Una es La última noche de Boris Grushenko, también conocida como Amor y muerte, de Woody Allen (en su mejor momento). Allí Allen es un soldado ruso que tiene la misión de matar a Napoleón para salvar a Europa de su tiranía (tarea de la que se tendría que haber ocupado alguien más apto). La otra es argentina aunque por el título no lo no parezca, Madame Sans-Gene, dirigida por Luis César Amadori en 1945, basada en una obra teatral y protagonizada por la gran Niní Marshall (en un papel que retomaría nada menos que Sofía Loren en 1961). Más allá de la versión paródica se trata de un personaje histórico real.
Hay cuatro títulos que cubren las distintas etapas de la vida del corso, y uno más que los supera y abarca a todos. Habría que empezar por la hoy bastante olvidada Desireé (Henry Koster, 1954) en dónde un joven Napoleón, interpretado nada menos que por Marlon Brando se debate entre su amor por la mujer del título y su destino de grandeza (no es spoiler, obviamente gana el destino de grandeza), un anticuado drama romántico con más licencias históricas que la de Scott. Vale aclarar que Desireé Clary fue la concuñada de Napoleón.
Austerlitz (Abel Gance, 1960) se ocupa de la batalla más célebre del general francés, en una superproducción cargada de actores famosos como Claudia Cardinale o Jack Palance, y también de grandes directores actuando (Orson Welles y Vittorio De Sica) bajo las órdenes de un enorme Abel Gance que ya estaba en el final de su carrera. La película empalidece al lado de otras joyas previas de este director.
Waterloo (Serge Bondarchuck, 1970) se ocupa de la batalla del título pero también de cómo se llegó hasta allí, una vez más aparece Orson Welles, en un rol menor, y Christopher Plummer compone a Wellington, pero lo central es la interpretación de Rod Steiger, probablemente el mejor Napoleón del cine. Bondarchuk venía de hacer Guerra y Paz, también sobre el mismo período histórico.
Monseur N (Antoine de Caunes, 2003), también conocida como La última batalla se concentra en el destierro en Santa Elena y especula con qué pudo haber sucedido allí. Los motivos de su muerte siguen siendo un misterio.
Ya fue mencionado Abel Gance, pero dejo para el final su obra maestra de 1927, llamada simplemente Napoleón. Colosal, excesiva, desmesurada, se lleva todo por delante, como el mismísimo Napoleón en su mejor momento, y sigue siendo moderna a pesar de ser muda y tener una duración extrema y a la altura de semejantes ambiciones. Más de 5 horas en donde Gance redobla la apuesta en cada escena. El momento en el que el niño Napoleón dirige a sus amigos en una guerra de bolas de nieve y puede vislumbrar su futuro sigue estando entre los mejores de la historia del cine.




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